Música

Shakira es nuestra Dolly

Como colombiana, su figura me ha acompañado desde que nací.

24 de septiembre 2026


Hace un par de semanas la mañana nos sorprendió con la muerte de Dolly Parton. Yo, como muchas personas de mi generación, no era consciente de cuánta importancia había tenido Dolly Parton en la música que escuchaba; no solo porque i will always love you (la mítica canción interpretada por Whitney Houston en El guardaespaldas que todos vimos doblada al español en la televisión por cable) es una composición suya, sino también porque Dolly escribió más de cinco mil canciones, fue piedra fundacional del ingreso de las mujeres a la industria musical y porque fue la banda sonora de más de cuatro décadas en un país que terminó dictando muchos de los criterios estéticos que se diseminaron por el planeta entero. 

Pero de Dolly hay algo más interesante. El podcast Dolly Parton's America explora un fenómeno particular: ¿Cómo podía ser que en un país tan ideológicamente dividido como Estados Unidos, los conciertos de Dolly Parton reunieran a toda clase de personas, desde rednecks hasta la comunidad LGTBIQ, y que aquello sucediera de manera armónica y democrática, como un sueño de otros tiempos? El podcast recorre la vida de Dolly Parton con esa pregunta como guía, y habla de política, de sus intereses sociales, de su fundación que acercó millones de libros a niños de todo el planeta y de su misteriosa forma de jugar con las declaraciones públicas. Es cierto que Dolly nunca habló explícitamente de muchos de los temas espinosos de la época, pero es cierto que cantó sobre ellos. Usó su medio, la música, para escribir letras tan incendiarias como Nine to Five y jamás escondió su amistad con Jane Fonda, que para entonces era declarada persona non grata por su oposición pública a la guerra de Vietnam. Siempre que le preguntaron, tratando de arañarle alguna declaración “polémica”, Dolly se defendía argumentando que su tarea en el mundo era otra, que su cancha era la música y no las entrevistas, que ella entretenía; y después se reía pícara, haciendo algún chiste sobre sus tetas para salir del aprieto. Sin embargo, fue esa misma, la Dolly de los chistes sobre ser una rubia tonta, la que en sus canciones narró a una Estados Unidos profunda, injusta, violenta y particularmente cruel con las mujeres; y fue ese territorio y no otro el que usó para desplegar la más compleja poesía y metáfora para expresar exactamente lo que pensaba del mundo, solo que mejor. 

Con eso en mente y la llegada de Shakira a Madrid para hacer su residencia de tres fines de semana y una réplica del Macondo Park, me puse a pensar en su figura y en su voz. Como colombiana, la figura de Shakira me ha acompañado desde que nací. No hay un momento, desde que tengo memoria, que no tenga como banda sonora algunos de sus discos. El amor que siento hacia ella me excede, es más del que me gustaría, y defender Dónde están los ladrones me ha hecho cazar pleitos reales con amigues que no gustaban de su música (gente olvidable, si me preguntan), pero lo que me llamó la atención fue ver en mis compatriotas un sentimiento similar: una fidelidad sin fisuras, con mayor o menor euforia, hacia la figura de Shakira y su música. Y cuando hablo de mis compatriotas me refiero a los que piensan como yo y a los que no. Shakira, como Dolly, debe ser la única persona en mi país capaz de cerrar toda grieta política e ideológica. Lo ha conseguido, no solo por ser lo que llamamos un “orgullo nacional” y haber logrado lo que pocos habían hecho antes; trascender la nación, el continente, todo territorio y ser una embajadora que supo mostrar en los grammys el pasaporte colombiano en el 99, cuando estaba muy mal visto, también ha logrado eso porque, como Dolly, ha sido una hábil declarante sobre la realidad que la rodea. 


