Costumbres

Sufrimiento ajeno

Pero es que en esta ciudad putrefacta hay tanta gente, y tanta de esa gente sufre, que no tendría en mil años tiempo suficiente para empezar a sanarla.

20 de octubre 2026


Tengo varios apuntes, anotaciones que uno sólo haría con la intención de escribir un sustrato (así es como, sólo yo, llamo a estas anotaciones decadentes sobre la vida): últimamente, no consigo mantener limpios mis pantalones. Para mí cada día es como si se fuera a acabar el mundo y yo tuviera que hacer unas cuantas cosas antes. Así es de lunes a viernes. Y al final, sin darme cuenta, en algún punto indeterminado del día, mientras friego, cocino o como, me acabo manchando los pantalones. La mancha, oscura, penetrante, siempre a la altura de los bolsillos. Luego me toca lavarlos, y con cada lavado se estropean, como si cada vez que los meto en la lavadora sufrieran el dolor de un evento traumático. Salen 10 años más viejos, con arrugas más profundas y una forma de sostenerse más indefinida, precaria. 

El problema es que cada anotación, por sí misma, no alcanza la envergadura necesaria para convertirse en una sola pieza fuerte e independiente de las demás. Renquea, delira, como una abuela al borde de la muerte: mi padre conduce cada vez más despacio, y no paro de preguntarme si esto es fruto de la edad (de la disminución de sus capacidades mentales) o de la edad (de su creciente estado de paz con el mundo, mi padre ya no tiene prisa). A veces, cuando me viene a recoger a la estación y vamos por la autovía de camino a casa, le digo: “Pero papá, acelera, que vamos a 90”. Me gusta el hecho de que no le sorprende nunca mi comentario, porque eso me hace pensar que era perfectamente consciente de la velocidad a la que íbamos y había decidido no ir más rápido. 

¿Ves? No da, no da. Podría extenderme un poco más sobre lo de mi padre, pero de qué serviría. No quiero forzar un tema que no da para más, que no me da a mí para más. Otro pensamiento: el otro día estaba en el metro y me encontré con uno de estos sujetos que tapa la portada y contraportada del libro que está leyendo. Me hizo pensar: ¿por qué nadie tapa sus móviles? ¿Es que no se dan cuenta de que cualquiera puede leer sus conversaciones y ver sus vídeos de TikTok? Un día estaba tranquilamente sentado y al lado se sentó un tipo que estuvo todo el trayecto diciéndole guarradas a la prostituta con la que había quedado en un rato. Soy olvidadizo y de mi vida no me acuerdo de muchas cosas, pero aquella asquerosidad sigue grabada en mi cerebro como cicatriz mal curada. De vez en cuando me siento en el metro y pienso que quizás debería haber hecho algo, y también pienso que quizás Madrid me está volviendo un ser insensible al sufrimiento ajeno. Pero es que en esta ciudad putrefacta hay tanta gente, y tanta de esa gente sufre, que no tendría en mil años tiempo suficiente para empezar a sanarla. 

Ya no me quedan más pensamientos. 

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