Libros

El Silk Road, Angélica Liddell (Malas Tierras, 2026)

¿Por qué la Gran Papesa claudicó, por qué al final se plegó a los códigos y exigencias del sistema?

29 de septiembre 2026


“una suciedad que no repele sino que embelesa”

El Silk Road, Angélica Liddell

Primera página. El estilo de Liddell pero contenido. Su prosa pero domesticada, sin molestar a nadie. Su toque ordinario perfectamente controlado. No como antes, antes era puro descontrol, Liddell no sabía lo que hacía. Ahora sí. Al menos sabe lo que quiere, lo intenta. Intenta ordenarse para intentar una novela. No seguiré leyendo.

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En la tercera página (p. 12 según el paginado del libro) explica qué es el Silk Road, el bar protagonista del libro, explica explícitamente qué quiere que sea. Ese espacio, ese umbral, dice. Y su simbología y lo que representa. Y claro, eso, esa hiperexplicación en un diario vomitado sin forma ni género como la Trilogía del luto, y sin control pero con violencia, en un texto que no sabemos ni cómo leer y así nos obliga a leer de una forma nueva, pues tiene un valor. En una novela es un error de principiante y rompe toda la magia. La legislación interna del texto. Cada libro reclama para sí el código con que ser juzgado. Y claro, el problema es que Angélica Liddell ahora quiere escribir novelas (y poemarios, al parecer). No seguiré leyendo.

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En la p. 20 mete como quien no quiere la cosa, en medio del párrafo en cursiva, “y ahora yo estoy aquí, la gaijin”, para que sepamos que la parte en cursiva es la protagonista hablando en primera y el resto de texto la voz narrativa. No seguiré leyendo. Ya no más.

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Angélica Liddell ha querido escribir una novela. Novela, novela. Que se entienda y se lea como novela; que se venda como novela, su primera novela. Lo cual supone un fracaso y un cierre a su inmenso proyecto literario degenerado, desagradable e indómito. Firma aquí un acta de defunción de algo que ya olía pútrido en los cuentos anteriores. No es para tanto, todo gran escritor si vive lo suficiente, en un momento dado empieza a escribir peor. Lo que ha dado ya Angélica Liddell es suficiente para situarla junto a Valle Inclán. Queda solo cicatrizar una puñalada ácida y venenosa: ¿Por qué la Gran Papesa claudicó, por qué al final se plegó a los códigos y exigencias del sistema? ¿Solo por triunfar, en serio? Quizá haya motivos razonables que no tenemos por qué saber. En todo caso, duele verlo.

Aquí, en este texto, sus bestias inmundas están domesticadas, sus insultos repugnantes están, pero están dichos de buenas maneras, en una novela, ponderados, para que se digiera bien.

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Sé que mi opinión como mera opinión no tiene interés ni relevancia, pero a mí sí me importa dejar claro que Malas Tierras es una editorial que admiro y respeto, y no creo que sean culpables ni artífices de este giro, igual que admiro y respeto La uÑa RoTa y no creo que sean culpables de la salida de la autora. Ambas editoriales son ejemplos de independencia y radicalidad que luchan, en contra en la medida de lo posible, de las exigencias del mercado y con una idea clara y fuerte de la literatura, cada una la suya. Lo he repetido por escrito varias veces y solo el hecho de haber publicado ambas a Liddell me parece representativo de sus poéticas arriesgadas y exigentes, y justifica mi admiración y la de tantos.

En cambio, sí hay una diferencia notable entre ambas, que como mera diferencia no es mejor ni peor una opción que la otra, pero sí las distingue notablemente y creo que viene al caso.

Mientras que La uÑa se ha constituido como una editorial al margen de los géneros convencionales, en búsqueda constante de la forma más libre e idiosincrática en cada caso, haciendo de cada texto un libro propio y autosuficiente en sus lógicas internas, sin catalogaciones o etiquetas de mercado, Malas Tierras tiene por contra una muy marcada línea de novela y relato, incluso dando cabida en su catálogo a textos que leídos de otra forma sería difícil catalogar, al entrar en su colección le otorgan un código de lectura y con ellos la propia editorial tensiona y amplía los límites de lo que entendemos por narrativa.

Es este y no otro el motivo por el que yo entiendo (puedo equivocarme) que Liddell ha entendido en este momento de su carrera que una editorial va a ser más eficiente a unos fines de llegada al público y venta de ejemplares que desde el año pasado parecen venir marcando su escritura y la construcción de su obra tardía. La salida también de su poesía en este caso a La Bella Varsovia, como ha sido anunciado recientemente, creo refuerza mi intuición.

Esta decisión (que yo presumo) y no otra cosa es lo que lamento en esta crítica. Me llevaría un espacio excesivo justificar en el libro de la Liddell y comparar con otros anteriores qué recursos, gestos y soluciones aquí resultan ventajistas e interesadas mientras que antes eran arriesgadas y salvajes. Creo que quien lo lea y haya leído antes a esta autora identificará la diferencia, aunque sea sonora y de olor, rápidamente.

