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La pintura de Julia Matías no busca un resultado, sino un estado. Cada obra ocurre más que se impone: la materia fluye como un tiempo propio, como un acontecimiento que no necesita voluntad para revelarse. Su práctica es una danza entre el control y la entrega, una conversación con la materia en la que pintar deja de ser un acto técnico para convertirse en experiencia. Hay en su trabajo un eco del Tao, del Zen, de esa sabiduría antigua que enseña que el universo no se domina, se acompasa. Julia Matías sostiene el mundo con las manos abiertas: permite que algo pase a través de ella sin necesidad de poseerlo. En otra frecuencia más profunda resuena Blavatsky: no como creencia, sino como intuición de que todo gesto creativo abre un canal entre lo visible y lo invisible. Para Julia Matías, la pintura es esa membrana donde el azar se vuelve forma y donde los accidentes revelan un orden que no puede nombrarse, pero sí intuirse. Sus lienzos funcionan como microcosmos en movimiento, constelaciones de pigmento que respiran una libertad que no se conquista, se habita. Su obra es un acto de confianza radical en el proceso: una manera de estar en el mundo sin exigirle conclusiones, dejando que el caos muestre el orden que contiene.
Jesús Terrés: «Cádiz me ha influido en mi forma de ver el mundo»
No vivo pensando en contentar a nadie.
Álvaro González
Ambición en el CGAC
He venido a hablar del CGAC (Centro Galego de Arte Contemporánea, que ha acogido obra de Picasso, Mona Hatoum, Anish Kapoor, Maruja Mallo, Rebecca Horn, Giuseppe Penone, Ana Mendieta, Almudena Fariña, Christian Boltanski y un largo etcétera que se remonta a su fundación en 1993).
Manuel Mata
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