Creo que solo si encontramos un nuevo lenguaje podremos imaginar lo nuevo, por lo tanto, es a la vez el mejor texto político, el mejor texto literariamente.

15 de septiembre 2026


«La acción nunca debe ser una reacción sino una creación».

Mao

*Esto no es una respuesta al artículo de Adriana Murad Konings.

Vengo a hablarles del problema de la política y del problema de la literatura. Creo que son el mismo: el problema humano. Vengo a hablarles de lo que podría la literatura o de lo que debería poder. Creo que la literatura debería poder algo. Vengo a hablarles de cómo pienso el texto y su valor (sí, creo que el texto tiene un valor, y que se puede intentar valorar cuáles son mejores y cuáles no): analizar lo que este puede y su aportación para avanzar en la tarea. Vengo a hablarles de cuál creo que es la tarea: luchar contra la injusticia; articular nuevas posibilidades. Imaginar otra escritura. Poder lo que no se podía.

Yo no sé mucha teoría, pero si tuviera que decir una, diría: una política de la frase. Creo que la tarea de la literatura o de la escritura, como forma estética, emocional, comunicativa y de pensamiento podría consistir en forzar las posibilidades del lenguaje humano hacia otras formas, ya que con otras formas quizá podamos decir nuevas cosas. De esta manera la valoración de la literatura es una valoración de lo que puede, es una valoración política, una política de la forma, una escritura política (que no es igual que escribir sobre política). Creo que no es mejor el texto que sea más bello o de mayor calidad, ¿qué calidad?, ¿qué belleza?, pero tampoco es mejor el texto que sea más comprometido que comunique una ideología o moral mejor, ¿mejor?, sí, mejor sí hay cosas, pero no basta con decirlas, hay que poder articularlas. Creo que eso debe poder la literatura: articularlas. Creo que así podemos juzgarla: es mejor el texto que articula mejor una nueva posibilidad o una posibilidad otra. Más bien sería mejor aquel texto cuya forma sea políticamente más revolucionaria, emancipadora, poderosa para la acción de la frase, el texto que pueda más o pueda algo o pueda otra cosa. Lo que ya, ya, por bueno que sea. Creo que no vale con que una obra sea simplemente la transmisión de una buena idea, como si estuviera clara la idea, qué es lo bueno, y como si el lenguaje no fuera una materia problemática en sí misma. Creo que se podría estudiar la forma literaria pero no de forma autónoma (cosa que no existe) sino valorarla por la radicalidad política de esa forma, ya que como nos enseñaron escuelas previas y teorías pasadas (no todo caduca): ciertas cosas solo se pueden decir de cierta forma, decirlas de otra forma es decir otra cosa. Creo que solo si encontramos un nuevo lenguaje podremos imaginar lo nuevo, por lo tanto, es a la vez el mejor texto político, el mejor texto literariamente, es a la vez la mejor poética aquella que sea más emancipadora, y por tanto formalmente mejor, mejor solo porque puede más, y nos hace poder más, emancipadora en términos literarios, es decir, escribe nuevas posibilidades de la frase nuevas posibilidades de la sintaxis nuevas posibilidades de las palabras nuevas posibilidades de la vida nuevas posibilidades de la política nuevas posibilidades de poder nuevas posibilidades de hablar nuevas posibilidades de ser. Una forma revolucionaria, una política de vanguardia. Es cierto que en ocasiones nuevas posibilidades del lenguaje llevaron a nuevas posibilidades políticas, pero terribles, por ejemplo las novelas de Céline y casi todos los autores fascistas vanguardistas del siglo XX es decir casi todos los autores hombres del siglo XX. Precisamente por eso, más importante trabajar en la frase nueva. Contra la aberración fascista solamente nos queda articular lenguajes más poderosos, que puedan más, aún. Solo una forma nueva puede un mundo nuevo. Creo que es mejor la forma que más pueda, y además pueda algo mejor. Alerta: