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Mónica Pérez Sobrino: «El rencor puede darte tres párrafos maravillosos, pero no una obra»
«Ser mujer y joven no te abre puertas, sino que a veces te las cierra»
2 de septiembre 2026
Una de las cosas más extrañas de la memoria es que puede desaparecer sin hacerlo del todo. Un recuerdo puede quedar enterrado durante años y, sin embargo, seguir respirando debajo de nuestra vida, apareciendo en un miedo, en una ansiedad, en una forma de querer. De esa grieta nace ‘Juegos infames’ (Espasa), la segunda novela de Mónica Pérez Sobrino, escritora y periodista que ha convertido la curiosidad en una forma de mirar el mundo. En esta conversación habla de trauma, amor y sexo, pero también de soledad, adicciones, música y literatura. Y de esa necesidad, tan humana, de inventarnos una historia para poder soportar la nuestra.
¿De dónde surge ‘Juegos infames’?
Surge de un artículo sobre los recuerdos no procesados y sobre cómo un trauma puede permanecer silenciado durante años y aparecer después a través de síntomas físicos o psicológicos. Soy hija y hermana de psiquiatras y empecé a preguntar, a leer y a investigar. Me fascinó descubrir que nuestra cabeza puede bloquear determinados recuerdos para protegernos del dolor. A partir de ahí decidí construir una novela alrededor de esa idea y utilizar el amor como catalizador para hablar de algo mucho más profundo.
Usa el amor como fondo para tratar los recuerdos bloqueados de la infancia y cómo estos pueden condicionar las decisiones que uno toma en el presente.
El amor es el idioma universal y una forma de acercar al lector a un tema que puede resultar complejo. La médula espinal de la novela es el trauma y cómo puede condicionarnos sin que seamos conscientes de que está ahí. Me interesaba plantear qué haríamos si descubrimos algo que nuestra pareja no recuerda y que, sin embargo, está condicionando su vida. No puedes ignorarlo, pero tampoco puedes revelárselo sin más. Ese dilema me permitía hablar del trauma desde un lugar muy humano.
¿Cómo se documentó?
Leyendo muchísimo y hablando con profesionales. Entrevisté a psicoanalistas, psiquiatras y terapeutas que trabajan con EMDR, una técnica que aparece en la novela. Quería entender cómo funciona el trauma, cómo puede bloquearse un recuerdo y de qué manera puede manifestarse después. Leí investigaciones y libros sobre memoria y trauma. Para mí era fundamental que, aunque estuviera escribiendo ficción, la parte psicológica tuviera una base sólida.
Escribe: “Una cosa es que tú hayas vivido algo que te empeñes en querer olvidar y otra cosa muy diferente es que tu cabeza realmente lo haya eliminado y tú no seas consciente de ello”. ¿Qué le interesaba explorar con esa idea?
Me interesaba precisamente la paradoja de que puedes querer olvidar algo y otra cosa muy distinta es que tu cerebro haya decidido protegerte de ese recuerdo. El problema aparece cuando aquello que no recuerdas empieza a manifestarse de otra manera.
¿La infancia es el lugar del que viene todo?
Es el momento en el que somos más vulnerables y estamos más expuestos, por eso muchas heridas nacen ahí. Pero no todo trauma tiene que producirse durante la infancia. Puede aparecer en etapas posteriores, cuando vivimos una situación con un nivel de ansiedad o dolor tan elevado que nuestro cerebro necesita apartarla. La infancia tiene mucho peso, pero no podemos reducir el trauma a ella.
¿Si no hay síntoma no hay trauma?
Esa sería una manera muy simplificada de decirlo, pero durante mi investigación llegué a una conclusión: si alguien ha vivido algo que no recuerda y su vida es completamente funcional, no tiene sentido buscar un trauma oculto. La cuestión cambia cuando aparecen síntomas que interfieren en su vida, ahí sí puede existir algo que está actuando desde el pasado. Es un asunto muy complejo y que todavía tiene muchas zonas que desconocemos.
¿Los traumas siempre dejan rastro en la vida y en el cuerpo?
Hay investigaciones que muestran cómo determinadas experiencias traumáticas pueden manifestarse físicamente aunque la persona no sea capaz de acceder al recuerdo. Me impresionó mucho leer sobre cómo durante años se calificó de ‘histéricas’ a mujeres cuyos síntomas tenían detrás experiencias traumáticas que no habían podido elaborar. El cuerpo puede contar aquello que la memoria no consigue contar.
¿Forjamos nuestra identidad a través de la memoria?
