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Diario político 3

En España, cuando te encuentras una tremenda mierda, la siguiente suele ser aún peor.

3 de noviembre 2026 · 1 comentario


27/10/2026

Esto no es una noticia sino la construcción de un relato, que intenta demonizar a unos y romantizar a otros, con medias verdades y frases valorativas como “subirse al carro” o “no es otro caso Maricarmen”. Esto no es información, es una estrategia.

Si un negocio que vende bien no se puede sostener únicamente por el precio del alquiler no es subirse al carro, es presión inmobiliaria.

Si las dueñas del local no están dispuesta a atender ninguna de las propuestas para salvar la librería no es memoria familiar, es rentismo.

El caso es simple: gente que hereda inmuebles y saca una renta de ellos y encima se victimizan intentando convertir a los afectados en culpables (qué curioso, igual que el caso Maricarmen).

Lara Alonso publica en Instagram el entrecomillado más flagrante del artículo:

“¿A quién pertenece ahora? ¿A la mujer de 72 años que no quiere perder su legado familiar y lo cedió en alquiler, o al hombre de 27 que, después de cuatro años detrás del mostrador, la registró como suya?”.

La tergiversación de los hechos a través de una construcción de perfiles antagónicos (ancianita desamparada o joven depredador), un maltrato del periodismo flagrante (la pregunta retórica capciosa para inducir al lector a una opinión y no otra), una confusión voluntaria de un hecho contractual (si se hizo un traspaso del negocio saca de toda duda la titularidad actual del negocio, no cabe poner en duda una realidad jurídica), un subrayado de unos hechos sin explicar y ocultando otros (cuando se puso a la venta el negocio era ya una papelería de barrio antigua y olvidada, sin valor ni económico ni parece emocional porque se iba a convertir en una peluquería) y podríamos seguir.


Lara Alonso denuncia el pasaje con la siguiente reflexión:

“Lo que está haciendo aquí El País es tan obvio que casi es infectivo. Y de paso borramos a cualquier mujer involucrada en el éxito de Pérgamo y le damos todo el crédito a un hombre para que encaje en esta narrativa. La instrumentalización del feminismo en el sentido más superficial y vaciado de impulso político (y que eso, es muy feminista fingir que nadie más trabajaba en la librería)”.

Hablo por la noche con un poeta que publica regularmente en El País y me dice: El País tiene un libro de estilo muy gordo donde prohíben las preguntas retóricas, confundir información con opinión o sesgar al lector hacia una interpretación de los hechos, ¿por qué publican esto, tan mal escrito y tan poco imparcial? ¿Cuál es el interés o en qué dirección apunta este panfleto?

Tengo mis opiniones pero prefiero reservármelas. Me falta información para sentenciar, tengo mi ideología y también relleno mi discurso con deseo cuando me faltan datos. Pero lo que sí tengo claro es que la intencionalidad de este artículo no es informativa, construye un perfil perverso que no es real.

Se pueden revisar las declaraciones de Pablo, ni una sola vez dijo ni insinuó que le subieran el alquiler. Jamás habló mal de sus caseras (y tenía motivos de sobra) sino del problema colectivo de modelo ciudad y de vivienda. Incluso añadió “no es mi caso” refiriéndose al caso Maricarmen. 


Como dijo Miguel Ángel Vázquez de la librería La Imprenta:

“Casi lo que más injusto me parece del artículo (que no pienso compartir) es que se diga de quien ha señalado desde hace años la cuestión de la presión inmobiliaria como gran problema de las propuestas culturales independientes, de quien ha dado la cara en este tema desde hace meses por todo su gremio (desaparecido en combate, por cierto), de quien ha pasado noches en Sol desde el primer día de acampada, que "se sube al carro de Maricarmen". Qué profundísima irresponsabilidad”

Yo no soy periodista, no pretendo aportar información, tampoco la tengo toda (aunque sí mucha que no se ha ocultado) y aun teniéndola no sería imparcial, es mi amigo y no tengo ninguna intención de ser imparcial.

Esto es solo un análisis del texto falaz, interesado y perverso publicado por El País y un intento de demostrar de qué forma está dibujando un perfil que responde a sus intereses, que rectifica su exceso de romanticismo de hace apenas días con esta noticia y, como siempre, ataca a los pequeños que en otro momento utilizó para seguir siendo el pez gordo.

Leo en otra story de Munir Hachemi (relacionando esta noticia con la de días antes, denunciando estar hecha con IA la novela ganadora del Premio Almadía):

“ah bueno que el país está en una cruzada por destruir cualquier empresa literaria que no pase por los grandes grupos, podían haber dicho eso y ya”.


Algo así.


29/10/2026

Ha habido un terrible accidente de tren, otra vez. Por ahora se habla de una decena de muertos. Ya hay gente echando culpas. Aún no han terminado de contar los muertos y la gente ya tiene claro lo que ha pasado.

Cuando se conoce una noticia de amplio alcance de cerca, se hace muy evidente que es imposible informarse. Lo que uno no conoce y no tiene a la mano es inaccesible más que en el circo de la información o los rasgos generales que permiten interpretar cualquier cosa.