a veces una forma que forma lo horrible, lo más horrible, nos hace poder algo mejor. Alerta Alerta: A veces mirar lo más horrible es algo mejor. No alcanza con denunciar las maldades de los malos, creo que debemos ser capaces de denunciarlos con frases más poderosas que las suyas. Y a día de hoy las frases más poderosas, por muy estúpidas que nos parezcan, son las frases de los fascistas. Lo han demostrado en elecciones de varios continentes, en las calles de casi cualquier ciudad y en las rrss. No vencen por su estupidez, vencen porque tienen frases diferentes (por muy horribles que sean). Y nosotros con nuestras viejas frases buenas, es tan obvio que ellos son malos y tontos, mirad, el mundo debería ser como decimos. Y siguen ganando ellos y cada vez más. Creo que el trabajo literario de nuestro momento es emancipar nuestras viejas frases, escribir de una nueva forma, encontrar palabras diferentes y articulaciones originales con la fuerza de luchar contra esas nuevas estúpidas frases tan poderosas del fascismo. Esa creo sería mi teoría. Y es verdad, abrir nuevos lenguajes genera resistencia. No es que la literatura difícil sea mejor, es que es difícil aceptar una lengua que resulta extraña, extranjera, extemporánea, que habla de lo desconocido y por tanto nos desconocemos en ella. Por sencilla, coloquial, cercana, directa que sea, la literatura nueva nos desconcierta. No es solo la experimental vanguardia, una frase diferente donde no toca. Que no se la esperaba. La más simple. Incomoda. Una forma diferente de escribir desagrada. A todos nos resulta más agradable que nos digan lo ya sabido, escuchar lo que queremos, de la forma que entendemos. Entender a la primera porque ya sabemos cómo es eso. Es más masivo lo agradable que lo incomodante. Es más poderoso lo que desconcierta, solo así cambia algo. Si queremos que el mundo siga igual entonces bien. No es esa mi teoría. El texto por tanto puede estar en cualquier parte. Si afecta e infecta. Si su fuerza de alteración incide en el cuerpo en que se inscribe. Ese cuerpo puede ser un libro, un blog, una revista, la calle, el aula, la oficina, la pared. Internet. Eso es lo de menos. El texto es lo de más. El texto es todo. Y cómo afecta e infecta la estructura sintáctica, lógica, emocional, política en el cuerpo en que se inscribe mide su fuerza su poder por tanto su valor. Yo no creo en el progreso pero sí en la diferencia y que hay Historia aunque no nos guste. Creo que ciertas formas interpelan ciertas épocas y culturas y lenguas. Ciertas formas dejan de interpelar en tal sitio o en todos con el paso del tiempo y eventualmente desaparecen. No sabemos cómo ni porqué pero podemos comprobar que ha sido así. Intuir que así seguirá siendo. Podemos aventurar cómo está cambiando. Intervenir ahí. Eso sería escribir. Creo. Tampoco creo en la mímesis simplista o en el arte que copia la vida o peor la realidad (dando por hecho la realidad y la vida y su forma), pero sí creo en ciertas concordancias y disonancias y armonías y alteraciones caprichosas entre forma, tecnología, ideas y carne que hacen a determinado punto del espaciotiempo humano reverberar más o mejor con ciertas expresiones, medios, frases o estructuras. Y, yo no tengo interés en matar nada, ni la novela ni nada, sencillamente me encontré un cadáver putrefacto encima de la mesa. Esto está muerto hace rato, no he sido yo, ojalá. Quizá la herré con la fecha. El hedor es ya insoportable. Quizá ¿que? ¿1913?, ¿1922?, ¿1944?, ¿1951?, ¿1963?, ¿1970? Hay muchas fechas. Las cosas no se mueren de una vez y ya. Es decir, quizá no hay fecha. Esto de las fechas es una tontería. Lo que sí me parece es que hay cosas que estuvieron por aquí un tiempo y ya no están más, ¿o eso tampoco? ¿Pinturas rupestres entonces y Warhol misma cosa? Estoy dispuesto también. ¿Novela? No sé, si quieren. Yo prefiero texto. Creo en el texto (más que novela, poesía, libro, literatura o