Necesitamos recordar para saber quiénes somos. Si eliminas una parte importante de tu historia, estás modificando la manera en la que entiendes tu presente. ¿Hasta qué punto podemos ser quienes somos si desconocemos de dónde venimos? Nuestra memoria construye nuestra identidad, pero es imperfecta y está constantemente reinterpretándose.
¿No tiene el pasado mucho de ficción?
Nuestros recuerdos no son una grabación objetiva de lo ocurrido, construimos nuestra propia versión de la historia. Basta con pensar en una ruptura, normalmente existen dos versiones completamente distintas de una misma relación. Cada uno selecciona, interpreta y recuerda aquello que encaja mejor con la persona que cree ser. En ese sentido, todos construimos una pequeña ficción sobre nuestro pasado.
¿La verdad es una o varias?
Probablemente hay una verdad objetiva, pero nuestra percepción de ella puede ser múltiple. Cada persona construye la realidad desde su experiencia, sus recuerdos y sus emociones. A veces no mentimos a los demás, nos contamos a nosotros mismos la historia que necesitamos para poder seguir adelante.
¿Por qué nos engañamos antes a nosotros mismos que a los demás?
Necesitamos sentirnos bien con quienes somos. Construimos historias a nuestra medida y, en ocasiones, preferimos una versión que nos permita soportarnos antes que enfrentarnos a una realidad que puede resultar dolorosa.
Hay quien dice que escribir sobre el amor tiende a considerarse superficial. ¿Lo comparte?
Me parece absurdo considerar el amor un asunto de tercera categoría. Es una de las fuerzas que más mueve las relaciones humanas y seguimos sin tener ni siquiera una buena educación sentimental. Repetimos errores que ya cometían nuestros abuelos. Todos queremos amar, ser queridos o volver a encontrar el amor. Para mí es un tema profundamente humano y, por tanto, absolutamente literario.
¿Y escribir sobre el sexo sigue considerándose obsceno?
Cada vez menos, y afortunadamente. Creo que la diferencia entre hombres y mujeres se está reduciendo. Personalmente no me interesa ser demasiado explícita, creo que una escena sexual puede tener muchísima fuerza sin necesidad de describirlo todo.
¿Consentimos determinadas acciones y actitudes en una relación más por rutina que por amor?
Sí, y creo que ocurre mucho. Enamorarse significa construir una imagen de la otra persona con muy poca información. Ves un diez por ciento y completas el resto con imaginación. Después, cuando vas conociendo las capas que faltaban, puedes descubrir que la persona real no coincide con la que habías construido. Pero para entonces ya existe un vínculo emocional y desengancharse no es sencillo. A veces seguimos en relaciones que ya no funcionan porque cuesta más asumir el fracaso que continuar intentándolo.
¿Cada ruptura supone la extinción de una historia que todavía se estaba construyendo?
Sobre todo cuando la relación termina antes de que hayas podido conocer realmente a la otra persona. Hay una parte de la historia que habías construido en tu cabeza y que nunca llegó a existir del todo. Por eso algunas rupturas tienen una dimensión de frustración, no sólo pierdes a alguien, pierdes una posibilidad, una historia que imaginabas que podía ser.
¿Es posible convivir sin la mentira?
Yo creo que debemos intentarlo. Hay quien defiende que determinadas mentiras nos salvan, pero mi experiencia me dice que, tarde o temprano, las mentiras terminan saliendo a la luz. En una relación sana, ya sea de pareja, amistad o familia, creo que la transparencia debería tener mucho más espacio que el engaño.
¿Cómo de importante es aprender a estar solos?
Es esencial. El primer paso es aprender a aguantarte a ti mismo, conocerte y estar bien contigo. Si no sabes estar solo, corres el riesgo de construir una relación desde la dependencia emocional. Para poder elegir estar con alguien primero tienes que poder estar sin esa persona.
Las drogas y el alcohol funcionan como grandes lubricantes de las relaciones sociales. ¿Cuántos adictos no saben que lo son?
Uno de los problemas de la adicción es precisamente la dificultad para reconocerla. Es muy habitual escuchar “yo controlo” o “yo no tengo ningún problema”. Además, la adicción es algo crónico y asumir que no es una etapa pasajera resulta muy difícil. Me interesa hablar de ello porque muchas veces está relacionado con problemas de salud mental y porque normalizar determinadas conversaciones puede ayudar a reconocer el problema.
¿Puede ser el rencor la mayor fuerza creadora?
