Costumbres

El arte de ser Morante

En un tiempo líquido, melifluo y empeñado en disimular cualquier herida, ha puesto sobre la mesa la verdad, el arte, la sangre y la muerte.

21 de agosto 2026


Escribí esto tras una tarde histórica en la plaza de toros de El Bibio, donde la tauromaquia mostró su mejor cara, dejando clara su impronta en Gijón y Asturias. Una tarde donde el maestro sevillano, al que todos esperábamos, supo mandar y crear el arte sublime sobre la arena. Morante es inexplicable y a la vez entendible, generando con el vuelo de sus verónicas la felicidad colectiva. Salió por la puerta grande, a hombros de una multitud, y con el pañuelo rojo de mi peña, ‘El Puyazo', al cuello. Leí esto al día siguiente, después de disfrutar de una comida maravillosa y entre brindis, y emocionados por el espectáculo.

Escribir sobre Morante de la Puebla es una empresa temeraria. Hay cosas que, cuando suceden, conviene contemplarlas antes que explicarlas, porque la palabra se queda pequeña cuando delante aparece aquello que no sabemos nombrar. El Espíritu Santo no se aparece ni en la tele ni en la literatura, pero hay tardes en las que uno entiende que Dios existe y que, contra todo pronóstico, todavía puede vestirse de luces.

A Morante no se le ve: se le espera. Como esperábamos de niños la llegada de los Reyes, con esa mezcla de ilusión y certeza de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. Y cuando llega, lo mejor que puede hacer uno es entregarse. Con las pasiones no conviene negociar, hay que recibirlas a pecho descubierto y a portagayola.

Morante es el rey de esto. Un torero que conoce la tauromaquia clásica como quien conoce de memoria la casa familiar, pero que entra en ella para cambiar los muebles, derribar alguna pared y descubrir una habitación que nadie había visto. Su vanguardia no rompe con la tradición, la convierte en otra cosa. Hace del clasicismo una forma de rebeldía y de la iconoclasia una manera de volver a lo esencial.

Si lo clásico, como decía Rafael El Gallo, es aquello que no se puede hacer mejor, Morante lo es. Hay en él algo de gallista que se explica por Belmonte: la inteligencia de la gracia, la personalidad por encima de la norma, la voluntad de construir una verdad propia aunque haya que caminar por un sitio donde las zapatillas hierven.

Y quizá por eso se ha convertido también en un héroe. No porque esconda sus debilidades, sino precisamente porque las muestra y es capaz de recorrer el filo del estoque. En un tiempo líquido, melifluo y empeñado en disimular cualquier herida, Morante ha puesto sobre la mesa la verdad, el arte, la sangre y la muerte. Sin maquillaje, sin pedir disculpas. Y ha salido vencedor.

No hay contradicción entre toros y cultura, porque la cultura no es un catálogo de cosas respetables, sino aquello que una sociedad crea, discute, celebra y transmite. Morante pertenece ya a esa conversación.

Vivimos rodeados de productos calculados, emociones de usar y tirar y artistas fabricados para no incomodar a nadie. Morante, sin embargo, ha escogido otro camino: ser libre, imperfecto, peligroso y verdadero. Esa manera de entender el arte quizá explique por qué resulta tan difícil de definir y, al mismo tiempo, tan fácil de admirar. Hay artistas que no necesitan defensa ni explicación. Morante es uno de ellos.

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