Libros

IA, literatura y belleza

No me cabe en la cabeza que alguien con intereses literarios pudiera renunciar al placer de la escritura

29 de octubre 2026 · 1 comentario


Constantemente pienso en una escena de Los Simpson en la que Homero (acá “Homer”, pero debo decirles, amigues españoles, que ustedes están equivocados y la mejor traducción es la de LATAM) se mira al espejo porque no entiende qué es cool y sus hijos se burlan de él, entonces recuerda cuando él estuvo en el lugar de sus hijos, burlándose de su propio padre y este le dijo: «Yo sí estaba en onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que tengo no es onda. Y la onda de onda me parece muy mala onda. ¡Y te va a pasar a ti!». Me repito esa frase, al menos, una vez al día desde que pasé los treinta. Ahora me temo que “la onda” no es solo que es “cool” y está de moda, una búsqueda que, por suerte, abandoné hace algunos años. La onda también es entender lo digital, el funcionamiento, su arquitectura, su nuevo lenguaje, su velocidad actual.


Durante la semana pasada hubo una enorme polémica por la investigación del diario El País que señalaba que la novela Donde el agua trabaja (premio Almadía 2026) estaba escrita por una I.A. La investigación citaba a Pangram, un software (es decir, otra especie de IA para más ironía) experto en identificar modelos de lenguaje de la inteligencia artificial y explicaba con muchos ejemplos la infalibilidad del método. Sobre el asunto, en general, tengo poco para opinar. El autor sacó un comunicado no tan enérgico, diciendo que se ponía a disposición para la investigación de la editorial y la editorial, todavía, no se expidió al respecto. No me parece mal. Si algo saco yo de todo esto es que me gustaría tener más tiempo para pensar: no solo la investigación que hizo el diario, sino también las pruebas que pueda presentar la editorial, sus conversaciones, sus diálogos, sus debates. Y esto me incluye, no sé qué decir, no entiendo casi nada de la IA, no leí la novela, todavía me gusta mucho usar los dos puntos (que ahora parece que son una muletilla de la IA) y jamás usé chat gpt. Aunque lo que escribo no es sobre eso, quiero enfatizar que me gusta tener tiempo para pensar, no solo sobre las “polémicas” del día del mundillo cultural, sino sobre todas las cosas. Me cuesta cada vez más expedir una opinión clara y veloz, tomar un lado, asumir una posición, cuando cada vez entiendo menos de qué se tratan los debates. Eso me hace ver muy tibia y temerosa. Está bien, me la banco, prefiero eso y discutir con amigues presencialmente y disentir o pedir que me expliquen, antes que compartir algo velozmente en instagram que me haga sentir que estoy del lado “correcto” de algo.


Mi última actualización sobre la IA es que era idiota, que solo servía para juntar bibliografía y que no sabía cómo hacer manos realistas. Hasta que llegó esto. Repito que no leí la novela por lo que no puedo confirmar que sea bella, pero tres autoras a las que respeto y admiro así lo decidieron, y en esos criterios sí confío. Me pregunto entonces qué nos quedará, cómo revertir ese conjuro, cómo eliminar esa sospecha. A veces también siento que hay un pulso muy homogeneizador en parte de la literatura contemporánea; que nos han metido frases cortas, “prosas contraídas”, imágenes precisas y puntos seguidos hasta el cansancio y que mucho de lo que publicamos ahora, en algún momento, termina por parecerse. Me cuesta imaginarme a una I.A inventando un párrafo a lo Juan José Saer que no supiéramos que no es Saer sino una imitación suya. Pero seguramente estoy nostálgica, pensando en el pasado, y todo eso ya es posible, es posible y se ha hecho, se ha hecho e incluso mejor.


Como este es un texto sin conclusiones, un divague de reflexiones un poco pesimistas, me quedo con la alegría de escribir. Cuando hablábamos de esto con unas amigas, una de ellas dijo que “poner a la I.A a escribir una novela sería como pedirle que tuviera sexo por ti”. Es comprensible que queramos que lave los platos o haga facturas, pero ¿que haga cosas creativas? ¿perderse de eso? Mi argumento principal para el beneficio de la duda sobre la novela denunciada es que no me cabe en la cabeza que alguien con intereses literarios pudiera renunciar al placer de la escritura, que alguien pudiera considerar más importante el resultado que el proceso, que alguien pudiera pensar en el final sin el hermoso, tortuoso e intenso viaje de construir una novela desde el principio. No puede concebirse la literatura como un mero fin, y no puede hacerse porque las probabilidades de esa clase de éxito son escasas e improbables. Se escribe para maravillarse con el lenguaje, con sus formas, para experimentar, para arrojarse a las posibilidades narrativas, para conmoverse cada vez por el milagro de poder escribir.


No sé. Seguiré en la ingenuidad ante la posibilidad de las máquinas. Como dice Juan Cárdenas “todo gran arte trae consigo la marca de la ligereza” y lo artificial no puede ser ligero, puede ser superficial, pero no puede elevarse con gracia y sin esfuerzo hacia la belleza. Sin embargo, cuando me entre la angustia apocalíptica sobre este tema, volveré a leer algún Vallejo, con sus signos de admiración, con las repeticiones emocionantes de sus palabras. Volveré a leer poesía como antídoto del efectismo, como recuerdo de que el lenguaje puede hacer eso en un cuerpo; conmocionar y hacer feliz, y que en ese ejercicio hay arbitrariedad, sorpresa y una sensibilidad que excede todo cálculo y toda fórmula. Con que se lee para ese juego, ese chispazo, esa dicha que sucede a veces, muy pocas, ante un verso exacto o ante un gran párrafo.Y cuando el desconsuelo me alcance releeré siempre esto con la emoción de la primera vez, pensando en cada palabra, considerando que una máquina nunca entendería el porqué de cada coma, de ese ritmo, de ese final. Aferrándome a ello como una religión:


Y detrás de ellos entra la noche en la casa de las hermanas Garmendia. Y quince minutos después, tal vez diez, cuando se marchan, la noche vuelve a salir, de inmediato, entra la noche, sale la noche, efectiva y veloz. Y nunca se encontrarán los cadáveres, o sí, hay un cadáver, un solo cadáver que aparecerá años después en una fosa común, el de Angélica Garmendia, mi adorable, mi incomparable Angélica Garmendia, pero únicamente ése, como para probar que Carlos Wieder es un hombre y no un dios.

Roberto Bolaño, Estrella distante

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Imagen editada con IA

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