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Diario político 2

Qué frases nuevas necesitamos y, sobre todo, ¿seremos capaces de escribirlas?

27 de octubre 2026 · 1 comentario


“Saldremos, ya lo verás. Esto no es como la cárcel.

¿Qué es la cárcel?”,

Meridiano de sangre, Cormac McCarthy


Libros leídos durante

Malas lenguas, Alan Pauls (Random House, 2026)

Ensayos, W. G. Sebald (Anagrama, 2026)

Del natural, W. G. Sebald (Anagrama, 201)

Los cuadernos de Fritz Kocher, Robert Walser (Pre-Textos, 1998)

Meridiano de sangre, Cormac McCarthy (Debolsillo, 2024)


06/10/2026

Alan Pauls parece efectivamente haber llegado en Malas lenguas a su estilo tardío. Su frase pegajosa y lenta nos sigue contaminando pero algo la tiene más activa y pizpireta. Se enferma menos en el elixir de su esencia que lo acabará asfixiando como quien respira el propio dióxido que expulsa acercándose a la muerte dulce de sí mismo, va más hacia afuera, se interesa y pasea por otros, detalles, anécdotas, nombres. Acelera un poco. No digo que sea una escritura frenética pero su clásica lentitud si parece un poco alterada, un poco nerviosa. Y por otro lado esos nervios parecen alegres, hay algo celebrativo en su estilo que antes era puro y denso melodrama. Se gusta un poco, digámoslo. Cada frase parece rematada, un detalle gratuito que la adorna. El autor se da el gusto. Lleva años demostrando su dominio, ¿no podrá ahora dejarse llevar? Una vez explicó Pauls su técnica de diario. Escribir una frase, una sola frase al día. Que siempre terminaban siendo más, claro. Y cuando daba con una idea, asediar la frase, merodearla, e ir rellenándola, y rellenándola, todo lo que pudiera, hasta cargarla. Esta técnica, como técnica gratuita y alegre, parece marcar la escritura de las frases de este libro. Casi todas llevan un sintagma, una partícula que parece añadida, que el autor se permite, y que no haría falta. Al principio irrita un poco, como todo estilo tardío, pero la verdad es que la densidad y lentitud de Pauls sigue ahí, el veneno de dióxido con el que el amante se suicida de sí mismo de amar su propio amor, nos sigue intoxicando y mareando en un estado etílico de apego empastado, le seguimos, a pesar del recargo, nos embota incluso su nueva gracilidad, nos pega a la página y no paramos aunque sentimos un exceso de artificio. A la altura tan temprana como la página 26 esa frase embotada nos tiene embotados y capturados en el proceso de auto intoxicación, ¿qué guarda y esconde para nosotros esa frase recargada donde la revelación, la pieza clave del afecto, el misterio de la trama biográfica ente tanto relleno siempre sabe cómo esconderse una frase más allá? Le seguimos porque es un gran escritor y sabe intoxicarnos con su frase densa y lenta, incluso ahora que se encuentra un poco atolondrada, un poco demasiado feliz de sí misma, qué más da, queremos seguirla igual. Como en el Proust más infecto o el Henry James más resabiado, la fuerza de la frase sigue vigorosa incluso en su edad ya provecta, aunque el argumento languidece.


