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Conversación con la oscuridad, Mariana Enríquez (Páginas de Espuma, 2026)
Disfruto mucho estos libros en los que los maestros nos describen la tramoya de sus historias
29 de octubre 2026
La semana pasada, ante el anuncio del cierre de la librería Pérgamo en Madrid —y sin saber el revuelo mediático que ello provocaría unos días después—, decidí acercarme a hacer lo mismo que hice cuando supe del cierre de otras librerías (Tipos Infames, Casamata): acercarme a comprar un libro por última vez. Me llevé Conversación con la oscuridad de Mariana Enríquez. La librera lo elogió: te llevas un librazo, dijo. Tenía razón. Así, y antes de que cierren las últimas librerías que con criterio y oficio disponen en la mesa de novedades títulos que consideran honestamente valiosos, hablemos de este ensayo de Enríquez.
Es como uno de esos libros en los que un mago revela sus trucos, y se entra en él con morbo, sin saber muy bien si está permitido. Conversación con la oscuridad —que lleva el subtítulo de teorías, intuiciones y escritura del miedo— se centra en lo que la autora, consagrada madre de la literatura contemporánea y en particular de la literatura de terror, considera las claves fundamentales para la elaboración de una buena historia terrorífica.
Al caldero, dice Enríquez, basta con echarle cinco ingredientes —que ella denomina vértebras— de buena calidad para lograr una sopa bien densa, bien oscura; una sopa de casquería y aprovechamiento: espacio, tiempo, subjetividad (u obsesión), cuerpo y (quizás el más importante de todos) trauma. Con estas cinco piezas se podría armar una buena historia de terror y pensé en detenerme en cada una de ellas pero ahora pienso que tal vez lo mejor sea que el lector las descubra por sí mismo. Se trata de una receta verdaderamente bien pensada, que un hábil cocinero —o hechicero, o brujo— puede combinar de forma muy satisfactoria.
Disfruto mucho estos libros en los que los maestros nos describen la tramoya de sus historias: se percibe la emoción por sus descubrimientos, el saber de quien ha dedicado horas a picar tecla. Recuerdo el valor que encontré en su día en las instrucciones de escritura de Stephen King —Mientras escribo— en las clases magistrales de Cortázar —Clases de literatura— o en la guía algo cursilona pero valiosísima de Vargas Llosa —Cartas a un joven novelista—. Las instrucciones de escritura son un género en sí mismo que todo aspirante a escritor haría bien en consultar, y ahora viene Enríquez y nos regala este texto prolijo —por minucioso como decimos aquí y no por aseado como dicen allá, aunque también— en referencias tanto literarias como cinematográficas, un banquete de títulos y también de técnicas.
Uno recuerda, cuando lee cómo pueden aprovecharse el lugar y el tiempo y el trauma para escribir algo de terror, sus primeras lecturas: las Pesadillas de RL Stine y luego los clásicos de Stephen King y después los cuentos de Lovecraft y por ahí todo seguido hasta llegar a la literatura canónicamente considerada como ambiciosa y entonces redescubre el gozo de la lectura por la lectura misma. Y piensa, tal vez, que una ventaja del terror es que puede conjugar la viabilidad comercial con la ambición artística y por eso tantos autores audaces empiezan por ahí, y se trata de un terreno tan fecundo que muchos de ellos deciden no abandonarlo y así tenemos tantos y tan buenos ejemplos de autores que con el miedo nos regalan cosas tan interesantes —pienso en Eggers y Aster en el cine, bien citados por la autora, o en Ojeda en la literatura, a quien también menciona—, porque como dice Enríquez el terror interesa porque con él se puede hablar de cualquier otra cosa.
Y entonces uno se pregunta, uno piensa: ¿Y por qué no escribir una novela de terror, si Mariana Enríquez ha destilado aquí las claves para hacerlo lo mejor posible?
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