Costumbres

No entender

Me doy cuenta de que no me sentía así desde que llegué a Argentina, hace como trece años.

6 de agosto 2026


Estoy en una charla con amigas nuevas. Son todas de acá y, además, todas se conocen. Se encuentran con otra gente: todos comparten un pasado, no sólo de referencias culturales, educación, contexto nacional, sino de amistad. Hablan y su charla oscila entre chistes sobre algo a lo que llaman “tv cinco”, palabras como “cañi”, “chungo”, más referencias a personajes de la cultura popular contemporánea, a la cultura reciente de internet. Cada tanto una de ellas tiene la amabilidad de detener la conversación y explicarme, pero todas notamos que eso toma mucho tiempo, que me hacen falta muchísimas horas de youtube, quizás un par de libros, quizás un par de meses para hablar con fluidez el idioma de la cotidianidad en un país nuevo. La conversación no puede detenerse por mí. No puede trabajarse con infinitos hipervínculos que se abren como pop ups de una historia que no solo no he visto, sino que no reconozco ni de refilón. De manera que sucede algo que los primeros minutos me frustra, pero después me fascina: adquiero un rol de observadora participante de la conversación de otros. A ver, yo estoy en esta cena, he sido invitada a ella, pero no se trata de mí. Es más, si fuera el centro de atención de este evento quizás al principio me halagaría, pero después de quince minutos sería invivible, intimidante y un poco humillante acaparar la palabra entera y sin interrupciones. No tengo tantas cosas interesantes para decir como para que merezcan un monólogo. Mi gracia, si la mido en términos objetivos, se luce mejor en meter comentarios ingeniosos en medio de las conversaciones de otros, que en este caso no puedo fabricar porque no entiendo. Los puentes entre ellas y nosotras están todos por construirse. Los puentes entre este país y yo, también. Esta clase de diálogo es un ida y vuelta que requiere generosidad, paciencia y curiosidad, pero que también encuentra baches como estos: no todo el tiempo una charla con nuevas amigas puede ser una clase sobre la vida que ha pasado durante los últimos veinte años. De manera que, después de una infantil desesperación por no poder entender, por no poder participar, por no poder ser graciosa y ocurrente con esta gente nueva, me acomodo en mi distancia de visitante, en mi calidad de observadora, y un fenómeno precioso sucede: lo disfruto. Disfruto el silencio y la escucha, y también la distracción. Adoro escuchar las voces, tratar de imaginar las referencias, tratar de capturar las palabras, entender un idioma y sin embargo desconocer de lo que habla. No poder conceptualizar cada mención, pero gozar de la musicalidad, de la imaginación. Las primeras veces, ante la primera ignorancia, sacaba el celular. Ahora no hago nada. Ahora observo. Ahora escucho. Ahora aprendo, y si no aprendo, contemplo. Me doy cuenta de que no me sentía así desde que llegué a Argentina, hace como trece años. Pero incluso la sensación es previa. No me sentía así desde que era una niña y tenía en mi vida, cargaba conmigo, muy cerca de mí, la curiosidad de vivir y descubrir un mundo nuevo. 

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