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Nombrar el fin del amor
¿Cuántos fines caben en una vida? Dejarlo, separarse, terminar.
20 de agosto 2026
No quiero que mis observaciones se limiten a meras curiosidades lingüísticas, pero no puedo evitarlo. Las particularidades de un acento son un hilo que jalo para pensar el presente. Para pensarme a mí también. Como soy nueva en un país, tengo que tratar de explicar mi vida previa haciendo una síntesis masomenos breve, lo más entretenida posible, en la que pueda narrar por qué estoy ahora acá. Ese ejercicio contiene un riesgo inevitable: la desafección de la historia propia. Y al narrarlos, una y otra vez, corrigiendo punch lines, puliendo remates, armando una narración ficticiamente ordenada con un principio, un nudo y un desenlace, la historia es cada vez menos mía y más de mis interlocutores. Yo ya no me pertenezco, pero todavía me duelo.
No vengo aquí a hablar de mí y al mismo tiempo es este momento de la vida en el que necesito de todas las reflexiones proyectadas en mi cuerpo como un prisma desde el que mirar al mundo. En una de esas charlas —hola, mi nombre es maría, ahora vamos a ser amigas, voy a hacer un crashcourse sobre mí y después tú me vas a contar los highlights de sus últimos 30 años—, me llamó la atención la forma de nombrar al fin del amor que tienen en España. Ellos, ellas, nosotros, todos: Lo han dejado. Lo hemos dejado. Pepito y Pepita lo han dejado. ¿Qué han dejado? El amor, supongo. ¿Se han alejado de esa fuerza corrosiva, adictiva y enriquecedora que es amar a alguien y han hecho lo suyo lejos de ese amor que los unía? O el amor ha terminado con ellos. ¿El amor es algo que uno se encuentra y tiene la suerte y la desgracia de consumir, o es algo que se construye entre dos? Desde esta perspectiva, el amor es más una fuerza preexistente que una ficción compartida. Esta imagen me genera fascinación. Pone al amor en un lugar inmutable, como si fuera un Dios griego. Algo que encuentra a los mortales, los transforma, los parte, y sigue esperando pasivamente a hacer lo propio con más gente; algo menos vulgar, menos terrenal, más celestial. ¿Qué dice eso de una manera Española de amar?
En Argentina, en cambio, la manera de nombrar el fin del amor siempre era “separarse”. Dramáticos como son mis amores, daba igual terminar un matrimonio de veinte años que una situationship de siete meses: todos, en ese caso, se habían separado. Y es justo decir, quizás porque la palabra es la misma o porque no había un lenguaje disponible para la jerarquización de los vínculos, que a todo se le daba masomenos la misma relevancia. Nadie te decía “bueno, quizás para tan poco tiempo no se justifica usar el separarnos”. En cambio, como buenos amigos y amigas que son los argentinos, su cualidad más dulce y principal, iban a estar para ti ante la separación, sin importar el tiempo que hubiera sido.
Colombia, por el contrario, termina. En Colombia se termina una relación, se termina un matrimonio, se termina una familia. Uno termina con alguien. ¿Y esa persona sigue viviendo? No importa. No importa mientras no sea la pareja propia. Todo ha acabado ahí. ¿Somos mejores para cortar relaciones? No lo sé. Hace casi veinte años que no termino una relación en Colombiano. Me gusta, sin embargo, el trasfondo bélico del final. Su cualidad irreversible, como la muerte. Es mi propio prejuicio con nuestras pasiones nacionales. Me gusta pensar que incluso eso lo hacemos con violencia. La relación acaba y la presencia del otro en el mundo termina para quien lo nombra.
¿Cuántos fines caben en una vida? Dejarlo, separarse, terminar. Pienso estas cosas mientras me narro. Me narro y me duele. No me pertenezco, pero en el fondo de mí el dolor existe igual, no importa cómo lo nombre. Si lo he dejado, si me he separado, o si he terminado abruptamente otra vida con su amor. El duelo seguirá su tiempo y yo tendré que buscar nuevas formas de nombrarlo para no repetirme. Por suerte, por ahora, nadie ha muerto de eso.
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