07/10/2026

Pensando en la conversación con Adriana Murad Konings que vamos a tener sobre la muerte o no de la novela. Me acuerdo de Juan Benet y su problema con Herrumbrosas lanzas concretamente. La novela es en principio un género sentimental, que aborda la psicología o las emociones de sus personajes a través de la narración de un hecho o una serie de peripecias. Es por eso que Benet entiende que la novela no le servirá como herramienta para dar cuenta de la guerra tal y como él la concibe: el lugar donde solo los actos cuentan y la verborrea, sentimientos o ilusiones mueren en la realidad militar del campo de batalla. (Por eso Benet en origen quería escribir un libro de historia militar de la Guerra Civil, y no una novela; y por eso, cuando al final se embarca en Herrumbrosas lanzas lo deja inacabado porque se topa con su límite, no podrá dar cuenta de la guerra en su esencia más material). Es un límite importante de la novela con su supuesta antecesora la épica. Nada más lejos que una y otra en este sentido, pues la épica sí es un género que aborda y de hecho nace para narrar la guerra, pero porque precisamente en la épica no hay sujetos ni psicología ni emociones, hay arquetipos que con sus actos cumplen un tipo social y un destino en la batalla humana como sino eterno de nuestra especie. Si algo no hay en la épica es subjetividad ni mundo interior, es todo exterioridad y acto, tipos y formas visibles. La novela, por contra, es un género moderno (igual que el ensayo) porque nace con el nacimiento del sujeto, la mente y el mundo interior, ya sea el Quijote, Jane Austen o Balzac, son obras donde el centro es un sujeto que siente y duda, no tanto que piensa (novela de ideas), mucho menos que actúa (épica o teatro). Y ese género se empieza a agotar con Joyce, Proust y Kafka que cada uno a su manera empiezan a desgastar la posibilidad de ese sujeto llevándolo a un extremo distinto (confusión, letargo, bloqueo) y tiene un agónico resurgir tras las guerras para dar cuenta de lo que pasó, intentar narrar otros mundos, dar cuenta, pero eso ya se ve que es demasiado producto, demasiado un gesto automático de nuestra cultura, pero no adaptado a su tiempo (Nabokov, Márquez, Kawabata, Achebe, Kundera), demasiado querer ser lo que se fue, y se vuelve a agotar ya definitivamente con la posmodernidad y la experimentación setentera que le infecta de ensayo, crónica, vida, teoría, diario (Plath, Pynchon, Bernhard, Perec, Calvino, Magris, Calaso, DFW…).


Algo así pensaba para la charla con Murad Konings. Si su novela tiene un valor es precisamente porque rescata ciertos usos de la novela absolutamente demodé y puestos en juego hoy producen un extrañamiento sugerente y reflexivo. Pero no voy a creer que sigue viva la tragedia clásica porque Gopegui use un coro griego en Lo real.


Martín Caparrós ahora que está mayor y enfermo se está poniendo tierno, con lo ácido y altanero y gracioso que ha sido siempre. Sigue gracioso y altanero, pero está cursi. Y está bien eso. Y dice que en un tiempo Respiración artificial y Ricardo Piglia fue la Argentina entera para él. Estaba exiliado en Francia, en su país estaban chupando gente y no quería saber nada más de su pútrida patria. Olvidarla para siempre, no ser argentino y no volver más. Pero su mamá por algún deseo nacional-sentimental le seguía enviando cosas para mantenerlo atado. Y cuando leyó Respiración dijo: bueno, no va a ser tan fácil quitarme ese país de mierda de encima, realmente sigo atado, si en mi país todavía alguien puede escribir algo como esto y pensar así y crear esta máquina algo de la Argentina sigue siendo para mí y mío.


¿Qué podría ser así para mí de España? ¿Qué cosa, texto, escritor, tradición podría generar en mí eso si yo estuviera en la situación cada vez menos improbable de encontrarme exiliado de mi país donde los fascistas están destruyendo todo y la inmundicia de nuestra cultura se ha impuesto como el más terrible gobierno de nuestro carácter? ¿Qué de España en un texto podría encontrar yo que dijera: no voy a poder sacarme esto de encima tan fácil?


“Vemos diferencias, advertimos direcciones, y sabemos que el bien está aún más allá, en algún lugar. El yo, el lugar en que vivimos, es un espacio de ilusión, el bien está relacionado con el esfuerzo por ver el no-yo, por ver y responder al mundo real a la luz de la conciencia. Este es el significado no metafísico de la idea de la trascendencia que los filósofos han remitido sin cesar en sus explicaciones del bien. Que el bien es una realidad trascendente significa que la virtud es un intento por rasgar el velo de la conciencia egoísta y unirse al mundo tal como es”, La soberanía del bien, Iris Murdoch.


Igualmente, aunque muy sugestivo, ese realismo moral de Murdoch, esa correlación platónica entre bien-real, esa ruptura con los velos del yo que nos permitan acceder a lo real como un camino de virtud a lo bueno en sí y no para sí, el debate sigue abierto: ¿qué sería lo real? Cada bando podrá definirlo a la medida de su deseo moral, de su ideología, de sus debilidades. Y eso es un problema.


Quizá el concepto de “atención” que propone Murdoch y que rescata de Simone Weil sí sería una salida a esa gratuidad de las interpretaciones de cada quién, de cada ideología, de cada moral. Una atención que nos obligara a ver de verdad y según la cual, si tenemos fe en la realidad, encontraríamos una realidad, veríamos que las cosas no son reversibles, que el bien no puede ser lo que queramos, sino que hay un bien y está en la realidad y no en otra parte. Solo debemos concentrarnos para verlo y comprenderlo. Podría ser una salida, pero esa salida es hacia fuera no hacia dentro, y ya sabemos Simone Weil no escribió novelas.


