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Las dos Españas: bañador o traje de baño
La idea de los trajebañistas es usar las palabras, como tantas otras cosas, para ponerse por encima de los demás.
26 de junio 2026 · 1 comentario
La idea de los trajebañistas es usar las palabras, como tantas otras cosas, para ponerse por encima de los demás.
Si uno estudia —es un decir— ciencias políticas aprenderá sobre la teoría de los clivajes (cleavages en inglés), que consiste en algo tan sencillo como que la población de cualquier territorio tiende a dividirse entre dos alternativas, y que esta dicotomía sirve para explicar multitud de fricciones políticas: la división izquierda-derecha, la tensión campo-ciudad, la lucha entre obreros y capitalistas… Algunos politólogos audaces han llegado a afirmar que incluso la composición del suelo puede dar pie a un clivaje de graves consecuencias, separando a la población en base a las posibilidades de la geología del terruño.
Un clivaje interesante en España es el que traza una mediana entre los que utilizan la palabra bañador y quienes se decantan por traje de baño para referirse al mismo tipo de prenda.
Ya en la universidad (donde aprendí lo de los clivajes) me di cuenta de que un tipo de persona —generalmente bien posicionada o con aspiraciones a— se refería a cualquier prenda apta para zambullirse en el agua como un traje de baño, independientemente de que ésta, tal y como indica la expresión, cubriese o no ambas partes del cuerpo (es decir, la inferior y la superior). Los defensores del traje de baño suelen esgrimir un poderoso argumento: bañador es el que baña. Sin embargo, el término más común en España para referirse hoy en día a la prenda usada para remojarse es bañador, por lo que aquí empieza el gran clivaje estival.
Si uno opta por decir que se va a poner el bañador y no el traje de baño está renunciando a una suerte de sofisticación, porque no sólo el traje de baño sería una opción más correcta —ya que “bañador es el que baña”— sino que además estaría renunciando a la posibilidad de vestirse con algo tan elegante como un traje.
Sin embargo, los defensores de la palabra bañador tienen un as no menos valioso: un traje debería cubrir ambas partes del cuerpo, y referirse al menos al actual bañador masculino como traje sería en el mejor de los casos un anacronismo; en el peor, una ridícula pretensión.
Recurriendo al árbitro —imperfecto, como todos— de la RAE, uno verá que, si bien la expresión traje de baño queda explicada con el vocablo bañador, este último no recoge la acepción relacionada con la indumentaria hasta la tercera (siendo la primera, sucintamente, “que baña”), dejando la controversia en tablas. No obstante, esa tercera acepción introduce un matiz, refiriéndose al bañador como una prenda “generalmente de una pieza”. Nuestros hermanos hispanoamericanos (este vocablo también daría pie a otro interesante clivaje) han resuelto el dilema con otras palabras: trusa, malla.
En el caso de las mujeres, traje de baño queda plenamente justificado: tanto el bikini como el bañador de una pieza —las prendas que usan mayoritariamente para bañarse en público— cubren ambas partes del cuerpo. Por tanto, no hay mucho que objetar. ¿Cómo llamamos, pues, al calzón que actualmente empleamos los hombres para remojarnos en mares, ríos y piscinas?
Si echamos la vista atrás, traje de baño estaba plenamente justificado: tanto hombres como mujeres nos cubríamos en otros tiempos y de forma igualitaria la parte superior y la inferior del cuerpo y ahí no había discusión, pero la manía (o privilegio, dirán algunes) de los hombres por bañarnos a torso desnudo hace que lo que llevamos no pueda ser calificado en rigor como traje.
Y aquí entra el componente distintivo o de clase o aspiracional: traje de baño suena mucho mejor que bañador, del mismo modo que unos castellanos color vino no son lo mismo que unos mocasines color pasa. De hecho, quienes se refieren escrupulosamente a la prenda de ponerse en remojo como traje de baño con independencia de que ésta cubra o no ambas partes del cuerpo dirán de quienes se pasean en público con bermudas que parece que van en bañador, pero nunca que parece que van en traje de baño.
La idea de los trajebañistas es usar las palabras, como tantas otras cosas, para ponerse por encima de los demás. Y ahí creo que ganan el partido los bañadoristas, porque bañador es un término popular, democrático y científico —al menos hasta que adoptemos trusa o malla, probablemente superiores—, pues no tiene intención alguna de trazar una línea entre unos y otros ya que se refiere simplemente a un calzón que tapa las vergüenzas cuando se lleva a cabo una actividad imprescindible para todos los mortales durante el verano: sofocar el calor.
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