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Y quien empiece a leer el libro, sobre todo quien llegue a la segunda parte, dirán, ¿cómo que una novela, si esto es una masa informe de prosa, vísceras, ensayo, dolor, lírica, sentencia, violencia, panfleto político y todo lo demás? Efectivamente. Entonces ¿para qué mierdas escribe una novela?

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Obviamente que he seguido leyendo, hasta el final y muy atento, porque Liddell es una de las grandes escritoras de la literatura y su peor libro (que no sé si es este porque no he leído todos) es muy bueno, gran literatura, eso es una obviedad. Pero igual que El hacedor es un buen libro, pero la verdad, no es lo mismo que Ficciones, no vale lo mismo, no se puede comparar. Y no ser lo mismo en este caso creo que es lo que quería la autora porque lo que quiere es otra cosa, y esa otra cosa creo que la va a conseguir, y lo comprobaremos en unos días si sale una entrevista en El País o una reseña en El Cultural o hace una presentación en La Alberti o cosas así (que antes no le pasaban a esta autora porque nadie la quería acoger). Y bueno entonces podremos firmar el acta de defunción de la Liddell si a la Liddell la acoge con los brazos abiertos la cultura oficial.

Ya está, podemos empezar a consagrar a Liddell, que es lo que llevamos haciendo un año, porque Liddell ha muerto. Y solo a los muertos debemos adorar.

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Por otro lado es un ejemplo perfecto de la literatura fragmento y quizá el mejor libro español en lo que va de año porque Liddell sigue siendo la gran escritora de este país viva, por mucho que ya esté pensando en otras cosas y haya cerrado su gran ciclo de textos.

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Igual. Nadie es capaz creo que en el mundo de escribir el horror como ella. Propongo las páginas 168-169 como prueba. Y el horror es el centro de nuestra existencia y conjura la escritura sagrada.

Pero en este libro ese horror está ponderado, está modulado. Llega, pero llevas ya casi doscientas páginas preparándote, entrando poco a poco en la atmósfera. Te vas adaptando y cuando llega es eficiente y soportable. Supongo que eso es escribir bien. Yo prefiero lo de antes, cuando la Liddell escribía fatal y a lo bestia desde la primera página que querías tirarle el libro a la cara y gritarle de miedo y tristeza.

Y cuando no controla, cuando deja salir como antes, a partir de la página 170 o 180, ya está la víscera y el vómito, y ahora, ¿dónde está la novela? ¿No era esto una novela? ¿O era un marco de novela, un envoltorio de novela, para empaquetar la bilis de siempre, que está muy bien, pero no es novela?

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El capítulo central, el último de la primera parte, en el medio exacto del libro, el único que tiene 30 páginas en vez de 3 páginas, ese capítulo es una de las grandes partes de la obra completa de Angélica Liddell, repleta por otro lado de grandes partes, ¿en qué se diferencia de cualquier otra página de Angélica, qué tiene esto de novela o conexión con los supuestos personajes, trama, ambiente, acción de esta “novela”?

Estas páginas son uno de los discursos exaltados típicos de la Liddell que hablan a un siglo entero y a la humanidad con la persuasión que ningún escritor europeo hoy es capaz, ¿dónde está la gaijin, Asakusa barrio rojo de Tokio, el señor de la cara blanca? ¿En la página 232, en serio? No, eso no vale.

No soy un gran defensor de las convenciones, formas cerradas, normas prescritas para la literatura; pero tampoco de aceptar la mercadotecnia como renovación formal, o el truco comercial como recurso literario. Esto no es una novela, está genial, pero no nos pongan la etiqueta para que se entienda (venda), no pases por el aro del warning y el etiquetado que aquí denuncias, Liddell, tú no.

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Aunque quizá el centro de la conversación está en que en el centro de la obra de Liddell está la frase: “Matar por amor nunca puede ser un crimen” (p. 314). En el centro de lo sagrado el sacrificio, el cordero degollado, la sangre derramada. Y el centro de la reflexión debería ser por qué con esa frase en el centro de su obra la Liddell fue expulsada de la República hace veinte años como una apestada, una leprosa, una enferma que podía contagiarnos a todos; y por qué con esa misma frase en el centro hoy la República recibe a la apestada andrajosa como la reina de su cultura; y por qué algo de esa frase idéntica ha cambiado, algo ha perdido, si antes era un delito repugnante y hoy una obra lírica; y por qué le debemos tanto a ella y a que nos hiciera entender esa frase y la dijera cuando no podía decirse y nadie entendía nada y por qué hoy ya no tiene nada más para decirnos si solo tiene esa frase que ya dijo hace veinte años cuando de verdad significaba algo.

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También que el Epílogo, las últimas 100 páginas, su libro de la almohada con 1500 sentencias de cosas sencillas que podrían hacerle creer en la felicidad para leer una al año durante 1500 años, es decir, un texto que dura 1500 años, es quizá el mejor poemario de este año, un libro en sí mismo de una calidad tan superior a la media.



“todo es bello a condición de que pueda ser destruido”

El Silk Road, Angélica Liddell

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