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Frenemies
No tiene sentido temer a las pasiones bajas y privarse de sentirlas.
17 de septiembre 2026
La conversación sucede en un bar. Hablamos, con colegas y amigos, del éxito de otros colegas y amigos. Nunca he sido muy asidua a entablar amistad con mis contemporáneos de oficio. Me he resistido por dos razones primordiales: la primera es que durante mis años en Argentina consolidé un grupo de amigas sólido y estanco, donde la mayoría eran abogadas, aunque había una socióloga y una antropóloga, y con él siempre sentí que mi cupo de amistad estaba cubierto. De más grande me hice íntima de personas de otras disciplinas porque así se nos dio la vida, como ya escribí en otro texto; me entrego a la amistad como quien se entrega a un amor nuevo, confiando en una química inexplicable que no suele estar atada a la charla sobre los temas laborales, sino más bien a curiosidades compartidas de la vida. La segunda razón, siempre más vergonzosa y por eso prácticamente inconfesable, es que soy insegura, tan insegura que me da miedo envidiar a personas que quiero. Siento una especie de terror de contaminar con la oscura brea de mi envidia a alguien que se ha hecho mi amiga.
Pero todo esto, como la mayoría de las cosas que suceden en esta columna, fue hasta Madrid. Acá llegué y fui recibida amorosamente por colegas, escritoras y escritores que me había encontrado en otros lugares y que, al saber que venía a instalarme, me ofrecieron su amistad con generosidad y amor. De manera que volvió el fantasma, la reflexión, la cuestión de los frenemies.
Volvamos a la conversación del bar. Estamos ahí, charlando de otra gente que en su mayoría desconozco. Entonces, alguien habla de un premio que ha ganado alguien que tampoco me he cruzado, y noto en un amigo cercano un gesto: una diminuta crispación en la ceja, un carraspear con la garganta. Le pregunto “¿Te cae mal?”, y me responde “En absoluto. Todo lo contrario. Talentosísimo, genial, genialísimo y brillante”. Y ahí estaba sobre la mesa, la condescendencia bella, graciosa y patética que sentimos por lo que únicamente puede llamarse frenemy. No soy fan de los anglicismos, pero hay que decir que los gringos tienen buenas y populares síntesis para situaciones muy específicas. Le cuento a mi amigo de lo que estoy hablando: un frenemy es alguien a quien aprecias, quieres, le deseas lo mejor, te cae bien incluso, pero hacen cosas demasiado parecidas, son demasiado contemporáneos y la competencia está demasiado latente. Quienes tenemos frenemys solemos ser confundidos con nuestro par, el resto de las personas tiende a encontrarnos similares y, por supuesto, padecemos en silencio, con la vergüenza de quien tiene un secreto oscuro, la íntima certeza de que ese éxito ajeno nos corresponde de alguna manera.
Durante mucho tiempo pensé que solo me pasaba a mí y que eso me hacía mala persona. Lo pensé a tal punto de procurar no establecer amistades cercanas a las que pudiera envidiar, pero como todo lo que nos pasa de jóvenes y creemos que es algo exclusivo de nosotros mismos, esa idea fue desterrada cuando descubrí que todo el mundo, desde los más altruistas, dulces, brillantes, generosos y bondadosos padecemos del mismo mal. Y es que no es nada extraño: desear el éxito cercano, el talento, el don de personas a las que conocemos me resulta más que natural, pero la envidia es una pasión baja que tiene muy mala prensa. Y el frenemy no es solo un sujeto de quien deseamos cosas; no es Salieri con Mozart o Agassi con Sampras, sino que es una persona por la que sentimos afecto y simpatía, lo que significa que estamos demasiado en contacto con la contradicción de nuestras emociones más humanas, con nuestra falibilidad más vergonzosa, con todo lo que quisiéramos esconder.
Recuerdo sentir un alivio tremendo cuando leí en Yoga que Carrère tenía una relación similar con Houellebecq. Allí cuenta (parafraseo de memoria) que siempre que le preguntan por un libro suyo, él responde que es genial, magnífico, increíble, incluso si no lo ha leído, y lo hace justamente porque teme que si dice lo contrario, la gente piense que lo envidia. Cosa que hace, acaba por confesar al final del párrafo.
Algo parecido ocurría también entre Joan Didion e Eve Babitz. La tensión entre el amor, la alegría por el triunfo de un otro y la envidia porque no te haya ocurrido a ti, hace un cóctel patético muy bello que ahora planeo portar con altura.
No tiene sentido temer a las pasiones bajas y privarse de sentirlas, incluso cuando nos suceden con personas a las que estamos queriendo. La vida, el afecto, la amistad, el oficio, la profesión y todas las acciones que implican vincularnos con otros están plagadas de eso: sentimientos no siempre tan buenos, no siempre tan luminosos, no siempre tan elogiosos, sentimientos que no hablan bien de nosotros, pero aquí es donde está lo que aprendí esa tarde en ese bar, leyendo el libro de Carrère y observando todas las complejas relaciones que podemos tener con gente a la que admiramos o que hace lo mismo que nosotros: le pasa a absolutamente todo el mundo. Y negarlo, decir que nunca has sentido algo así, no te va a hacer mejor.
Abraza a tu frenemy más cercano, que va a triunfar con o sin tu envidia y que le vas a querer de manera compleja, a veces oscura, la mayoría de las veces bella, aun si tratas de negarlo.
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