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Padezco del Síndrome de Goodreads
De cómo la obsesión por la nota media y el rendimiento del tiempo nos privaron del derecho al tropiezo
3 de agosto 2026
De cómo la obsesión por la nota media y el rendimiento del tiempo nos privaron del derecho al tropiezo
Hace tiempo, Jeremy Bentham imaginó la cárcel perfecta: el panóptico, una estructura circular donde una torre central podía vigilar cada celda sin ser vista. Siglos después, nuestro calvo favorito Foucault explicó que esa arquitectura no era solo un plano para prisioneros, sino el mecanismo perfecto de control de la sociedad moderna, la interiorización de la mirada ajena para corregir nuestra conducta.
Hoy, sin embargo, el dispositivo ha sufrido una mutación. En la era de las redes sociales, ya no estamos atrapados en una celda mirando hacia una torre, sino que hemos construido nuestra propia celda y nos encanta invitar a los demás a mirar. Hemos cambiado el miedo al castigo por el ansia de atención; la vigilancia impuesta por una exposición voluntaria y estetizada donde el verdadero castigo ya no es la mirada del guardia, sino la indiferencia del espectador.
Aún así, el saberse observado es un motor perfecto para ser funcional y productivo. Es así como, más allá de las redes sociales convencionales que todos conocemos, plataformas como Letterboxd o Goodreads han ganado una relevancia central en este contexto, la primera teniendo como punto central las películas y la segunda los libros.
En estas plataformas vas anotando lo que consumes, señalando así el capital cultural que te vincula a cada obra. Si no lo registras, parece que la experiencia no ha ocurrido del todo, que no ha computado en tu «historial de rendimiento cultural». Consumimos en función de lo que queremos proyectar, calculando el valor que cada título pueda darte en distintos contextos sociales. Y la exposición no acaba en el gesto de mostrar: publicamos la nota, escribimos la reseña, dejamos constancia. Entre miles de miradas examinadoras, el perfil de cada película o libro va esculpiendo el veredicto grabado en piedra de su nota media.
No me ocurre tanto con las películas, pero sí con los libros, porque requieren una inversión de tiempo tan alta que, en esta época de velocidad anfetamínica, cuesta horrores encontrar. Admito que padezco «síndrome de Goodreads» grave. Miro de forma sistemática, casi enfermiza, la nota media de cualquier obra. Muchas veces lo hago en la propia librería: elijo varios títulos que me han atraído por el título, la cubierta o la sinopsis, los alineo frente a mí sobre alguna mesa o estantería y los voy buscando uno a uno en la pantalla. Si no tienen un 4, los voy descartando sin piedad. Y no me basta con el promedio: abro el desglose de estrellas para fiscalizar cuánta gente le ha puesto un cinco, cuántos un cuatro, cuántos un tres. Contemplo esa báscula de subjetividades ajenas y, solo entonces, me permito decidir.
Es una dinámica horrible. A veces he querido leer un libro de forma limpia, libre, impulsada únicamente por la recomendación cariñosa de alguien a quien quiero. En esos casos me prometo no consultar la aplicación. Pero la trampa está servida, y al entrar para marcar el inicio de la lectura —un gesto casi obsesivo de fichar en el contador del tiempo—,caigo en su perfil. Veo la nota media y, en un segundo, la magia se evapora. Esa cifra es capaz de arruinarme las ganas de leerlo y de contaminar por completo mi experiencia. La mirada de la multitud se impone, incluso, a la complicidad del afecto.
Hay aquí, relacionado con todo esto, un pequeño funeral: la muerte de la intuición. Nos privamos así, los que sufrimos de este síndrome, del derecho al tropiezo y al hallazgo; de leer un libro encontrado y elegido únicamente por la pretenciosidad de su cubierta, de título espantoso y nota aún peor, pero encontrar en él una diminuta resonancia con una parte de nosotros mismos. Un breve disfrute personal, único e intransferible.
Nos queda prescindir de la mirada ajena. Olvidarnos de esa identidad digital que lo es todo —o casi todo—; olvidarnos de la recopilación y la colección en la vitrina del capital cultural; de las muestras anuales de todos nuestros libros meticulosamente apuntados, valorados y reseñados en veintitrés días, en dos horas, en un segundo. O al menos, si no podemos obviar la gran dependencia de nuestra identidad digital, ¿por qué no probar a no entrar en la aplicación hasta no haber acabado el libro?
El otro día fui a Granada, durante un viaje precioso de las mujeres de mi familia a la tierra de mi abuelo, fallecido hace ya años. Allí, en una pequeña tienda de souvenirs, encontré un libro de la editorial Galaxia Gutenberg titulado El guitarrista de Montreal, de Miguel Barrero, sobre Leonard Cohen y ese enigmático gitano español que le imparte tres lecciones de guitarra decisivas para el nacimiento de una vocación que lo terminaría convirtiendo en una de las figuras fundamentales de la música popular contemporánea —o al menos así lo dice la sinopsis—. No tengo ni la más remota idea de la nota que tiene, no he ido corriendo a Goodreads a apuntarlo y no conozco la opinión de nadie. Por ahora me está gustando la prosa, aunque me está costando. Pero voy a ciegas y, al menos, me gusta esa sensación. Ya veré la nota cuando acabe.
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