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Borracho seco IV: Turrón
Un animal antaño salvaje que por alguna razón me permite rascarle la panza en lugar de pretender arrancarme los ojos de un zarpazo.
7 de octubre 2026
Quienes hayan leído anteriores entregas de esta columna, quizás se hayan dado cuenta de que aprovecho la mínima ocasión para colar a mi gato en ellas. Se llama Turrón, tiene once años y compartimos pantone rubio anaranjado. Quizás fue eso lo que me atrajo de él cuando le vi en la página del refugio en el que le había dejado su anterior familia, por razones que nunca supe.
El día en que fui a buscarle, me acompañó una amiga en coche. En cuanto nos vio, se acercó a saludarnos. Un rato después estaba metido en el transportín, maullando como un loco y con el corazoncito a mil por hora. Pensé que le estaba dando un tabardillo y que no llegaría hasta mi casa. Luego le dejé suelto por el piso, y estuvo maullándole a las paredes un buen rato. Hasta que, sentado yo en el sofá, dio un salto y se subió a mi regazo. Pronto hará cinco años que vive conmigo.
Es un gato grandote, de ojos color miel y naricita moteada de pequeñas manchas negras. Es pachón y laminero y pasa olímpicamente de cualquier juguete que le haya comprado nunca. Lo que más le gusta del mundo, aparte de comer, es estar con humanos. No puedo sentarme en ningún lado o estirarme en la cama más de diez segundos sin que aparezca y se me suba encima con sus siete kilazos y su manta de pelo atigrado. En verano y a treinta y tantos grados a la sombra, a veces se me tumba en el pecho y yo temo que en cualquier momento tengan que venir los bomberos a separarnos con una radial.
Desde que vivo con él, mi ropa negra es jaspeada, y los 40 metros cuadrados de mi piso están compuestos en un alto porcentaje por pelo de gato. Da igual cuántas veces barra y aspire, cuántas noches me pase cepillándole como si fuera Rapunzel. La fábrica de pelos nunca para, Henry Ford estaría orgulloso.
Le dan miedo las bolsas de plástico, por alguna razón que desconozco, pero que quizás tenga que ver con su vida anterior a nuestro encuentro. Cada vez que despliego una bolsa de basura, le escucho huyendo a refugiarse debajo de la cama. Igual que cuando saco el transportín para llevarle a que le mire el veterinario.
Hace poco se puso enfermo. Iba a su arenero constantemente, pero no llegaba a hacer pis. Cuando me di cuenta, consulté a San Internet qué podía estar pasando, y este me advirtió que mi gato estaba, lo más seguro, al borde de una muerte horrible. Así que lo metí inmediatamente en su pequeña prisión y me lo llevé a urgencias gatunas.
Allí estaba yo en la consulta, a las ocho de la mañana, rodeado de otros humanos con cara de circunstancias. Cada uno de ellos tenía a su lado a su correspondiente animal: perros de todos los tamaños y formas, algún que otro gato, un pajarillo color limón. No pude evitar pensar en la correspondencia entre unos y otros. En esa curiosa relación interespecies que convierte a nuestras mascotas en extensiones de nosotros mismos, y viceversa.
Existe una jerarquía perversa por la cual cierta gente se cree con derecho a decirnos a los que convivimos con animales, que lo hacemos porque no hemos tenido hijos. Como si los anheláramos secretamente y nuestros gatos y perros e iguanas fueran un mero sustituto. O una especie de droga de iniciación. Primero una mascota, luego un churumbel. Después de un churumbel, uno o dos más. Ni las abuelas ni las revistas del corazón tienen nunca suficiente.
Durante el largo tiempo que hemos compartido, Turrón me ha hecho compañía en momentos complicados, me ha visto eufórico y hundido, arrastrándome como un gusano en los últimos meses de mi alcoholismo, cuando una tarde de martes podía consistir en bajarme seis u ocho cervezas, solo en casa. Yo siento por eso una gratitud difícil de explicar.
