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Una relectura de Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez
Lamentablemente no me acordaba de nada de lo que el 'Magistral' contenía. ¿De qué iba?
29 de agosto 2026
Hace unos días el imperial Jorge Burón escribió una reseña o comentario o más bien texto sobre Magistral, la curiosa novelita que publicó Rubén Martín Giráldez en 2016 para Jekyll & Jill. Yo, que no soy un gran lector, salté de mi asiento porque por una vez podía decir que sí, que yo estuve allí y que lo leí cuando salió, porque hubo una época en la que estaba atento a las novedades editoriales y hacía algo tan absurdo como bucear en las secciones culturales de los diarios digitales —tan poco importaban (e importan) los libros que para encontrar una reseña de una obra contemporánea escrita en castellano había que navegar durante cierto tiempo, identificar a ciertos reseñistas, hacer cierto trabajo— para buscar obras a las que hincar el diente y así poder enterarme de lo que estaban escribiendo los autores más o menos de mi generación, porque en 2016 yo empezaba a tener un interés serio en escribir y me daba cuenta de que mi falta de lecturas era clamorosa.
Tal vez por ello, cuando un artículo de Alberto Olmos me puso sobre aviso de la existencia de Magistral (avisando, además, que se trataba de una gran novela) me lancé a comprarlo y recuerdo que lo devoré con placer, que me deslicé por la divertidísima prosa de RMG como por un tobogán y que una vez terminado el libro lo dejé en su correspondiente espacio en mi estantería —entre Marsé y Martín-Santos— y me olvidé de él hasta que, diez años después, Burón decidió leerlo y dedicarle unas palabras. Pero es que no sólo Burón se decidió a comentarlo, sino que además hubo una réplica de Leo Espluga que ahondaba en el asunto de la primera fila de las letras. Por tanto, me alegró mucho ver cómo un libro en principio condenado al oscurantismo revivía diez años después para servir de chispa que alumbrase un debate literario.
Corrí a por mi ejemplar, pues tras la lectura de los dos textos que he referido descubrí con cierta tristeza que sí guardaba un recuerdo de gozo, de disfrute de la lectura de Magistral, pero que lamentablemente no me acordaba de nada de lo que el libro contenía. ¿De qué iba? De una especie de intento de traducción de Norteamericanas ilustres de Ben Marcus (imprescindible reseña del imprescindible José Sanz aquí); de un narrador que intentaba armar una novela sin novela; del uso de la palabra cacahué, robada de una tonadilla de un anuncio de Conguitos. Hojeé mi ejemplar y encontré que había subrayado un fragmento con un imperdonable Pilot negro, las líneas como cicatrices:
«Y, además, dirás tú, un razonamiento no puede ser una opereta, una voz no puede ser un personaje, y te diré yo: ¿habrá algo más pueril que necesitar un personaje a modo de pan para empujar la comida?»
¿Por qué me llamaría tanto la atención ese fragmento en 2016? Creo que entonces buscaba respuestas a la gran pregunta de cómo escribir una novela, porque se me había ocurrido una idea para una novela pero no tenía ni puta idea de cómo iba a ejecutarla y creía haber encontrado una clave en ese fragmento de Magistral, pero al final tiré por otro lado y lo que salió no tenía nada que ver con las finas ocurrencias de Giráldez.
Pero el embrujo de Giráldez fue más allá. Unos años después, en 2018, Jekyll & Jill publicó otro librito titulado Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos de Ben Marcus con unos pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez. En cuanto supe de su existencia (sería 2019, porque recuerdo haberlo leído en la cafetería del gimnasio que frecuentaba en 2019 y es muy curioso cómo uno puede olvidar el contenido de un libro pero no el lugar en el que lo ha leído) me hice con él y también lo olvidé tras su lectura pero la semana pasada, al verlo junto a mi ejemplar de Magistral me decidí a releerlo.
Lo que me encontré fue un debate más viejo que el mundo sobre la constante pugna entre la literatura experimental y la literatura convencional a raíz de un famoso artículo de Jonathan Franzen en el que se cagaba en la dificultad de Los Reconocimientos, el ochomil más famoso de William Gaddis, escritor del que disfruté enormemente Agapé se paga (probablemente porque era razonablemente breve) pero del que no he podido leer nada más porque sus mamotretos —incluidos sus Reconocimientos pero también su JR y no digamos ya Su pasatiempo favorito— se me caen de las manos, como casi toda esa novela posmoderna estadounidense que no soy capaz de masticar (exceptuando El rey pálido, cuyos protagonistas son inspectores de hacienda).
Pero no ser capaz de entenderlo o disfrutarlo no quiere decir que uno deba unirse a las huestes de Franzen y descartar los esfuerzos de los «experimentales» por no tener clemencia con el lector. Supuestamente, esto es. Porque lo que uno no es capaz de tragar otro lo devora como pipas peladas y quién es ese Franzen para decir las cosas que Ben Marcus dice que dice. Es este libro de Marcus y Giráldez verdaderamente divertido, porque no sólo tenemos al primero usando a Franzen —de quién no he leído nada y contra quien nada en su contra tengo pero es verdad que su pose resulta, así de primeras y tirando de mis más bajos prejuicios, estomagante— como puchimbol de una forma muy simpática sino que además tenemos los pinitos en pedantería de Giráldez con los que amplía el ya mencionado debate para dar nombres de los equivalentes a Franzen y Marcus en España, al menos en lo que respecta a posicionarse a favor o en contra de la novela realista. Aunque sólo sea para anotar un par de nombres y tirar por ahí para descubrir algo más, yo creo que vale bastante la pena.
Pero es que además la relectura de este librito me recordó algo que supe hace años pero que Burón y Espluga me recordaron y es que Rubén Martín Giráldez, nuestro Rubén Martín Giráldez, es un tesoro nacional.
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