Libros

Nerea Pallares: «La vida sigue sucediendo cuando los hombres salen al mar»

El mar te recuerda que hay muchas cosas que no puedes controlar

6 de julio 2026


La épica no siempre está donde miramos. En ‘Punto de araña’ (Libros del Asteroide), Nerea Pallares desplaza la mirada hacia las mujeres que sostienen la vida en la Costa da Morte mientras el mar marca el ritmo de la comunidad. La autora gallega conversa sobre literatura, lenguaje y memoria a partir de una novela que aspira a seguir resonando después de la última página.


¿Por qué eligió contar una novela marinera desde las mujeres?

Me parecía que era el punto de vista que faltaba. Cuando pensamos en una novela marinera enseguida imaginamos la épica de quienes salen al mar, pero en esos pueblos la vida continúa mientras ellos están embarcados. Me interesaba preguntarme qué ocurre durante esa ausencia y quién sostiene la comunidad. Esa también es una historia profundamente marinera y la literatura podía contarla.


¿Consigue ‘Punto de araña’ cambiar de bando la épica?

Quería desplazar el foco. Es una historia muy local, pero que habla de algo que ocurre en muchos otros lugares, hay personas que sostienen la vida cotidiana y cuyo trabajo casi nunca ocupa el centro del relato. La novela parte de Camariñas, pero creo que dialoga con muchas otras comunidades y con realidades urbanas donde esos cuidados siguen siendo invisibles.


¿Las mujeres sostienen la sociedad?

Sostienen una parte muy importante de ella, y muchas veces desde lugares poco visibles. Eso ocurre en el mundo marinero, pero a la vez fuera de él. Me interesaba contar precisamente esa parte de la realidad que suele quedar fuera de los grandes relatos, aunque sea la que permite que la vida siga adelante.


¿Cree que nos olvidamos de ello?

Tendemos a poner el foco en aquello que consideramos heroico, mientras que el trabajo cotidiano de los cuidados y del sostenimiento de una comunidad queda en segundo plano. La novela intenta mirar precisamente hacia ese lugar.


¿Cómo deja a los hombres esta novela?

Lo primero es que no cuentan la historia. Quienes la cuentan son las mujeres y eso ya cambia completamente la perspectiva. Los hombres aparecen a través de la mirada de ellas y de las consecuencias de sus decisiones. Son personajes vulnerables, aunque muchas veces intenten ocultarlo, y cometen errores que nacen de la torpeza, de la falta de escucha o de un cierto egoísmo. Pero no quería hacer un retrato simplista. No son villanos, podemos entender desde dónde actúan. Me interesaba mostrar esa complejidad porque, al final, todos somos seres falibles.

Fotos de Daniel Katanga

En la novela hay una fuerte hermandad entre mujeres. ¿La realidad es así?

Esa parte nace mucho de mi propia experiencia. Pienso en mis amigas, en las mujeres de mi familia y en otras que han terminado siendo familia sin compartir sangre. Las relaciones nunca son perfectas, pero sí creo que esas redes de afecto existen y pueden convertirse en un apoyo fundamental. La amistad tiene una enorme capacidad para acompañar, transformarse y sostenernos incluso desde la diferencia.


¿Las mujeres se exigen más por tratar de estar a la altura de las expectativas?

Más que de autoexigencia, hablaría de una desconexión del propio deseo. Hay una escena en la que Catuxa se bloquea cuando le preguntan qué quiere tomar. Parece una pregunta insignificante, pero refleja una vida en la que el centro siempre ha estado en los demás. Esa forma de vivir pendiente de otros ha atravesado a muchas generaciones de mujeres y, aunque hoy adopte otras formas, sigue muy presente.


Hábleme del paralelismo entre tejer, la red de mujeres y la creación del lenguaje.

Esa fue, en realidad, la idea de la que nació la novela. Antes que los personajes o la trama estaba esa intuición de que el tejido podía entenderse como una forma de lenguaje, incluso anterior a la palabra. Tanto el tejido como el lenguaje parten de algo caótico y tratan de darle una forma. En el encaje se ve muy bien, de una maraña de hilos surgen dibujos que podrían haber sido otros. Con el lenguaje ocurre igual, intentamos ordenar una realidad que siempre se nos escapa un poco. Me interesaba también esa relación con las redes de pesca, que capturan, pero dejan pasar el agua. El lenguaje hace algo parecido: rodea las cosas, las evoca, las nombra por un instante, pero nunca consigue atraparlas del todo.


‘Punto de araña’ juega constantemente entre el mito y la realidad.

Ese cruce era fundamental. La novela cuenta una historia muy concreta y muy realista, pero introducir el mito me permitía llevarla a otro lugar. Es lo que hace que una historia tan local pueda aspirar a ser universal. El mito introduce otro tiempo, una resonancia distinta, y permite leer los acontecimientos desde una dimensión simbólica. Cuando el lector llega al final comprende que la historia era más amplia de lo que parecía y que muchas cosas adquieren un sentido diferente. Esa circularidad era muy importante para mí.


