Costumbres

Borracho seco II: La Mala Leche

A veces pienso que mis convicciones políticas vienen más de la inquina que siento hacia ciertos elementos, que por un amor genuino hacia la Humanidad

2 de julio 2026


Tengo un club de lectura con unos amigos. El club tiene, a su vez, un grupo de WhatsApp, en teoría para compartir lecturas y organizar reuniones. Pero con los meses la guasa se ha ido imponiendo, así que ahora sobre todo nos dedicamos a mandarnos videos de gente absurda que nos encontramos por Instagram. Pijos iluminados, gurús de pacotilla que hacen registros akhasicos, ceremonias del cacao, entrevistas a Oliver Laxe. Ese tipo de basurilla humana nos da la vida y muy buenas sesiones de rage watching.

Empezó como una broma. Lo que yo no esperaba era que semejante aluvión de magufismos, mindfulness barato y revelaciones del tres al cuarto, ese verme cada dos por tres delante de personas que parecen encantadas de vivir en la dimensión desconocida, acabara haciéndome reflexionar sobre la mala gaita que siempre me ha corrido por las venas.

Los que me frecuentan lo saben bien: soy de mecha corta y bufido fácil. Me viene de serie. Ya de pequeño sentía en ocasiones ese calor, ese nudo en el estómago. Ese convertirme en el personaje rojo de ‘Inside Out’. La necesidad de pegar un grito o romper algo. Muchos años después, la rabia sigue ahí, aunque tras infinitos marrones, ahora intente no cargársela en exceso a los demás. Bastante complicada está la vida como para encima tener que aguantar a un maño ya talludito, verborreico, indignado y respondón. Intentar es el verbo adecuado, porque no siempre lo consigo. Si me dices algo que no me gusta en un mal día, te crujo la vida. Mis seres más queridos lo saben bien. Perdón.

Y encima ahora pasa que abro Instagram y me asaltan reels de peña haciendo eso que llaman sober parties, felices de una manera algo desquiciada. Veo a adultos supuestamente funcionales gruñir como oseznos, carcajearse de nada, gritar como maníacos o dispararse de mentira, fingiendo que sus dedos son pistolas láser. Algunos me dan cierta lástima. No es agradable vivir en una sociedad en la cual las heridas profundas y los brotes psicóticos se retransmiten en directo para conseguir números. Otros me provocan tal vergüenza ajena que me dan ganas de fundar un partido político, llegar al poder, eliminar a toda la oposición democrática y, en el momento en que me he convertido en la única autoridad del país, mandar a toda esa gentuza a un Gulag en lo más profundo de Castilla-La Mancha.

A veces pienso que mis convicciones políticas vienen más de la inquina que siento hacia ciertos elementos, que por un amor genuino hacia la Humanidad. Creo en la democracia porque odio que quien más tiene se crea con derecho a pisotear al resto, pero hay días en que bajo al metro y pienso que nos vendría bien un meteorito. Y que me cayera a mí encima el primero.

Pero, ¿por qué me ocurre esto?, me pregunto últimamente. ¿A qué obedece esta disociación? ¿De qué pozo de brea emerge ese monstruo? ¿Esa incapacidad para sonreírle a la vida? Sé que no estoy solo en este brete. La tenebrosa realidad del día a día y el estrés de las redes sociales nos han hecho más broncos e intolerantes. Pero aun así, ¿por qué de entrada me cae antipática la gente que no puede parar de reír? ¿Es solo envidia, o hay algo más profundo en lo que escarbar? ¿Estoy condenado a acabar mis días siendo un grinch, aislado en lo más alto de la montaña? ¿Un viejo gritándole a una nube en la plaza del pueblo?

Pasé muchos años bebiendo como una esponja, y ahora sé que la barbarie etílica no es buena amiga de la paz interior. Pero una parte de mí pensaba que una vez dejara el hábito, algo cambiaría. Ahora que llevo tres años sin alcohol, sin embargo, aún no he conectado con la alegría de vivir. Dudo si lo haré algún día. Y me jode que no veas.

