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Poesía otaku en el ciber-Perú
Editoriales peruanas tan independientes como bestias marinas, asiéndose, tentaculares, a los cables de fibra óptica por los que circulan sus ideas.
8 de junio 2026
Editoriales peruanas tan independientes como bestias marinas, asiéndose, tentaculares, a los cables de fibra óptica por los que circulan sus ideas.
En diciembre del año pasado volé a Perú para ver a mi hermana después de su rotación como internista en el hospital de Iquitos. Durante sus videollamadas nos había hablado de anacondas liberadas, infecciones de geometría fractal por las que eclosionaban larvas en caras afiebradas y otras delicias amazónicas que nos íbamos a perder porque, mi familia y yo, en nuestro primer viaje transatlántico, haríamos el recorrido más turístico por la costa y la sierra del país. En mi imaginario, la identidad cultural de Perú era anecdótica, y mis referencias, limitadas: había leído a Gabriela Wiener, sabía lo que eran los tallarines a la huancaína y que acababan de nombrar al papa León XIV. Me bajé del avión con el firme propósito de acariciar una alpaca. Por supuesto, la maquinaria de los Grandes Viajes Organizados se aseguró de que así fuera. Pero en la subida hacia el altiplano también aprendí un poco más sobre la realidad detrás de los memes que conforman la imagen de Perú —decadente, delirante, otaku— según la dicta el algoritmo, sobre su literatura y su entorno editorial.
Lo primero que me llamó la atención al entrar a una librería en Lima fue que, para gusto de quienes no toleran ni un borde desgastado, todos los libros se venden con precinto, envueltos en plásticos individuales como sándwiches fríos listos para consumir. Lo segundo fue que bastaba un golpe de vista para ver las mismas manchas editoriales que se encuentran al otro lado del océano; el amarillo bilis de Anagrama y los lomos negros de Random House invadían como hongos familiares las mesas de novedades. Esto me remitió a algo que decía Juan Mattio en una entrevista1, refiriéndose al problema de comunicación interna en Latinoamérica: “Para que a un escritor colombiano lo lea un lector argentino, antes tiene que pasar por Barcelona”. En un entorno editorial precarizado, en el que la autopublicación2 es para muchos autores la única vía de entrada al circuito comercial, internet se convierte en un medio esencial de difusión. “[En Perú] Hay entusiasmo pero no hay industria”, dice Carlos de la Torre Paredes en su canal de YouTube. Y ese entusiasmo se traduce en una literatura profundamente internetizada, que comparte espacio virtual con vídeos de carpinchos y coreografías de Q-pop (Quechua Pop).
Contemplamos el glitch
de esta Pachamama doliente
tanto tiempo inflamada por el olvido.
En unos puestos de fanzines y encuadernación artesanal que habían montado frente a la Casa de la Literatura de Lima, donde se encuentra ubicada la Biblioteca Vargas Llosa, una chica vestida de leopardo vendía sus poemarios y fanarts de animes que no supe reconocer. Me explicó que escribía sobre la tecnología y su relación con la carne, lo femenino y lo decolonial. Resulta que, más allá de los memes de cosplayers que entonan onii-chan! sobre un escenario destartalado, la cultura otaku en Perú tiene un componente emancipador específico de su entorno político. Como se detalla en el prólogo de su poemario Cyberwitch (La Purita Carne, 2025), en marzo de 2021 se creó el Frente Otaku Peruano como movimiento contra el golpe de Estado de Manuel Merino. Los fans del manga y el anime se situaron en el centro de discusión política reivindicando su identidad cíborg como resistencia a las estructuras autoritarias sobre las que operan las ciudades, y los objetos, accesorios y expresiones de la cultura pop japonesa se convirtieron en símbolos de un activismo joven y furioso.
Somos unos animes que pasan
temporadas largas en una misma
pantalla en lucha.
La autora, Fiorella Terrazas (@fioloba), me lo dedicó dibujando un cúmulo de estrellitas y corazones en la primera página.
En Arequipa, una ciudad construida en piedra blanca y enmarcada por volcanes, encontramos de casualidad una librería especializada en edición independiente que también dedicaba la mitad del local a hacer de agencia de viajes. Un chico de unos treinta años con fedora, gestualidad de dibujo animado y que se refería a mí como “señorita” me contó que estuvieron a punto de cerrarle la librería después de organizar la presentación de un ensayo sobre violencia estatal en Perú. De ahí me llevé El día en que me faltes (Cascahuesos, 2018) de Ernesto Carrión, después de hablar un poco sobre Bolaño con el librero. Se despidió con una reverencia de sombrero y nos deseó buen viaje de vuelta. Me dio la sensación de que allí la literatura independiente cobraba peso adjetival, que la independencia era algo más que una etiqueta de mercado y que los medios de difusión estaban sumergidos a mucha más profundidad que el canon que se promueve desde los museos o desde las grandes superficies. Editoriales peruanas tan independientes como bestias marinas, asiéndose, tentaculares, a los cables de fibra óptica por los que circulan sus ideas.
Pero yo temo que cuando corten la luz
y no haya Internet
quizás ya nadie lea esto:
¿Quién musicalizará todos mis gritos?
Al igual que las protagonistas del relato "Soroche" de la ecuatoriana Mónica Ojeda, a nosotros también nos dio mal de altura cuando superamos los 4.800 metros por encima del nivel del mar en el Cañón del Colca, hogar del cóndor andino. A algunos les revolvió la cabeza, a otros el estómago. Pese a estar mascando continuamente la hoja de coca, que es como un laurel pero más fino y seco, mi cuerpo hipotenso no pudo soportar la altura y dejé de ver durante unos segundos. El conocimiento sobre Perú con el que decido ahora escribir este texto sigue pareciéndose a esa ceguera parcial que concede la visión de túnel antes de perder la consciencia. No por ir quince días a acariciar guanacos voy a predicar como antropóloga decimonónica que acaba de emerger del corazón de la selva. Lo más valioso que me ha enseñado este viaje, de hecho, es que a veces se puede aprender más sobre ciertas facetas de un país —especialmente aquellos en los que el recorrido turístico está definido al milímetro, como un parque temático construido en los límites de la pobreza— desde tu casa, metiéndote en TikTok.
1 Los excesos 2×02 – Tecnologías. Con Juan Mattio
2 Por lo poco que he podido investigar, la autopublicación en Perú es una actividad más diversificada y consciente que la que tenemos en España, monopolizada por las tres o cuatro empresas fraudulentas que engañan a personas desesperadas por publicar.
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