Es por eso que la novela no vale para el distanciamiento crítico. La novela necesariamente es un adentramiento subjetivo y emocional. Por eso no le sirve a Benet para entender la guerra, pura acción. Ni a Brecht para denunciar la política y las condiciones materiales, pura materialidad y tensión política colectiva.


Las novelas de Brecht apenas son novelas y apenas se pueden leer porque la frialdad es tan fuerte y la imposibilidad de entrar a los personajes tan dura que no se produce el efecto emotivo de vínculo que se produce en la novela burguesa convencional. Por eso a mí me gustan tanto, pero es verdad que son de cartón piedra. Son pura sátira, puros muñecos de cartón, como marionetas carnavalescas que permiten ver los hilos sin vínculo emotivo sus vidas funcionando como máquinas y poder juzgar críticamente la máquina y a quien la dirige y el dueño de la máquina y sus intereses económicos y personales y todo. Pero en el teatro, arte literario de la acción por excelencia, el efecto del distanciamiento brechtiano tuvo su fuerza mayor, lógicamente. Ahí viendo actuar y viendo los actos de las gentes podemos entender críticamente, no por identificación emotiva sino por juicio racional de actos concretos visibles y no divagaciones subjetivas interiores. Pero igual estaría bien volver a las novelas de Brecht, otro lugar de la muerte de la novela evidente en esa época que la novela murió, entreguerras. Grandiosos textos sin subjetividad psicológica, solo maquinaria crítica, texto piedra. Geniales.


No hace falta leer o escuchar medios disidentes o alternativos para saber lo que nos oculta el poder. Basta con leer (sea escrito o escuchado, leer es desentramar, desactivar, reconfigurar) con atención los medios hegemónicos donde ya sabemos que el poder opera y dirige, para ver en ese entramado, hacia donde pretende el poder mover las piezas, qué está queriendo ocultar, qué relato construye y qué elementos faltan.


Basta con escuchar a un periodista tan mediocre y obediente como José Luis Sastre, lleno de lugares comunes y maniqueísmos, cargado de frases buenistas que sin darse cuenta repercuten la estructura mental del tradicionalismo reaccionario pero con un rebranding socialdemócrata, para entender qué enfoque, palabras clave, conexiones causales, críticas de ida y vuelta, retórica anti- para descubrir de qué es pro-. Menos mal que está Miguel Maldonado para dar la contraparte y el poshumor y todo eso. Pero aún así a veces…


Esta es otra cosa que nos enseñó la tradición argentina. Rodolfo Walsh, inventor de la novela de no ficción o nuevo periodismo (antes de Capote), con Operación Masacre, militante y guerrillero contra la dictadura militar argentina que escribió la “Carta abierta a la junta militar” para desencadenar su inevitable asesinato político, ya hacía así. Para saber qué ocurría y retransmitir desde la resistencia leía en los periódicos oficiales qué faltaba. Buscaba a los desaparecidos no fuera sino adentro del discurso oficial. Y allí los encontraba y encontró en su literatura algo que nadie más supo ver ni pudo decir. Pues él veía esos silencios y era dueño de sus palabras.


Esto es extrapolable para rebatir la idea generalizada de que el verdadero secreto está en un sitio concreto y que si no vas ahí y lo ves no puedes enterarte; y que si vas ya está, sabrás la verdad secreta y no hay más. No. El verdadero secreto es una mirada sobre las cosas, es una forma de mirar que permite ver lo que no está a la vista, encontrar las palabras para nombrar algo que no éramos capaces de nombrar antes. No es encontrar lo escondido, sino ver lo visible, verlo de verdad y encontrar las palabras verdaderas para nombrarlo y que entonces puedan verlo ya todos. Esas palabras que estaban calladas o silenciadas. Las palabras más sencillas son las más complicadas de encontrar.


Qué palabras necesitamos hoy para poder decir lo innombrable, lo que el poder no solo calla sino silencia, no reprimiendo o prohibiendo decir nada, sino instalando un discurso, un relato, donde decir ese silencio sería un imposible, un delito, un ataque al bien establecido. Cuál es ese bien establecido, qué palabras impone y cuáles nos prohíbe desde el bien de su discurso y no la prohibición del nuestro, creo que son las preguntas pertinentes para descubrir nuestros desaparecidos. Porque el poder siempre silencia, y desaparecidos siempre hay.