cualquier otra palabra) como herramienta de desactivación de automatismos y creo en la escritura como prueba o búsqueda de poder otras cosas. Creo en el texto por su capacidad de incidir en la realidad, de construir la realidad, de construir otra realidad. Creo en el texto como arma. Y creo que el mejor arma para desactivar, reconfigurar o reventar las estructuras automáticas de la frase y proponer otras nuevas entre el juego infantil hasta el cóctel molotov pasando por la arquitectura más sofisticada o analítica y la debilidad, la escritura más débil que más nos debilite, cuenta con posibilidades infinitas y en reproducción constante. Y el análisis de este arma es literario. Solo la literatura puede darse sus herramientas de crítica y teoría y juicio acerca de su uso y su sentido final. No vengan otras disciplinas a asediarla y pretender sentenciarla como ha ocurrido hasta ahora desde la sociología, la política, la psicología, la lingüística, la, la, la. Como si esto del texto fuera una herramienta vulgar o un utensilio utilitario o una materia de segundo orden a expensas de que otras más sabias y científicas y estructuradas puedan usarla y explicarla. Es solo la literatura la que puede hablar de literatura. Otra cosa es pensar que la literatura no tiene herramientas políticas, lingüísticas, filosóficas, psicológicas, sociológicas, etcetcetc. Creo que el trabajo de la teoría literaria y la crítica literaria debe ser darse a sí misma sus leyes y juicios e ir cambiándolas y reformulando cuando proceda. Pero hay que escribir para escribir o reescribir eso. Solo los escritores pueden escribir sobre escritura. Quién sino el que lo ha enfrentado puede saber los problemas y los aciertos del acto de escribir y de su resultado. Todo escritor tiene la tarea de darse su propia teoría, crítica y análisis. Todo crítico, analista o teórico, si escribe, es un escritor y debe hacerse cargo de su escritura y creación. Lo demás son pseudociencias que pretenden instalar su sistema de laboratorio o de mercado a lo literario o peor aburridos académicos que aman la burocracia y le llaman conocimiento sistemático. La legislación con que debe ser juzgado tal texto creo que debe ser articulada por el propio texto. No por lo que diga el texto, no por lo que enuncia, sino por cómo está configurado. Pero ese texto está en diálogo obligatorio con un campo dado donde existe una jurisprudencia, ese el contexto, que necesariamente es fijo: la época y el lugar en que aparece un texto es indefinible pero también indiscutible. En esa bisagra entre la autonomía del texto para darse sus leyes y el marco social histórico y político impuesto, con que ese código debe lidiar. La misma tensión que se establece entre el texto independiente y la sociedad-tiempo en que se inserta, la observamos entre la voluntad transformadora del autor y las intervenciones determinantes que su inconsciente modulado por la estructura social le van marcando sin que él los oiga pero copiando obediente. Negar la parte de conciencia, voluntad y creación individual, lo mismo que negar la parte de ideología establecida, estructura social e intervención del inconsciente colectivo, me resulta tan absurdo como negar el verde para afirmar el morado o al revés. Autor y época como texto y contexto están ahí. Proponer porcentajes lo dejo para las estadísticas. Aquí hablo de texto y su incidencia, su capacidad de infección, alteración, cambio. Ese es el lugar de reflexión acerca del valor de un texto, es decir, su poder. Es arte porque reconfigura. Y es bello poder otra cosa. Ese es el verdadero compromiso de la escritura, luchar por poder escribir otra cosa. Eso venía yo a hablarles de la literatura y la política y el problema que es el mismo de lo humano y el valor de un texto según lo que podemos gracias a una escritura, una escritura diferente. Esto es lo que creo. Creo.

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