He vivido el cierre de Pérgamo con la cercanía de la amistad y ahora un artículo torticero, mentiroso e interesado en el periódico más importante de España, El País, instala un relato y destroza una imagen personal de forma brutalmente eficiente. Si no conoces a nadie de los afectados y no eres un lector forense que se dedique a detectar falacias, formulaciones truchas que intentan condicionar al lector, preguntas retóricas y un uso engañoso de los datos, es un discurso muy convincente, parece que han destapado un engaño. Nada más lejos de la realidad. Aparte de la evidente campaña socialista de fondo contra la izquierda de Sol.

Recuerdo el accidente de tren en Santiago. Mi abuelo, geólogo de profesión ya retirado, proyectó esa vía concreta en su día y conocía los detalles del terreno, el trazado y los sistemas de seguridad vigentes y válidos, lo llamaron varias veces para explicar el asunto. Mi abuelo es la persona que más cosas sabe del mundo (no es una hipérbole), pero no el mejor comunicador. Mi mujer (novia entonces), Vir, era abogada del caso de los afectados por el accidente de cara al cálculo de las indemnizaciones del seguro. Seguí en directo esa noticia el día entero por la radio y seguí en directo el desarrollo del caso durante tres años. Hasta la sentencia, cuando ya no era noticia ni nadie atendía.

Nada más lejos que una noticia cuando se conoce la realidad de primera mano.

Me hace pensar en esto el accidente de hoy en Toledo. Otro más. Otra vez decenas de muertes. Otra vez el horror y el pánico de la noticia como espectáculo, el trauma como información, el escándalo como argumento político. Se tarda tanto en entender bien una realidad que tienes delante. En tan pocos minutos los periodistas y gente con una capacidad intelectual reducida como el futbolista Marcos Llorente sentencian, dictaminan, juzgan y exigen.


Yo también querría desahogarme aireando mis juicios rápidos y opiniones alquiladas para sustentar mis prejuicios ideológicos y respaldar mi visión del mundo.

Es agotador pensar. Es más agotador aún querer cambiar algo. Muchas veces en los últimos días y siempre, cuando te enfrentas a la realidad y las noticias y la verdadera posibilidad de cambio, parece más bien que no tiene mucho sentido intentarlo. Que no se puede y no merece la pena el cansancio.

Me hace pensar en otra idea que me ronda hace tiempo. La política, igual que la moral, solo se puede hacer con lo que se tiene a la mano. Si yo soy profesor de instituto en la Comunidad de Madrid, puedo trabajar en la transformación de la realidad de las aulas en mi día a día y de las leyes e instituciones si estoy dispuesto a dedicar el tiempo necesario, puedo hacer la huelga e intentar trabajar con mis compañeros en cuáles son los verdaderos objetivos y nuestra responsabilidad y posibilidad de acción en nuestras aulas en todo esto. Poco más. Si conozco la literatura y el sistema literario, puedo trabajar políticamente ahí. Si me implico en mi barrio, ayudar a ciertas vidas concretas en la asociación que da asistencia educativa y de entretenimiento a menores de familias sin recursos o riesgo de exclusión que encuentran ahí un espacio de trabajo, de ocio y de socialización sustentado por voluntarios. Ahí acaba mi política de acción y mi posibilidad de transformación. De lo que puedo hablar y pensar.

Esto no implica la guetificación de la moral. Pero si quiero transformar realidades lejanas, me tengo que ir lejos a transformarlas, para que se vuelvan cercanas, para conocerlas de forma directa y el cambio esté a la mano. Aunque incluso tan cerca sea muchas veces casi imposible cambiar nada. Pero solo ahí la política y la moral se vuelven materiales y abandonan la metafísica espiritista del discurso político, las redes sociales o los principios morales.

La acción sobre la materia que se conoce, con la que se trabaja en el día y se tiene delante. Nada más me interesa, no creo que se pueda otra cosa.

El mundo hiperconectado y globalizado nos confunde y nos obliga falsamente a la utopía de la empatía universal y la transformación global. Eso solo ocurre en las stories y TikTok, y su transformación por tanto afectará solo a las stories y TikTok. No caigamos en el error de pensar que por verlo lo conocemos o por enterarnos de todo podemos comprender todo o debemos cambiar todo o entendemos algo. No.

La empatía universal consiste en que sea quien sea la persona que tengas delante sea parte de tu trabajo moral. Pero tiene que estar delante. La transformación global solo se ejecuta con cambios materiales y hace falta tener ahí las manos en el tuyo para hacer tu parte.

Quienes quieren arreglar el mundo ellos solos y tienen claras las soluciones suelen ser dictadores y genocidas. No por nada se llamó “la solución final”.