Qué frases nuevas necesitamos y, sobre todo, ¿seremos capaces de escribirlas?


Porque siempre hay un discurso que dice que por un bien mayor esas frases deben ser calladas. Y el modo en que se acallen no es lo más importante. Lo importante es el silencio obligatorio y quién alzará la voz.


El poder siempre parece nuevo y se presenta como necesario y superación de todos los males previos. Siempre es la primera vez en la historia, siempre hay que denunciarlo por primera vez.


“Las manifestaciones infractoras de toda regla y francamente blasfemas sobre historia y política, que tanto los personajes de Bernhard como el propio Bernhard hacen una y otra vez, no corresponden, irritantemente, ni al modelo de la crítica comprometida ni a ninguna idea de distanciamiento artístico. Por eso, la denuncia universal tan característica en Bernhard de todo fenómeno político y social parece en principio sencillamente un escándalo, ante el que los conservadores y progresistas decididos reaccionan del mismo modo con irritación.” (Sebald sobre Bernhard en Ensayos: Pútrida patria, p. 61).


“...la incapacidad para una existencia política tiene en Austria, como es sabido, una larga tradición”. (Sebald sobre Bernhard, Ensayos: Pútrida patria, p. 62). En España igual, con el fanatismo sacerdotal, el unitarismo acrítico parroquial y el espíritu inquisitorial persecutor del disidente, patente en ambos sectores sociales en cada oportunidad que han tenido cada uno de ocupar el poder. Que la tradición de un lado haya sido de derrota no significa que haya sido de virtud. Sí es cierto que humaniza y legitima la derrota las flaquezas, pero no las hace buenas o un modelo a seguir.


La Historia de España y Austria sigue mucho más conectada de lo que podemos ya recordar.


Hay en la novela Trastorno de Bernhard y en la lectura que hace Sebald de la relación entre padre e hijo acerca del castillo y las tierras aristocráticas, siendo el padre un ultraconservador feudalista anti Estado y el hijo un recién fanatizado anarquista anti Estado, que circunda alrededor del odio, la tradición y la política, y tiene una lectura en la clave del rentismo que sufre nuestra ciudad y nuestro país hoy, y de la feudalización digital del mundo de la que tanto se habla en los últimos años, pero esa lectura y esa conexión entre Bernhard, la lectura de Sebald en el 85 y el presente yo no la sé hacer. Referencia páginas 63-64 del libro recién editado por Anagrama bajo el título Ensayos, de Sebald.


Brillante, por otro lado, el libro, y muy difícil de seguir. Poner la cabeza a trabajar de verdad, pero yo ahora entre primera evaluación, primeros exámenes a corregir, Daniela, y tres textos en la cabeza que tengo que entregar a diferentes editores, más dos o tres actos literarios que pensar, tengo el cerebro frito. Y eso que me he quitado Instagram del móvil. La vida del escritor profesional es ridícula y atonta, espero no terminar de ser profesional nunca.


“Desde esa perspectiva, desaparece la diferencia entre el feudalismo ultrarreaccionario y el experimento libertario socialista-anarquista, lo que hace también que la cuestión de la posición política de Bernhard solo pueda plantearse y responderse relativamente”. (Sebald sobre Bernhard en Ensayos: Pútrida patria, p. 65).


En Bernhard, como en Borges, como en Céline, no hay diferencia, ellos solo ven la identidad entre opuestos que el resto vemos muy distintos y en realidad son equivalentes en su antinomia, y esta forma de mirar, criticar y entender es muy poderosa y muy peligrosa.


La salida de Bernhard será la sátira carnavalesca, la carcajada que liquida el proyecto emancipatorio revolucionario, pero también la perpetuación de bienes y valores conservadores. No se puede decir tan a la ligera que el pesimismo satírico y la burla al mundo es un nihilismo reaccionario. El reaccionario cree en algo, el sátiro sabe que su vergüenza es la primera culpa y la primera burla, y mostrando su vergüenza y su culpa, desnuda a aquellos que se creen muy bien vestidos o que fingen ser pulcros, de un lado y de otro. Sé que en ocasiones esa equivalencia entre opuestos es peligrosa y cínica, pero también sé que los buenistas son monolíticos y nunca es momento para la crítica. Ahora porque estamos en campaña y hay que ir unidos, antes porque estábamos gobernando y es momento de construir, cuando perdamos porque contra el poder opresor todos juntos. Y así y así vamos acumulando mierda y la crítica interna siempre recibirá su correspondiente purga stalinista, ya sea moral, material o en Instagram.


