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Ocas, empresectas y corpoburbujas
Una invitación a leer “Las Ocas”, de Álvaro Cruzado
29 de junio 2026
El otro día no sé quién me contó sobre una amiga suya que curra en una consultora y participa de sus rituales. Uso la palabra rituales porque las consultoras no son un sector, son una secta, una empresecta. La amiga mencionada parece contenta en una de esas corpoburbujas ambiciosas, competitivas y de falsa camaradería que absorben y reducen el ser hasta su mínimo común trágico.
Las corpoburbujas, como buenas burbujas, generan otras burbujas y aspiran a unirse a otras burbujas. Estas burbujas no son sutiles, ingrávidas ni gentiles como pompas de jabón. Son camisas de fuerza. Zulos de secuestro.
De eso se trata. De no tener amigos ni alarmas fuera. De entregar poco a poco tu vida. De amurallarte y olvidarte del exterior de la caverna. De no tener tiempo ni para darte cuenta de que no tienes tiempo. De reducir tu imaginación a un post it de drive.
Las ocas, de Álvaro Cruzado, es una gran novela. Por muchas razones. Una de ellas es el cómo acompaña al lector en la inmersión en uno de esos túneles, de esas empresectas, de esas piscinas a las que uno se tira de cabeza pensando que su vida va a ser mejor. Luego queremos salir, pero no mucho. Nos secamos y el calor aprieta. Las mismas razones del salto inicial nos invitan a zambullirnos de nuevo, a pesar de las arrugas de los dedos, de las dudas y de los recuerdos amargos.
La novela nos recuerda la importancia de dibujar, diseñar y planificar nuestras propias ciudades, nuestros propios espacios, nuestras propias razones y nuestros propios sueños. Sino, nos los impondrán desde fuera. Al principio, estos sueños de otros son solo incómodas y suaves paranoias, repletas de horas extra y de peajes estrafalarios (como gastar el finde en un teambuilding o vigilar ocas en un monitor). Pero después se desatan. Sus ciudades te convierten en un friki, un egoísta, un cínico y un cruel. O en un muerto. Que olvidará tu nombre, y si nombre. Los negarás tres veces. Y no habrá pellizco, ni picotazo, ni graznido, que te despierte.
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