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Córtenla
La noche de la final sonaron a lo lejos fuegos artificiales.
12 de agosto 2026
Un amor real es como vivir en aeropuertos
Charly García
Cuando planeamos juntos el viaje a Argentina para que yo pudiera conocer a su familia, no caímos en que poco menos de veinticuatro horas después de aterrizar en Buenos Aires se celebraría la final del Mundial. Él vive en España desde 2013, aunque dice que trabaja de argentino porque toca el bandoneón y se gana la vida como músico de tango. Tras la derrota de Inglaterra en semifinales intuí que a partir de ese momento se inauguraba un segundo show en paralelo, a menor escala. Como si no tuviéramos ya un lenguaje y una cultura creada por ambos en la intimidad, de cara a la final nuestras identidades nos convertían en un dúo cómico de caricaturas nacionales, algo así como un teatrillo de guiñol del que se esperaba que participáramos arrojándonos tópicos como mazazos.
El domingo vimos el partido en una cafetería de Ciudad Jardín rodeados de familias envueltas en la albiceleste. Allí eran las cuatro de la tarde, así que yo me pedí un capuchino. Fuera las calles estaban desiertas, el barrio paralizado por un aire denso, cargado con todas las cábalas y rezos que emergían desde los salones, desde las trastiendas de los negocios; ni un alma a la vista para no tentar a la mala suerte. A cuarenta minutos en tren la capital estaba empapelada con las caras de la selección anunciando productos de toda índole, menús de hamburguesas, cremas para el acné o incluso pienso para perros. No había marca que no tuviera su propia versión mundialista, y en esos días fríos en los que el gris apagaba el cielo, en las avenidas, escaparates y balcones brillaban más soles que nunca. Imaginaos: una ciudad entera vestida de gala para una victoria que, al final, no pudo ser.
Los días siguientes, libreros, taxistas, milongueras y parientes me felicitaban —una felicitación que era, a la vez, un pésame— cuando detectaban la españolidad de mis ces al dirigirles un gracias. El título de campeona del mundo con el que algunos me vestían amablemente me sobraba por todas partes; yo, que como dice Berto Romero, he mantenido el deporte a raya toda la vida, me convertía de alguna forma en dueña de un gol ganador que, además, no celebré en voz alta. Allá donde fuéramos las conversaciones giraban en torno a lo mismo, el por qué. Por qué si todo estaba dispuesto para ganar y despedir a su campeón por todo lo alto, la cosa tuvo que acabar así. Durante una comida en Mendoza me atreví a preguntar, copas de vino mediante, si era tan difícil creer que España simplemente había jugado mejor. Con todas las teorías conspiranoicas que surgieron a raíz de la derrota de la AFA comprendí que era tan difícil precisamente por eso, por una cuestión de fe.
Todo lo que conozco de Argentina ha llegado a mí a través de una amistad de la infancia, la literatura y el enamoramiento. En estos años de conocernos nunca nada nos había obligado a definirnos (y mucho menos a enfrentarnos) en los términos que han planteado estos días las hinchadas del Mundial. O no tanto las hinchadas, sino toda la gente que, quizá inexperta en materia futbolística como lo soy yo, se sumó a la propaganda de plataformas como X, donde el algoritmo se sigue dedicando más de diez días después de la finalización del evento a escupir cientos de tuits encabezados por los argentinos son […] o los españoles son […]. Mejor es movilizarse para cancelar el concierto de Rosalía que para protestar por la venta de territorios en la Patagonia, o criticar el supuesto racismo intrínseco de los argentinos antes que la administración de Ayuso, por poner un ejemplo.
Cuando amas a una persona que ha emigrado, ya sea tu pareja, amigo o una generación anterior de tu propia familia, te planteas algunas preguntas. ¿Cuánto puedes conocer a una persona cuyos recuerdos están a doce horas de distancia en avión? ¿Me conoce él mejor por haber pisado primero la casa de mi abuela?, ¿por haberle presentado a algunos amigos que conservo del colegio? Diría que ojalá todo el mundo tuviera un acercamiento así con el Otro, pero creo que no hace falta casarse con alguien de una nacionalidad diferente para saber que un pueblo no puede definirse con sentencias tan dolorosas y esencialistas como las que he leído este último mes.
La noche de la final sonaron a lo lejos fuegos artificiales. Supongo que la gente que había comprado un arsenal decidió encenderlos igual para al menos romper el silencio estupefacto en el que se había sumido todo. Me pareció bonito. Si tengo que elegir algo en lo que creer, más que en el fútbol, en este caso yo elijo luchar por tener algo bonito que celebrar juntos.
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