Ideas

La vivienda

Las movilizaciones políticas en países ajenos suelen darme una mezcla de alegría y envidia.

1 de octubre 2026


Voy a oficiar de traductora para mis amigues de Latinoamérica: en este momento, a esta altura en toda España, se están haciendo múltiples acampes y protestas para exigir el acceso al derecho de la vivienda. La gota que rebalsó la copa fue el desahucio de una octogenaria llamada Maricarmen, dehauciada por un fondo buitre de la que había sido su casa por más de cincuenta años. Como sucede con estas cosas y no deja de ser emocionante, nadie puede predecir cuál va a ser el caso que toca una fibra social, que levanta una ira colectiva imposible de aplacar y para la que las respuestas llegan ya demasiado tarde. 


El problema es grande, amigos y amigas. Especulación inmobiliaria, sumada a gentrificación, sumada a una generación para la que ya no quedan ni las casas, ni los créditos ni el futuro, sumada a nuevas formas de lucrar con la propiedad que antes no existían: airbnb, vender las propiedades a fondos o simplemente acumularlas de manera ociosa y desmedida (esta última existió siempre.) 


Ese es mi diagnóstico a grandes rasgos y, por supuesto, yo tampoco tengo una solución. Solo me emociona una protesta llevada adelante con tanta determinación por gente tan joven que está más que harta de no tener cómo pagar dónde vive. Me emociona que sea esta causa la que los reúne con consignas colectivas y más hacia la izquierda,  como respuesta al extendido imaginario de que las juventudes actuales son por defecto de ultra derecha. Me gusta pensar que este problema, que esta protesta, que todo este movimiento es el que atañe a mi generación y también me gusta que la salida no haya sido un hashtag, una cantidad de carteles en instagram o unas fotos con una anotación en una mano. La solución, por ahora, es poner el cuerpo. Y ese cuerpo se pone en colectivo, con otros cuerpos que ocupan el espacio público y necesariamente charlan y se encuentran y hablan y departen y hacen asambleas y discuten y duermen y amanecen y también ríen y la pasan bien ahí, por qué no, si reunirse con otros y otras en tiempos tan diseminados y disociados por la tecnología suele bastar para ponerse masomenos contento. Las luchas no tienen que ser solemnes y tristes por más serias que sean las demandas. Vuelven entonces antiguos dichos de las marchas en los que rezábamos que no permitiríamos que nos robaran la alegría. 


Las movilizaciones políticas en países ajenos suelen darme una mezcla de alegría y envidia. Así lo sentí durante muchísimos años en Argentina, cuando teníamos la certeza de que era un país cuya capacidad de movilización era capaz de torcer cualquier voluntad política y que, además, entendía el espacio público como un territorio de disputa y la organización popular como un deber. Pero algo ha pasado en los últimos años. La crisis es más profunda, la crueldad es más cruda y la precarización es extrema. Algunas teóricas explican que no ha existido uno de esos famosos y temidos estallidos argentinos ante el nefasto gobierno de Milei, en gran  parte porque la gente ya no tiene tiempo. No tiene nada de tiempo. Si la figura que se movilizaba en el 2001 era el desocupado, ahora ese sujeto no existe más porque está ocupado, sí, cargando maletas de rappi o manejando ubers, que solo precarizan más y que parecen dar apenas lo justo para sobrevivir, pero no para vivir. Una crisis así de feroz pasma y aterra, y nunca me imaginé concluir que para que algo estalle, para protestar, para movilizarse, hace falta un piso: tiempo, comida, y espacio de discusión y organización. Por eso, supongo, estos tiempos y el Mileismo son tan terroríficos y eficientes, porque nadie quiere ni puede organizarse, porque nadie encuentra ni cómo ni dónde, porque todos tratan de sobrevivir. 


En Colombia, en cambio, la protesta ha existido siempre y siempre ha sido tratada con violencia y silenciamiento. Estamos hablando de uno de los países que más líderes y lideresas políticas asesina al año. Si la gente no se ha organizado, si la gente no se ha movilizado, es por un miedo bastante bien fundamentado sobre que hacerlo es peligroso, porque lo ha sido y porque ha vuelto a serlo. El gobierno de Abelardo de la Espriella no solo ha negado cualquier garantía a la movilización, sino que parece promover otra vez su erradicación de las maneras más cruentas. Y en un país con la barbarie en el recuerdo más reciente, basta solo una declaración subida de tono de un presidente para encender la mecha del silencio y el terror. 


El problema de la vivienda es un problema mundial, estimo. Quizás no en esos países nórdicos que siempre citamos pero no conocemos. Estoy segura de que allí, en alguno, hay ejemplos de soluciones de alguna eficacia, pero casi todas implican lo que nadie quiere: cuestionar que la acumulación de vivienda ociosa es un problema. Cuestionar que tener mucha propiedad no puede ser defendido con la misma ferocidad que no tenerla. Y es que a veces se nos olvida (ahí está el éxito del sistema) que hay cosas que son derechos inalienables, humanos, dignos y que hay otras que no lo son. Me gusta que la discusión actual se empeñe en recordarlo, porque creo que parte del signo de época es pensar en el mercado y su deficiente regulación automática como una verdad inalterable, como algo que estaba dado antes de nosotros, como una especie de religión. 


No sé cómo se resolverá el asunto. Sé que pertenezco a una generación sin casa y probablemente sin pensión. Sé que eso me hace parte de una generación cuyo futuro es borroso, porque no hay ninguna garantía material en él. Si no vamos a parir hijos y no tenemos trabajos registrados que nos garanticen jubilaciones y no podemos comprar propiedades siendo jóvenes, ¿cómo y dónde vamos a morir? 


La vivienda colectiva, los proyectos comunitarios, todos nuestros sueños punks que se rebelan ante los mandatos tradicionales de familia están mediados por el tema material. Y todos lo sabemos. Ahora parece lejos, pero un día no tendremos la energía para ser una fuerza laboral, y ahí tiene que haber un techo. Esta generación parece pagar las consecuencias de todas las anteriores, y a mí me alegra, y me alegra mucho, y me emociona (a pesar del ocasional cinismo), que sean los jóvenes los que lo señalan y ponen sus cuerpos para dormir en la plaza y hacer estas preguntas. 


No soy Española, soy Latinoamericana; allá, además de ese, hay otros problemas a resolver, pero el futuro nos tocará a todos, me pone contenta que alguien insista en ello para exigir respuestas y soluciones. De algún modo, lo que suceda con estos acampes, repercutirá en las soluciones de mi continente, porque el problema es el mismo, así que espero yo también la solución. 

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