02/11/2026

Llevamos ya días con lo de la IA en la literatura, el premio Almadía y el futuro del espíritu y las letras. La verdad que no entiendo el debate. Estamos a un nivel de grandilocuencia, purismo y falsedad un poco vergonzoso. Una herramienta nueva disloca los límites previos (no tan bien trazados como fingimos ahora) entre cita y plagio, entre reescritura y engaño, entre investigación y robo. Que la máquina pueda hacerlo más rápido no significa que la trampa no se lleve haciendo desde siempre. Que lo haga más autónomamente solo facilita que cada vez más gente (con menos capacidad y conocimiento literario) pueda ejecutar la trampa. No veo la gravedad. Que me digan algunos que antes por lo menos intervenía un ser humano en el robo me parece de un humanismo adanista antimaquínico chunguísimo. (Incluso los más aceleracionistas tecnobros absolutamente cachondos con la IA-literaria y obsesionados con convencernos a todos de que la máquina es buena, elaboran una retórica de sus bondades siempre desde la idea de que hay una persona al mando, al servicio de nuestro bien y no nosotros de ellla, dirigida por una ética y razón humana, lo del buen uso y mal uso, lo de siempre vaya, quieren máquina pero convertida en herramienta al servicio del ser supremo: humano. Es decir, quieren la piedra filosofal, el santo grial, los anillos de Thanos, quieren ser más poderosos ellos. Rarísimo todo). Que me digan otros que no entienden cómo puede interesarle a alguien hacer esa trampa y perderse la maravilla del juego y la incertidumbre del acto de crear, la experiencia viva del hecho de escribir, me da la risa. Estamos aquí todos con la lengua fuera intentando ganar un premio, que nos den una beca, un pequeño reconocimiento, una gran traducción. Todos rajándonos a la espalda para ver quién es el nuevo juguetito de Anagrama, cara bonita de Alfaguara, voz salvaje de Random, y ¿me decís de verdad que no entendéis por qué lo usa quien lo usa? ¿No se os ocurre el motivo? ¿No habita en vuestro interior el mismo anhelo ciego y desesperado y egocéntrico que ha hecho a estos dos sujetos en Francia y España caer en la tentación, morder la manzana, aceptar el pacto fáustico? Que el señor haya hecho trampas (si las ha hecho) no implica que no pueda dedicar la tarde a emborronar poemas, pero con el premio bajo el brazo. Yo sí lo entiendo. Si yo no lo hago es porque soy más egocéntrico aún y mi anhelo está tan desbocado y es tan desquiciado que además del trofeo necesito sentir que soy yo el genio creador, poder creerme dios porque de verdad yo inventé ese mundo. Y porque la verdad no me creo que la máquina pueda escribir (al menos aún) una obra de valor. Y sinceramente para mí está ahí la pregunta que aún no he visto enunciada: ¿ha escrito la maquinita un buen texto? Y no me valen las típicas preguntas retóricas al aire como “¿qué es un buen texto?” o “¿a qué llamamos buena literatura?”, ya, sí, de acuerdo, lo que digan Mónica Ojeda, Cristina Rivera Garza y Salva Almada (juradas del premio) que para mí son grandes escritoras me vale como criterio suficiente de “buen texto”, estas señoras leen muy bien, saben mucho, tienen criterio político-literario-estilístico, y si a ellas se la han colado me parece que es pertinente pensar si no será el libro bueno, más allá de la reflexión posterior de qué medidas poner a esto (aunque sabemos que cabe una opción más fea y es que en los premios nadie lee nada, que es una pena pero sabemos que es verdad muchas veces). Por eso yo querría leer el texto y poder juzgarlo, lo cual me lleva a mi última sospecha. Creo que aunque me parezca genial seguirá sin interesarme, y entonces me doy cuenta que caigo en los tópicos cursis y románticos y humanistas del principio, es verdad que la pregunta (como me dijo este finde Paulina Flores) es no tanto “¿qué es buena literatura?”, sino “¿qué nos interesa de la literatura?” y puede que sea esa cojera del humano, esa falla de quien escribe, que alguien sufrió, vivió y gozó al otro lado, que el texto solo media entre humanos, que al final bueno y sí, somos humanistas porque somos nosotros los que nos entendemos y nos morimos y por eso nos interesa nuestra experiencia lingüística sobre la muerte que se llama literatura… no sé. Me estoy haciendo un lío. No me gustaría ser humanista. Pero sospecho. Me gustaría leer el texto, y me parece que a nadie (como siempre) le está importando el texto en este debate literario (como no importó en el juicio sumarísimo a Luisgé Martín, con lo fácil que habría sido decir lo mal escritor que es y lo poco productivo político-literario que seguramente era su texto; como nadie se ha puesto a estudiar todavía, que yo sepa, el antisemitismo o xenofobia o supremacismo en la grandísima obra literaria de Ariana Harwicz). No sé, ojalá alguna vez un debate literario tuviera que ver con lecturas y textos.


*

Hoy ya por la noche. Corrijo este texto para enviar a Fer y publicar mañana. Me encuentro en El Mundo otro artículo más sobre el cierre de Pérgamo, al parecer de hace días.

En España, cuando te encuentras una tremenda mierda, la siguiente suele ser aún peor. 

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