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Francisco Bescós: «No entiendo por qué tengo que renunciar a querer gustarle a un lector»
«En ‘Mantis’ quería combatir la idea de la heroicidad de la discapacidad»
10 de septiembre 2026
Cuando llego a entrevistarle, ya está esperando en la barra con un café. Francisco Bescós –al que desde ahora llamaré Paco–, insiste en que está un poco desentrenado en esto de dar entrevistas. Sin embargo, es poner el móvil a grabar y formular la primera pregunta y es capaz de responder a cada pregunta repasando de paso su vida, la discapacidad, su forma de escribir y la trama de su novela.
Hay que tener los ojos bien abiertos y saber mirar, porque las historias nos asaltan cada día. Con ‘Mantis’ (Ed. Roja y Negra, Reservoir Books), Paco logra una novela negra que convierte un centro logístico de la Alcarria en escenario de una historia sobre la discapacidad, la vulnerabilidad y un mundo de consumo del que preferimos no mirar qué hay detrás.
‘Mantis’ es muchas novelas a la vez. ¿De dónde salió la idea?
Viene de una experiencia de hace unos diez años, cuando dejé la publicidad y empecé a trabajar como redactor por mi cuenta. Colaboré con una startup en un gran almacén logístico y aquel lugar me pareció inmediatamente un escenario de novela. Al principio quería hacer una especie de ‘Jungla de cristal’ en un almacén, con un protagonista atrapado en una ratonera.
Un centro logístico en mitad de la Alcarria como escenario de una novela negra. Es diferente.
El lugar me vino dado. No soy un autor que decide escribir sobre Berlín en 1933 y se va allí un año a investigar. Tengo familia y muchos compromisos. Aprovecho lo que me llega y trato de convertirlo en una buena historia. Tuve la suerte de encontrarme con un escenario impresionante y con un mundo lleno de posibilidades literarias. No puedo parar el mundo para escribir mi novela, así que intento hacer las mejores historias posibles con lo que tengo alrededor.
El salto respecto a ‘La ronda’ o ‘El baile de los penitentes’ está en la voz narrativa. ¿Fue difícil encontrarla?
Es una evolución y también una exigencia técnica. Mis novelas anteriores eran muy corales y permitían un narrador omnisciente. En ‘Mantis’ quería construir un único personaje y trabajar con su punto de vista, incluso con una primera persona no confiable. Esa voz ya la había utilizado en ‘Las manos cerradas’, mi libro autobiográfico. Allí recurrí a la ironía y al sarcasmo para contar algo muy personal. ‘Mantis’ supone llevar a la ficción algo que ya había ensayado.
Fina, la protagonista con problemas de movilidad, podría haber sido un personaje construido desde la compasión y no tiene nada de eso. ¿Era innegociable?
Quería combatir la idea de la heroicidad de la discapacidad. Cuando llevas a una persona con discapacidad por la calle muchas veces te miran con lástima o admiración. Y yo pienso: puedo seguir siendo el mismo hijo de puta que era antes. La mayor muestra de desigualdad es privar a una persona de su libre albedrío, incluso de la posibilidad de ser mala. Si alguien es bueno, no tiene que serlo porque tenga una discapacidad, sino porque ha elegido serlo.
Sobre la discapacidad se escribe mucho, pero quizá no demasiado bien. ¿Seguimos contándolo mal?
Sí, muchas veces desde la condescendencia, como si las personas con discapacidad no pudieran desarrollar su propia personalidad o su propio albedrío. En ‘Las manos cerradas’ hablaba del “mito de la superación”: la idea de que la discapacidad puede anularse con fuerza de voluntad. Yo prefiero hablar de adaptación. No se trata de superar lo que no puedes cambiar, sino de encontrar qué puedes hacer con las circunstancias que tienes.
Fina descubre que necesita a los demás. ¿Nos cuesta demasiado aceptar nuestra propia vulnerabilidad?
Fina se construye a la contra: ella es la mantis y los demás son avispas. Se convence de que puede con todo porque quiere escapar de las limitaciones que le provoca su discapacidad. Pero cuando queda encerrada descubre que quizá no puede tanto como pensaba. Y eso nos pasa a todos. Hay situaciones en las que descubres que no puedes solo, que los demás son necesarios.
Escribe para entender lo que le ha pasado. Después de terminar ‘Mantis’, ¿qué ha aprendido?
Más que aprender algo nuevo, creo que he consolidado cosas que ya intuía y que había trabajado. No tienes por qué renunciar a dar sentido a tu vida porque algo irrumpa y te ponga límites. Hay que fijarse en lo que sí puedes hacer. Si te concentras únicamente en lo que no puedes hacer, tu vida va a ser una mierda.
Sus personajes nunca son héroes ejemplares. ¿Desconfía de la perfección?
Para mí es fundamental que los personajes tengan dimensionalidad. Nadie es bueno al cien por cien ni malo al cien por cien. El que se vende como un salvador de la humanidad me genera desconfianza inmediatamente. Fina es una antihéroe, puedes entender su moralidad y empatizar con ella, pero después hace cosas que tú nunca harías porque están fuera de la ley y de los códigos éticos habituales. En la literatura podemos vivir la vida de otros y entender por qué actúan como actúan.
Amazon, AliExpress, los algoritmos, los repartidores. ¿La gran distopía del siglo XXI ya está aquí?
Cuando conocí aquel almacén, hace una década, no podíamos imaginar la importancia que iban a tener estos centros logísticos. Ahora no sólo satisfacen necesidades, también gestionan emociones, compras algo, esperas el paquete y esa espera genera ilusión. Detrás de ese consumo facilón hay unas condiciones laborales que muchas veces preferimos no mirar. Yo las descubrí trabajando con una aplicación interna del almacén. Recibíamos mensajes sobre accidentes, trabajadores que acudían bebidos o problemas bastante increíbles. Algunas de esas cosas acabaron en la novela.
¿Recibimos un paquete en casa y preferimos no saber qué hay detrás?
Sí. Y ahí aparece también el concepto del “no lugar”: espacios de los que depende nuestra vida cotidiana, pero con los que es imposible establecer una relación sentimental o de arraigo. Un aeropuerto, un hotel o un almacén logístico. Puedes trabajar allí o depender de él para comprar algo, pero no puedes establecer una relación con ese lugar. Esa contradicción me interesa, dependemos de espacios que, al mismo tiempo, son completamente ajenos a nosotros.
Sitúa la trama en Guadalajara. ¿Desde lo local es la manera de llegar a todo el mundo?
A mí me gusta trabajar tramas que tienen tentáculos en todas partes desde una perspectiva ultralocalista. Mis primeras novelas están situadas en Calahorra y en ellas aparecen asuntos que conectan con problemas internacionales. Me apasiona cómo las grandes tramas geopolíticas pueden perder algo por el camino y acabar apareciendo en Tudela, Calahorra o cualquier otro sitio. Lo local no limita una historia, muchas veces permite mirar el mundo desde un ángulo más concreto y reconocible.
¿En España todavía cuesta tomarse en serio una novela que entretiene?.
Durante un tiempo parecía que la trama era algo casi antiliterario, incluso dentro de la novela negra. Era como pedir perdón por querer darle al lector un motivo para pasar la página. Y después hemos vivido la época dorada de series como ‘Los Soprano’, ‘The Wire’ o ‘Breaking Bad’, donde la trama es fundamental. Yo no entiendo por qué tengo que renunciar a querer gustarle a un lector. Una novela puede tener personajes, atmósfera y profundidad y, al mismo tiempo, querer entretener. No son cosas incompatibles.
¿El noir siempre tiene futuro?
La novela negra tiene muchos subgéneros y algunos funcionan mejor que otros, pero ningún género garantiza el éxito. Además, la competencia por la atención del lector es enorme: autores autopublicados, redes sociales, un mercado editorial muy fragmentado y ahora también los textos generados por inteligencia artificial. Si alguien quiere escribir, le diría que no lo haga pensando en el resultado. Hazlo por el momento de estar escribiendo, ese rato ya no te lo puede quitar nadie.
¿Se plantea tratar otro género?
Estoy terminando una novela infantil, la primera que escribo. No sé ni si me la publicarán, pero necesitaba probarlo. Consumo muchísimo contenido infantil con mis hijos, desde libros y cómics hasta series, y me gusta mucho. Además, se lo había prometido. Un día me descubrí escribiendo una escena y riéndome.
Los niños son lectores difíciles.
Llevo seis libros publicados, he ganado premios y tengo lectores, pero no tengo ni idea de cómo me irá con esta novela. Con los adultos conoces mejor las reglas del juego, mucho menos con los niños. Por eso también me interesa el reto.
Es asturiano. ¿Leeremos algo ambientado en el Principado?
Es uno de mis grandes propósitos. Con Asturias tengo una relación diferente porque soy de aquí. Me fui muy pronto, estudié fuera y pasé veinte años en Madrid, pero el ADN siempre lo llevé dentro. Necesitaba volver y aprender otra vez cómo se vive aquí. Llevo ya dos años y puede que ahora sea el momento. Para escribir sobre Asturias necesito sentir que conozco de nuevo su idiosincrasia y que estoy preparado para hacerlo sin quedarme en una visión superficial.
Nos han vendido esa vida romántica del escritor, pero en realidad muchas veces es precariedad.
Para los que somos más de oficio, de romántico no tiene nada, es un trabajo como cualquier otro. La mayoría de mis ingresos vienen de redactar contenidos para empresas. Soy escritor, pero no escritor de literatura a tiempo completo. Esa vida romántica es, primero, precariedad y, segundo, está limitada a perfiles muy concretos, como quien tiene dinero familiar o puede compaginarlo con otros trabajos. Los que tenemos que ganarnos la vida palabra a palabra lo tenemos complicado.
Ha defendido que la mejor ayuda para un escritor es pagarle por escribir.
Porque el dinero se convierte en tiempo. Cuanto más pueda ganar de la literatura, de ayudas o de becas, más trabajos alimenticios puedo rechazar y más tiempo puedo dedicar a escribir. Por eso me hacen gracia algunas ayudas que consisten en mandarte a una residencia en Suecia. ¿De qué le sirve eso a una escritora que acaba de ser madre y no puede marcharse de casa? Lo que necesita es dinero. Cada escritor está en una situación diferente, pero la mejor ayuda es permitirle dedicar tiempo a escribir.
¿Por qué escribe?
Tenía conmigo mismo la deuda de intentar escribir. Mi padre era un lector voraz y profesor universitario, pero nunca se atrevió a ello; supongo que tenía miedo al fracaso. Yo pensé que no quería que me pasara lo mismo, prefería pecar de echarle jeta que de ser demasiado humilde y no intentarlo nunca. En 2008 o 2009 empecé ‘El baile de los penitentes’ con la una intención de terminarla y hacer algo de lo que pudiera sentirme orgulloso. La terminé, la presenté a un premio y lo gané. A partir de ahí empezó todo. Y aquí seguimos.
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