Y eso que un gato no te cuida, no te cocina, no te escucha cuando las cosas van mal. No maneja conceptos humanos ni sabe qué es “pareja”, “trabajo”, “capitalismo terminal”. Pero tampoco te juzga, y permanece a tu lado. Una demostración de amor incondicional que, aunque parezca una tontería, me ha dado mucho que pensar en mis años de sobriedad. Aún así, me parece una chorrada tratarle como a un humano, y decir eso de que es “como un hijo”. De hecho, eso le quitaría parte del encanto a la vida con él.
Turrón es un ser completo que no viene a sustituir nada, ni a tapar ninguna falta. En mi cabeza, somos compañeros de piso. Es más, me gusta pensar que mi casa y él son un poco la misma cosa. Turrón es el guardián del hogar, una especie de pequeño dios lar romano, perezoso y bonachón. Si alguna vez entrara un ladrón al piso, en lugar de defenderlo como un perro de presa, seguramente se estrecharía contra las piernas del intruso, pidiendo caricias. Aun así, su mera existencia le da un sentido a las cuatro paredes en las que me cobijo de la intemperie.
La fascinación que siento hacia su presencia, sus manierismos, sus costumbres absurdas, proviene precisamente de percibir su “felinidad”, de entender que convivo con un ser peludo totalmente distinto a mí. Una criatura que experimenta el mundo de manera única. Un animal antaño salvaje que por alguna razón me permite rascarle la panza en lugar de pretender arrancarme los ojos de un zarpazo.
A veces me lo quedo mirando, absorto. Cuando no está durmiendo espachurrado cuan largo es sobre cualquier superficie, cosa que me llena de una paz difícil de describir, puede estarse veinte minutos mirando por la ventana, o con la mirada fija en algún punto indeterminado de la pared, que yo empiezo también a mirar, como ser gregario que soy, a ver si me puedo sumar a su trance.
Entiendo entonces por qué los gatos han sido tradicionalmente seres asociados a lo sobrenatural, a la divinidad. Por qué los faraones egipcios se los llevaban con ellos a la tumba, y la diosa escandinava Freyja se paseaba por ahí con su carro tirado por dos gatazos. Son criaturas liminales, que parecen estar a caballo entre lo real y algo más allá, que nosotros somos incapaces de ver. Por eso duermen como ceporros durante el día, y se activan cuando empieza a caer la noche, cual gogó de discoteca. Ese interregno del atardecer es su momento para lucirse, salir del estupor y corretear por la casa, en busca de aventuras. Olisquear cualquier novedad, reclamar pienso, chocar su cabecita contra mis tobillos para que le haga caso, lamerse la entrepierna.
Yo he tenido mis épocas de meditar. Me bajé una app que, previo pago, me invitaba a dejar la mente en blanco y aislarme del ruido. La idea era poder observar tus propios pensamientos desde fuera, como barcos al pasar. Estuve intentando ponerlo en práctica cada mañana durante un par de meses, pero la cosa no chutaba, y no tardé en mandar la app a freír espárragos. A veces pienso que ojalá tener el cerebro de manzana que tiene un gato, esa capacidad para la hiperfijación en cualquier detalle, para dotar lo que le rodea de un nuevo sentido oculto, sorprendente. Quizás entonces la vida sería otra cosa, y tarde o temprano alcanzaría la iluminación. O al menos tendría la paciencia suficiente para hacerme un buen sofrito.
Algún día, que espero lejano, Turrón no estará. Tiene ya una edad y, aunque yo me esfuerce día tras día por darle el mejor cuidado, el tiempo es implacable. Me consuela pensar que al menos me quedarán los cientos de fotos suyas que guardo en mi móvil y, espero, el recuerdo de todo aquello que, sin yo esperarlo, me enseñó a lo largo de los años. Un saber estar consigo mismo. La completa paz de vivir en el aquí y ahora y querer sin reparos. Que te dé igual quién mire mientras haces el ridículo más espantoso.
Eso que todo adicto anhela por encima de cualquier cosa, y que tantísimo nos cuesta alcanzar, si llegamos a hacerlo: estar absolutamente cómodo en tu propia piel.
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