Costumbres

El verdugo

Al ser el único hombre de la oficina, mi jefa decidió promocionarme a project manager durante unos minutos.

30 de septiembre 2026


No hace falta correr un ultra o un ironman para conocer los límites a los que el ser humano es capaz de llegar. Tampoco hay que vivir como el último superviviente. Basta con estar en periodo de prueba en el trabajo. Ahí es donde uno se agarra a la vida con uñas y dientes. 

Las agujas del reloj marcaban las doce de la mañana de un día rutinario de oficina cuando un grito estremeció al personal. Yo, acostumbrado a las series policiacas que mi padre siempre tiene puestas en el salón, deduje por el agudo y largo final del chillido que se trataba de algo escabroso. Tal vez un ajuste de cuentas, una trampa mortal de la limpiadora que, en un ataque sindical, le puso más abrillantador de suelo de la cuenta al pasillo para así vengarse de algún trabajador que pasaba por allí. Muy a mi pesar, el desenlace de este thriller tenía nombre, seis patas y alas. Una cucaracha.

Al ser el único hombre de la oficina, mi jefa decidió promocionarme a project manager durante unos minutos para encerrarme a mí y a mi nuevo cliente en un office de dos metros cuadrados del que solo uno de los dos podía salir vivo. Es una pena que Nolan ya hubiese rodado La Odisea, pues aquella batalla no tenía nada que envidiarle a cualquiera de los fotogramas de su película. Tras actualizar mi LinkedIn –entiéndanlo, no todos los días uno puede presumir de ascenso laboral–, agarré decidido el spray que acabaría con el insecto y me fui a por él como Hércules a por el león de Nemea. 

El rastro del bicho me había llevado hasta el mueble de debajo del fregadero. Y allí, como John Wayne en una taberna del Far West, abría las compuertas de par en par para batirme en duelo con mi enemigo. 

Bastaron un puñado de segundos para dar con ella y aniquilarla en el momento, porque no queríamos que quedara de ella ni el IVA. Era un hombre con una misión, y ya había defraudado a demasiadas mujeres en mi vida como para incluir en el saco a siete de una tajada.

Aquel día me gané la renovación y el respeto de la oficina. No hice ni una mueca ni un gesto. Salí de allí como si lo hiciera todos los días, pero realmente tenía más miedo Nino Manfredi en El Verdugo. Pero así es la vida, ¿no? Un mar de obligaciones en el que, con suerte, uno ve más delfines de los que se merecería.

Sigue a Álvaro González

Recibe un email con todos los nuevos artículos de Álvaro González


¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o suscríbete para participar.




Suscríbete a sustrato.
Apoya el trabajo de Álvaro González

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES