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El mismo cello. El mismo Mou.
El cello de Jacqueline du Pré era un Stradivarius, el Davidov. Hoy lo toca Yo-Yo Ma. Pero no es aquello.
22 de octubre 2026
El domingo hay Clásico y me he dado cuenta de que estoy nervioso.
Lo noté el martes en la oficina. Alguien dijo "el domingo, Clásico" y yo contesté "ya" y seguí con lo que estaba haciendo. Ya. Como quien sabe que el domingo te toca bajar la basura. Y de vuelta a casa me pasé el trayecto entero pensando en ese "ya", porque hubo un tiempo en el que un Madrid-Barça me quitaba el sueño desde el jueves.
Abril de 2011. Cuatro Clásicos en dieciocho días. Liga, final de Copa, ida y vuelta de semifinales de Champions. Mourinho en un banquillo y Guardiola en el otro, sin disimular que no se soportaban. Cristiano y Messi, cada uno convencido de que el otro le estaba robando algo. Ruedas de prensa que se veían como si fueran parte del partido. El mítico, ¿por qué? Y Mestalla, 20 de abril, prórroga, un centro de Di María desde la izquierda y Cristiano suspendido en el aire más tiempo del que permite la física. Uno a cero. Una Copa que el Madrid no ganaba desde 1993. Al día siguiente a Ramos se le cayó el trofeo desde el autobús y le pasó una rueda por encima, y ni eso nos estropeó la semana. Aunque… qué vergüenza.
Me acuerdo del grito. Similar al del día de La Décima. O el de la remontada al City. Me acuerdo de que me dolió la garganta dos días. Me acuerdo de odiar a Piqué con una dedicación que hoy no le dedico a casi nada. Me acuerdo de querer llevar la camiseta donde fuera.
Lo raro es que este domingo debería ser igual. Sobre el papel, es el mismo guion. Vuelve Mourinho. El mismo. Quince años después se sienta otra vez en el banquillo visitante del Camp Nou con el escudo del Madrid en el pecho. Su primera visita a ese estadio como entrenador blanco acabó cinco a cero, con Piqué enseñando la mano abierta a la grada. Me dolió durante semanas.
Ojalá me volviera a doler algo así.
Y hay que ser honestos, que para eso escribo aquí. Los madridistas no llegamos en nuestro mejor momento. Llevamos perdiendo contra el Barça dos años. Tienen a su mejor equipo desde la quinta de Messi, Xavi, Iniesta… Y nosotros seguimos poniendo a un doble pivote que solo en los despachos creen que funciona. Yo siento desgana. Quizá solo sea eso, un mecanismo de defensa. No ilusionarse para que no duela. Pero sospecho que no es solo eso. Sospecho que hay algo más.
Hay una grabación que me ayuda a entender qué es ese algo.
En 1965, una cellista inglesa de veinte años llamada Jacqueline du Pré grabó el Concierto para cello de Elgar con la London Symphony Orchestra y John Barbirolli. Era una obra que Elgar había compuesto en 1919, al terminar la guerra, y que tuvo un estreno desastroso por falta de ensayos. Pasó décadas sin ser gran cosa en el repertorio. Hasta que la tocó ella.
Du Pré la tocó como se toca algo cuando no sabes que se puede perder. Sin guardarse nada. El acorde con el que entra el cello al principio, solo, sin orquesta, suena en su grabación como alguien que se planta en mitad de una habitación y dice aquí estoy. Esa grabación convirtió el concierto en lo que es hoy.
Ocho años después, con veintiocho, le diagnosticaron esclerosis múltiple. Dejó de tocar en público. Murió en 1987, con cuarenta y dos.
Su cello era un Stradivarius, el Davidov. Hoy lo toca Yo-Yo Ma. El mismo instrumento. Ma es probablemente el cellista vivo más importante del mundo, y cuando toca el Elgar es maravilloso. Pero no es aquello. No porque toque peor. Porque aquello lo tocó una chica de veinte años que no sabía lo que venía, y eso no está en la madera del cello. Estaba en ella.
Con los Clásicos me pasa lo mismo.
La camiseta es la misma. El escudo es el mismo. El estadio rival es el mismo, aunque lo hayan reformado. Hasta el entrenador es el mismo. Y no es aquello.
He estado dándole vueltas a si lo que ha cambiado es el partido o soy yo. Y creo que las dos cosas, pero sobre todo yo. En 2011 tenía tiempo para odiar a Piqué durante una semana entera. Ahora no tengo tiempo ni para odiar bien. Tengo correos, tengo que pensar en qué preparo para comer para mañana, tengo una vida que se ha llenado de cosas que importan más que un partido. Y eso está bien. Es lo que tenía que pasar.
Pero lo echo de menos.
Y lo que echo de menos no es exactamente el Clásico. Es la versión de mí que se jugaba algo en un Clásico. La que se ponía la camiseta el sábado. La que no podía cenar. La que gritaba un gol de Cristiano como si le fuera la vida en ello, porque en cierto modo le iba, porque a esa edad todo te va la vida en ello. Esa versión ya no está. Igual que la chica de 1965 ya no está, aunque el cello siga sonando en otras manos.
Lo curioso de echar de menos es que el cuerpo se acuerda mejor que la cabeza. Yo ya no me sé las alineaciones de aquellos partidos. Aunque puedo recitar la de España en 2010. Pero la garganta se acuerda de Mestalla. Se acuerda del grito. Y cada vez que pongo la grabación de du Pré, el pecho se acuerda de algo que no he vivido nunca, porque reconoce lo que es tocar algo por primera vez con todo.
El domingo a las nueve lo veré, claro. No me lo voy a perder. Me sentaré, abriré una cerveza, veré salir a los dos equipos y a Mourinho con las manos en los bolsillos.
Y no tengo nervios. Eso ya lo he dicho.
Pero si en el minuto ochenta pasa algo, si se me escapa el grito de 2011, si me tiembla la mano con la cerveza, prometo volver aquí la semana que viene a reconocer que me equivocaba. Que no era yo. Que era el partido, y que el partido ha vuelto.
Ojalá me equivoque.
Ojalá me vuelva a doler.
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