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¿Cristales sucios? Niños felices
Escribir con el dedo en la luna mugrienta de un coche es un deber moral.
23 de septiembre 2026
En un mundo cada vez más gris y monótono, un grafiti o una pintada es una forma de quejarse al mundo. Una manera pictórica de decirle al cosmos que queremos volver a ser únicos. Que añoramos tener una identidad, una letra o un pensamiento propio. Por eso siempre me encontrarán en el barco de los que disfrutan viendo a niños de diferentes edades jugando en la calle o coches de un color que no sea ese gris apagado que lucen los recién salidos del concesionario –si es que la gente sigue pudiendo permitirse coches del paquete–.
Ya nada es colorido. Las casas están amuebladas todas iguales. Los salones son un copia y pega de un sitio que supuestamente te dice que estás construyendo tu hogar cuando, en realidad, tienes las mismas plantas de plástico que el de enfrente. Con la ropa nos pasa algo parecido, la gama cromática que decidió un japonés como un reflejo de vida en calma equipara a una persona de Osaka con una de Motril, que no sabe si piensa igual que su amigo japonés, pero le parece guay lucir como uno de Kyoto. Y claro, comer sushi en cualquier parte del mundo no está nada mal, pero, ¿y si con la fascinación por la globalización estamos olvidándonos de qué va todo esto y dejamos de comer los platos de nuestras abuelas porque un sándwich de huevo es super cool?
Aún quedan templos de una vida que parece haber sido olvidada en un cajón y que nos vuelve a reconectar con ella como la nocilla blanca, los bares que solo aceptan efectivo, la radio musical que escuchan los albañiles o los bocadillos en el recreo -aunque esto último, tal y como está el mundo, no me extrañaría que lo hayan sustituido por granola—, pero no me escondo al decir que una de esas maravillas del mundo en el que crecí y que me fascinan y celebro como un gol en el minuto noventa es la de dibujar pamplinas sobre un coche sucio.
Porque escribir con el dedo en la luna mugrienta de un coche es un deber moral. Un duelo de prosa sarcástica en el que no conoces a tu contrincante pero lo respetas por su ingenio. Un imperio sin agua ni jabón del que te queda poco tiempo como emperador, porque sabes que es cuestión de tiempo que aquello, ya sea por la madre naturaleza o por una manguera a presión, tiene los días contados.
Los niños dibujan guarradas y escriben las palabrotas que no se atreven a decir. Se comportan como escritores. Su timidez les lleva a tener que expresarse sobre un material concreto en silencio para que sean otros quienes lo digan por ellos a sabiendas de que aquello no les pertenece por mucho que lo repitan. Cuantas más hojas tiene un coche encima, más se crecen estos pequeños artistas. Su obra cobra vida allá en cada interpretación que los viandantes le dan a lo que leen o ven, son ellos quienes encuentran el sarcasmo y la retranca en las respuestas a algunas preguntas groseras que algún jovenzuelo con ínfulas de generación del 27 dejó grabadas sobre las lunas de los coches que nunca llegaron a ser lavados.
Las lunas sucias de los coches son a la calle lo que los baños pintarrajeados a las universidades. Una forma de tonteo, de alzar la voz. Un sitio en el que divertirse sin que nadie te cancele ni te viralice. Un grito al aire que dice todo el tiempo lo mismo: “lava el coche, joder”, porque si tienes así el coche no me quiero imaginar cómo tendrás tu casa, compañero. Que si eres mayorcito para hacer las rotondas en tercera también lo eres para llevar tu carro al túnel de lavado.
En definitiva, veo a más gente sonreír frente a las lunas sucias de los coches que frente a las pantallas de sus móviles. Y puede que sea porque en sus pantallas no hay órganos de reproducción masculina pintados a mano, aunque si la gente desayuna granola en el colegio ya me espero cualquier cosa.
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