No creo que una obra pueda sostenerse sobre el rencor. Puede darte tres párrafos magníficos, crueles y muy potentes, pero no creo que puedas construir un libro entero desde ahí. Lo interesante es transformar una experiencia dolorosa en algo distinto, mirarla desde la ternura, incluso desde el amor. El rencor destruye, la literatura crea y transforma.
La música llena todo el libro. ¿Qué dice de nosotros lo que escuchamos?
La música dice incluso más de nosotros que aquello que afirmamos ser. Te permite entrar en el momento vital de una persona, descubrir qué le emociona o qué necesita. Por eso me parece casi una invasión de la intimidad saber qué está escuchando alguien a determinadas horas.
¿Hay mucho de Mónica Pérez Sobrino en la protagonista?
Sí en sus emociones, pero no en su historia. La novela es ficción. Cuando la protagonista se enamora, ahí está la Mónica que se ha enamorado; cuando sufre una ruptura, también hay emociones que conozco. Es imposible escribir determinadas situaciones sin haber sentido algo parecido.
¿Escribir consiste en estar buscando historias todo el tiempo?
Un escritor es un receptor permanente de información. Lo que vives, lo que lees, lo que escuchas en un bar, lo que le sucede a tu vecino: todo puede terminar convertido en una historia.
¿Le pesa el folio en blanco?
No tanto el folio en blanco como encontrar la idea. Cuando tengo la historia, escribir no me cuesta, al contrario, disfruto muchísimo. Lo difícil es que aparezca esa chispa inicial. Una vez aparece, todo cambia, entonces ya sólo quiero escribir.
¿Es la curiosidad el principal motor de la creación?
Muchas veces escribo precisamente porque quiero entender algo. La escritura me permite investigar, profundizar y poner en perspectiva aquello que me preocupa. También me sirve para enfrentarme a mis propios fantasmas. Puedo colocarlos en un personaje, darle un conflicto y observar qué hace.
¿La cultura sigue siendo el mejor refugio frente a la dureza del día a día?
Leer, escribir, escuchar música o entrar en la ficción son formas de refugio y de entender mejor lo que nos pasa. Cuando las cosas se ponen difíciles, me siento más a salvo dentro de esos mundos. La cultura no soluciona necesariamente los problemas, pero puede cambiar la manera en la que los miramos. Y eso, en determinados momentos, ya es muchísimo.
Mujer y joven. ¿Sigue suponiendo eso algún perjuicio a la hora de ser escritora?
Mujer y ser joven todavía puede cerrar puertas. Hay cierta idea de cómo debe comportarse un escritor: encerrado en una biblioteca, dedicado exclusivamente a la literatura. Si además trabajas con redes sociales, moda, marcas o medios, parece que eres frívola o superficial. Pero estamos en 2026 y escribir no significa dejar de vivir. Ojalá todos pudiéramos vivir exclusivamente de nuestros libros, pero la mayoría necesitamos trabajar y pagar las facturas.
¿Sabe decir «no»?
He aprendido. Cuando algo lo necesitas, tienes que decir que sí; cuando simplemente te viene bien, puedes preguntarte si realmente quieres hacerlo. Yo he tenido que decir muchos “no” para poder acercarme a la literatura. Durante un tiempo rechazaba trabajos relacionados con moda porque no quería quedarme encasillada ahí.
¿Teme al fracaso o a no cumplir las expectativas que han depositado en usted?
No creo que haya tantas expectativas sobre mí como para vivir preocupada por ellas. Para mí, que una novela llegue a una librería ya es un pequeño milagro. El fracaso sería dejar de escribir. Me conformo con hacer un libro con el que estés conforme y que, diez años después, puedas leer sin sentir rechazo. Que todavía te represente.
¿Idealizamos demasiado nuestros planes y el futuro y eso nos condena a la insatisfacción?
Yo tengo un lema: “horizonte veinte minutos”. Prefiero mirar a corto plazo porque no sabemos qué va a pasar dentro de un año. Idealizar demasiado el futuro genera unas expectativas que después la realidad difícilmente puede cumplir. Es mejor concentrarte en lo que tienes delante y dejar que la vida vaya decidiendo algunas cosas.
¿Ha alcanzado el éxito?
Si éxito significa publicar, poder seguir escribiendo y dedicar cada vez una parte mayor de mi vida a la literatura y a la cultura: sí. Si significa vender cientos de miles de libros o acumular premios, no es algo que me obsesione. Para mí el verdadero éxito sería leer dentro de diez años lo que he escrito ahora y seguir reconociéndome ahí. Que la obra sobreviva a la persona que eras cuando la escribiste. Eso me parece muchísimo más difícil y mucho más valioso.
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