¿La gente de mar convive mejor con la muerte y las desgracias?

No sé si convive mejor, pero sí de una forma mucho más consciente con la incertidumbre. El mar te recuerda constantemente que hay muchas cosas que no puedes controlar y te enfrenta a tu propia vulnerabilidad. Esa convivencia inevitable con el riesgo acaba modificando la forma de mirar la vida.


¿Escondemos la muerte y por eso nos cuesta tanto aceptarla?

Vivimos bastante alejados de esa conciencia del límite. Hemos construido una ilusión de control sobre casi todo y eso hace que la muerte parezca algo excepcional, cuando en realidad forma parte de la vida. En el mar esa fragilidad está mucho más presente.


¿Necesitamos que alguien de fuera nos diga quiénes somos? Un poco el papel que hace Ari en la novela.

No diría que Ari llegue para salvar a nadie. Al contrario, es ella quien más aprende cuando llega a Camariñas. Su mirada introduce cierta extrañeza y acompaña al lector en el descubrimiento de ese mundo, pero termina siendo el propio pueblo quien la transforma a ella.


¿Si algo no se nombra, no existe?

Me interesaba mucho pensar desde dónde nace el lenguaje. Nombrar es una forma de hacer visibles las cosas, pero antes de nombrarlas hay un gesto previo que consiste en aprender a mirar, a escuchar, incluso a amar. La novela propone precisamente ese cambio de sensibilidad. Más que ofrecer respuestas, intenta preguntarse desde qué lugar hablamos y cómo construimos nuestra relación con el mundo a través de las palabras.


¿Desde dónde nace el lenguaje?

Creo que nace antes de las palabras, en la necesidad de relacionarnos con el mundo y con los otros. Antes de nombrar hay una forma de mirar, de escuchar y de atender. Esa idea me interesaba más que cualquier definición del propio lenguaje.


Había publicado cuentos y ahora encara una novela mucho más extensa y compleja.

Fue un cambio importante, aunque sigo escribiendo desde el mismo lugar. Me interesa el trabajo con el lenguaje y prefiero sugerir antes que explicarlo todo. La novela me obligó a planificar mucho más por la cantidad de voces y tiempos narrativos. Pero mi forma de trabajar sigue siendo la misma, no avanzo hasta que siento que cada párrafo está donde tiene que estar.


Escribió la novela en gallego y ahora llega en español. ¿Cada lengua cuenta una historia distinta?

En cierto modo, sí. Los libros cambian con cada edición y con cada traducción. ‘Punto de araña’ nació muy pegada a la oralidad y, en gallego, las mujeres del pueblo hablan con la variante dialectal de Fisterra, además de tener cada una su propia forma de expresarse. Quería conservar esa riqueza en castellano. Como traduje la novela yo misma, pude tomar decisiones con mucha libertad: mantener frases en gallego, dejar algunos términos sin traducir o reconstruir un castellano muy influido por la forma de hablar en Galicia. La historia es la misma, pero la música de cada lengua siempre introduce matices distintos.


No hubo, entonces, muchas variaciones entre el manuscrito y el libro publicado.

La novela ya venía editada en gallego, pero la versión en castellano también tuvo un importante trabajo editorial. Se hicieron ajustes visuales, se condensaron algunos pasajes y suavizamos los capítulos en los que el lenguaje se deshilacha para acompañar un poco más al lector sin renunciar a la propuesta de la novela.


¿Fue positivo su paso por las residencias literarias?

 Muchísimo. Me ofrecen algo muy valioso, como es tiempo y concentración. Para ‘Punto de araña’ pasé por cuatro residencias y la de París fue especialmente importante porque allí pude darle forma definitiva a la novela. Además, convivir con artistas de otras disciplinas siempre enriquece mi manera de pensar la escritura.


¿Tiene la mujer el lugar que merece en la literatura?

Estamos viviendo un momento muy interesante porque se están recuperando muchas escritoras que durante décadas quedaron fuera del canon. Estamos empezando a leerlas, a estudiarlas y a reconocer la importancia de su trabajo. Eso ya dice mucho de lo que había ocurrido hasta ahora. Al mismo tiempo, hay un interés creciente por escuchar voces nuevas, muchas de ellas de autoras. Queda camino por recorrer, pero quiero pensar que estamos en un momento de cambio.


¿Qué espera que permanezca en el lector cuando cierre Punto de araña?

Me gustaría que no fuera una novela que se agotara al terminarla. No está construida alrededor de un misterio que se resuelve y ya está, sino que intenta abrir distintas capas de lectura. Ojalá algunas preguntas sigan resonando después: la relación entre el tejido y el lenguaje, la idea de comunidad, la circularidad del tiempo o la posibilidad de imaginar otros horizontes. Vivimos un momento social y político que muchas veces nos hace pensar que no hay alternativas. Si la novela consigue despertar una reflexión que vuelva una y otra vez al lector, aunque sea de forma silenciosa, sentiré que ha cumplido su propósito.

Fotos de Daniel Katanga

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