Cuando me encuentro inmerso en mis bucles apocalípticos, lo que más me molesta es saberme un estereotipo. Otro hombre blanco adulto enfadado con el mundo, qué pereza. Como todos esos grandes nombres del stand up. Dough Stanhope, George Carlin, Bill Hicks, Marc Maron, Ricky Gervais. Señores canosos que se plantan sobre el escenario a cagarse en el mundo moderno y decirnos a nosotros, pobres ovejas descarriadas, que estamos condenados y que todo se va por el sumidero. Pese a que tengan gracia e ingenio, hoy les veo demasiado el cuñadismo. Un discurso que tiene las patas cortas y que, de hecho, si se queda solo en palabras, es desmovilizador y reaccionario. 

Hay una excepción dentro de este grupo: mi favorito, Dylan Moran. Un irlandés desmañado y guasón, que también basa su mensaje en señalar los absurdos de lo cotidiano, pero con una dosis de surrealismo, imaginación y desmesura que lo aleja del gesto rudo y el tufo heteruzo, y lo sitúa en un lugar único. A mí me resulta desternillante. 

Recuerdo el tremendo crush que tuve con el personaje de Bernard Black, que Moran encarnó en su mítica serie 'Black Books'. Bernard es el propietario de la librería que da título a la serie, un desastre con patas que siempre viste de negro, se alimenta de cigarrillos y vino barato, y al que no podría importarle menos la buena marcha de su negocio. Como personaje, Bernard es una gozada. Un dedo levantado contra la realidad misma, contra todas sus imposiciones y tristezas. Fuera de la ficción, las cosas son distintas. Llevar una vida como la suya es una receta para el desastre. Creedme, intenté imitarle durante muchos años y lo único que saqué de ahí fue una depresión del tamaño de las Bárdenas Reales, una pila de libros que no sé dónde meter y un par de exparejas que no quieren saber nada de mí.

Se hace difícil, sin embargo, escapar de las ficciones que me han conformado, y que muchas veces me parecen más reales que la vida misma. Me pasa además que nunca he entendido la vida como un lugar al que se viene a disfrutar, o a ser feliz. Tampoco creo que estemos aquí para sufrir, no soy tan católico. Pero el imperativo actual de estar alegre todo el tiempo, esta obsesión con la felicidad individual, es muchas veces más trampa que alivio. Esa obligación me enerva, y entonces me revuelvo como un tigre en una jaula.

Además, la rabia también puede ser motor de cambio, hoy más necesaria que nunca. Rehuir por sistema el conflicto es cosa de ricos y gente con horchata en lugar de sangre. Para los currelas, un buen “mecagüentusmuertos” es a veces nuestra única salida, una manera de mantener la cabeza alta. No estoy dispuesto a que nadie me robe ese escaso privilegio.

Aun así, cada noche estrujo a mi gato contra el pecho y le hago cucamonas, y secretamente envidio a quien es capaz de transmitir cariño y simpatía genuinos. Gente con el corazón grande, sabia como para elevarse por encima de sus miserias. Me encantaría parecerme más a ellos, ser más Celia Cruz y menos un señoro cenizo, e intento aprender de lo que veo, aunque luego me salga regular.

La cuestión sería: ¿Es posible dirigir esa energía furibunda que me quema por dentro hacia lugares que no hagan daño a los que quiero? ¿Se puede mantener el espíritu crítico y los ojos abiertos al mundo sin acabar pudriéndote por el camino? ¿Aportando ni que sea un poco de felicidad a los demás mientras hacemos malabarismos para no volvernos del todo majaras?

Encontrar ese equilibrio es una misión en la que probablemente estaré inmerso toda la vida. Pero a veces cuesta tanto que me rindo y pienso que este es el carácter que me tocó a la hora del reparto de cerebros, y qué le vamos a hacer. Quizás a estas alturas me he destrozado tanto las conexiones neuronales que no haya vuelta atrás.

Quién sabe si algún día se producirá el cambio, sin que eso me requiera volver a empapuzarme en vino barato a la Black, como ya hice durante tantos años, desbarrancando por el camino del exceso. Ahora bien, si alguna vez me veis vestido de lino blanco y correteando como un desustanciado por una colina al atardecer, os animo a darme el toque, o lanzarme algún tocho de Fitzgerald a la cara, para que espabile. Por ahí sí que no paso. Antes prefiero rociarme en gasolina y que arda todo lo que tenga que arder.

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