“Lo excesivo interrumpe el silencio absoluto en el que solo sería posible educar el oído. Además, el precio del aumento de la sensibilidad es la creciente dificultad para articular”. (Sebald sobre Bernhard en Ensayos: Pútrida patria, p. 67).


Cuanto más entiendo más me cuesta expresarlo. Hay algo de la política que creo haber comprendido pero no puedo poner en palabras, y por tanto comunicar. Y eso que no puedo comunicar es lo que se me hace ahora más obvio y lo que más me importaría poder compartir. Lo que se comprende se pierde a la vez.


13/10/2026

Igual paro aquí. He vuelto de pasar el puente en Dublín. Bonito viaje. Entre medias las coaliciones y descoaliciones de las izquierdas. La izquierda haciendo de izquierda. El ridículo. Rufián, egoísta inteligente, como siempre demostró. Las imágenes del 12 de octubre, chavales de 15 años sedientos de venganza ¿de qué?, el huevo de la serpiente que nosotros hemos incubado, ¿pero cuándo?, ¿y cómo? Hay una confusión fuerte entre quienes creen que es culpa de padres fascistas, o padres desentendidos; son padres preocupados y buenistas, como nosotros. Yo les conozco, tengo tutorías con ellos, son idiotas y egoístas, como todos, pero no fascistas. Y sus hijos sí. Algo hemos hecho mal, la izquierda digo, y ahora vienen elecciones y pretendemos seguir haciendo lo mismo. No va bien esto, y va a ir peor. Y es culpa nuestra.


Pero yo ya no puedo pensar más. Iba a seguir todo este diario de corrido, cortando cada último martes de mes para editarlo y publicarlo, pero creo que prefiero cerrar aquí, me falta aliento, leerlo, pensar y ya si eso empiezo el de noviembre con este atado.


El 12 de octubre, ayer, es mi cumpleaños. Día complicado para cumplir. De nuevo el don de la inoportunidad. Antes me hacía el chiste privado de responder al lema “Nada que celebrar” con “joder, mi cumple”. Ahora esos chistes son más peliagudos. Con razón. Pero yo creo que está bien hacerlo igual. Hay que hacer chistes, ¿no? Con las cosas serias especialmente.


Me iba a llevar a Dublín Malas lenguas de Pauls pero el día de antes le di un apretón y fue realmente difícil avanzar. Es un texto casi manierista, no digo que el libro no se redima más adelante porque lo he abandonado a las 50-60 páginas, pero realmente es un típico ejemplo de virtuosismo de gran autor en su estilo tardío, algo reumático ya, algo huele a cerrado. Si lo hubiera acabado diría que es un libro malo. Ahora, su frase sigue siendo adictiva y a mí me seduce. No para acabármelo, pero me seduce igual. Al menos no es el estilo tardío infecto e inmoral de otros patriarcas latinoamericanos (véase Llosa, Márquez).


Iba a llevarme a Dublín El arqueólogo de Aira o Bue de Caparrós, para cerrar mi ciclo de libros argentinos de este año. Pero no. Decidí descansar.


Me llevé los ensayos de Kovacsics, el poemario de Pepe Pulido, Del natural de Sebald, Los cuadernos de Fritz de Walser (espectacular, muy importante para mis reflexiones sobre educación en Bello como una escuela en llamas), unas comedias de Beckett, y, principal: Meridiano de sangre, de McCarthy, tan de moda, con tanta razón, tan violenta, tan buena. Cuánto me cuesta ya leer novela, debería estar leyéndola ahora en vez de escribir esto. Este era mi rato de lectura por ocio y no trabajar. En fin. Cuánto me cuesta leer novela ya. Espero terminarla, creo que es de verdad un libro importante ahora. A veces la moda tiene razón.


Allí he comprado un poemario de Seamous Heaney y las cartas de Beckett que no existen en español.


Creo que dejo aquí este arreón. Me ha gustado pero yo solo funciono a tirones, y este de literatura argentina reciente se me ha agotado. Quizá siga con Saer, Chejfec, Walsh, Aira… Quizá no.


Necesito parar, leerlo, ver si sirve de algo, qué sirve y qué no, y ya si eso, con el texto cerrado y mandado a Fer, empezar el del siguiente mes. A mí me funciona así.


Pero me ha gustado. Creo que seguiré con esto del diario.


Al final no leí Emma, la cautiva, como siempre.

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