Costumbres

El pelo es TODO

Hay asuntos banales pero importantes de los que una migrante debe ocuparse.

5 de noviembre 2026


Fleabag es de mis series favoritas. Tengo pendiente hacer un rewatch que siempre pospongo (a pesar de que, si la veo seguida, dura menos que una peli de Nolan). Pero recuerdo perfecto cuando salió: la frescura, la cuarta pared, el humor, la velocidad, ese personaje que hace cosas horribles y siente culpa todo el tiempo, el tono enrarecido de la tristeza y la muerte, la cantidad de capas que todo tenía todo el tiempo y, por supuesto, el hot priest. De hecho, hace un tiempo escuché un análisis del columnista y youtuber argentino Navajacrimen, en el que explicaba su tesis sobre la serie: que en realidad, Fleabag era una historia sobre la muerte de una madre, sobre las hondas e inexplicables repercusiones de un duelo así en la vida de una mujer, sobre tener todo ese amor que le damos a alguien y no saber dónde ponerlo, sobre perder. 

De todos los momentos fantásticos que tiene la serie, hay uno, ESE, en el que la hermana de Fleabag (con la que ella tiene una relación conflictiva e intensa, como se tiene con los hermanos) la llama desesperada. La protagonista se asusta, cree que se accidentó o que le pasó algo “grave” hasta que la encuentra y ve la tragedia: ha sido víctima de un fatal corte de pelo. “Parezco un lápiz” le dice la hermana. Fleabag no se enoja ni la acusa de exagerar, entiende, porque todos entendemos lo que un mal corte de pelo puede hacer a una psiquis. Nunca equiparan el asunto con un accidente, con un robo, con alguna calamidad material, pero, quizás señalando lo absurdo de su gravedad desde el humor, muestran esa frustración iracunda que algo así puede generar. Las dos van a reclamar a la peluquería y paradójicamente, el peluquero trata de bajarle los decibeles a la pelea diciendo que es solo pelo, a lo que Fleabag responde HAIR IS EVERYTHING: el pelo es TODO. 

Hay muchos asuntos de los que una debe ocuparse cuando se muda de país. La mayoría de ellos son supremamente importantes, de vital importancia, de legal urgencia: documentos, residencias, permisos, papeles, trámites, más trámites, más y más trámites. Pero si estamos hablando de una mudanza privilegiada como la mía, con unas condiciones materiales más o menos garantizadas, con una estabilidad más o menos consolidada, sin hijos e hijas pero ya en la adultez, hay asuntos banales pero importantes de los que una debe ocuparse, como conseguir una ginecóloga de referencia, una odontóloga de referencia y también, por supuesto, una peluquera o peluquero. 

Siempre me llamó la atención que la mayoría de personas migrantes que he conocido en mi vida y que estaban en situaciones similares a la mía se rehusaban a buscar esos servicios en sus países de residencia, como si el único odontólogo que existiera en el mundo fuera el de tu ciudad, que te atiende con tu mamá y que te conoció cuando eras muy chiquita, o como si los únicos médicos capacesde hacer chequeos anuales fueran los que te han visto toda la vida. A pesar de parecerme impráctico, caro y absurdo que hubiera tanta gente que esperara a sus vacaciones o a su visita anual o bianual para hacer esas cosas, creo que hay algo sentimental en ello, una forma de arraigo, una especie de cita impostergable con el país de origen al que siempre hay que volver porque solo ahí te pueden resolver una caries o hacerte una citología. 

Pero el asunto es complejo. Para muchas volver, más desde Europa, es carísimo, así que hay, entre mis amigas y pares migrantes una inquietud y una búsqueda constante: la de un peluquero que pueda replicar lo que hacían esos otros del otro lado del mundo sin cobrarte el precio de un alquiler por el trabajo. 

Reconozco que el tema me inquietó hasta volverse prioritario. Cuando me fui de Argentina me encargué de notificarle primero a Wila, mi peluquero, con quien tuve una relación clienta-estilista monógama, comprometida y leal durante más de diez años y a quien considero, por supuesto, mi amigo. Nuestro matrimonio me dio estabilidad durante todo ese tiempo y sumó a que Argentina fuera mi casa. 

Porque no solo “el pelo es todo” en abstracto, también es la estética de una región, cristaliza tradiciones y cánones de belleza de un país; hay un lenguaje y unas referencias casi imposibles de traducir, porque habla de lo que consideramos bello, y eso es un asunto que se modifica dependiendo del contexto. Además, hay una  intimidad y una vulnerabilidad que se comparte con quien hace ese trabajo, y sobre todo, una costumbre. Hay un ritual en ir a la peluquería una vez al año, o dos o más. Hay una mutación trascendental en un cambio de look, que no por nada ha sido retratada en miles de películas, series y memes. Y debe ser que soy de una región que se toma muy en serio las banalidades, pero no conozco a nadie que considere el asunto capilar un asunto menor. 

Si es un remanente de demandas patriarcales o si es una exigencia más de los cuerpos de las mujeres, me tiene particularmente sin cuidado. Probablemente ese sea el origen de la obsesión femenina por el pelo, pero me interesa mirarlo desde la perspectiva del arraigo, de construir un lenguaje con personas de otros países y otros continentes para que entiendan cómo quieres verte y que puedan entender también tus referencias, tu pasado, tu idea de lo bello y lo feo. Me interesa el peluquero como una forma de construir hogar en un sitio, así como se tejen las redes de afectos. Y me interesa, justamente, porque es una inquietud generalizada y extendida entre personas de otros lugares. Porque no dejo de preguntarme qué hace de un nuevo territorio un hogar, qué lo compone y lo hace propio. Bueno, encontrar dónde cortarse el pelo es sin duda un paso fundamental.

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