Hay preguntas sobre política que ha respondido con claridad. Durante el proceso de paz, por ejemplo, declaró en una entrevista que estaba de acuerdo y que era necesario y urgente. Y también es innegable toda su gestión y su asistencia a través de la Fundación Pies Descalzos a un país que ella misma ha dicho que es injusto y desigual, citando nada más y nada menos que en índice de Gini, lo que habla mucho de las fuentes con las que decide informarse y lo que le queda de eso. Sin embargo, como una persona de este tiempo, a veces yo extrañaba más compromiso. Que Shakira se hubiera pronunciado en las últimas elecciones a favor de Iván Cepeda, o al menos en contra de Abelardo. Que Shakira hablara de todos los asuntos que destrozan al mundo, que se expidiera (verbo feo) explícitamente sobre Palestina, que dijera lo que yo quiero oír. Pero ella, como Dolly, ya lo ha hecho, solo que no de la manera en la que a mí me gustaría o exactamente diciendo lo que yo querría decir. 

De las Shakiras que más me interesan hay una que me fascina: la que reconoce el mundo del trabajo. Suelo hacer el chiste de que ella habría podido escribir El capital, pero que Marx no habría podido escribir Octavo día, (aunque de hecho mencionó a Marx en No creo, por allá en el 99, en el verso No creo en Venus ni en Marte/No creo en Carlos Marx/No creo en Jean Paul Sartre/No creo en Brian Weiss) que es la descripción de un trabajador cansado, en este caso representado por Dios, de un mundo que sigue girando a pesar de su agotamiento. ¿No es eso poner al capitalismo por encima de la religión LITERALMENTE? ¿No es una lectura cuanto menos sofisticada, además de una gran metáfora, para hablar del sistema rapaz que ordena nuestra sociedad, que es, a fin de cuentas, más potente que una religión?

No fue la primera crítica social de Shakira al sistema. 30 años antes del polémico “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan” (en el que prefiero no detenerme porque ya se ha diseccionado lo suficiente), al final de Pies Descalzos hace una acidísima sátira al rol de las mujeres en la sociedad. Las mujeres se casan siempre antes de 30/Si no vestirán santos y aunque así no lo quieran/Y en la fiesta de quince es mejor no olvidar/Una fina champaña y bailar bien el vals/Y bailar bien el vals.


Puedo intuir la crítica que viene: esa era otra Shakira, y puede ser cierto. La que más me gusta a mí también es la que se sitúa entre el 1998 y el 2005, pero eso no le quita mérito a la última. Shakira ha conquistado nuevos públicos, se ha metido con nuevos ritmos y ha sabido llevar su curiosidad a sonidos de la época. Por eso, en su defensa, y apelando a esa Shakira sindical, tengo que citar una de las canciones más interesantes que ha compuesto en los últimos años: El jefe, una especie de corrido tumbado del 2023 que dice cosas como 7:30, ha sonado la alarma/Yo con ganas de estar en la cama/Pero no se puede/Llevo a los niño' a las nueve/El mismo café, la misma cocina/Lo mismo de siempre, la misma rutina/Otro día de mierda/Otro día en la oficina/Tengo un jefe de mierda que no me paga bien/Yo llego caminando y él en Mercedes-Benz/Me tiene de recluta/El muy hijo de puta, además de la compleja descripción del mundo de los trabajadores y trabajadoras, otra vez hay un diagnóstico del tiempo en que vivimos. Aunque la canción se hizo muy conocida por la mención de Shakira a Lili Melgar, una empleada de su anterior casa a la que no le pagaron la indemnización, hay un fragmento, casi al final, que no debe pasar inadvertido: Se acumulan las facturas, ser pobre es una basura/Mamá siempre me decía que estudiar todo asegura/Estudié y nada pasó, maldita vida tan dura. Me llama la atención esa precisión. Hace falta una comprensión afilada del contexto para hacer una síntesis tan breve del final de la educación como mecanismo infalible para la movilidad social ascendente, y eso no es una cuestión menor, a mi juicio, es ese fenómeno y no otro el que las izquierdas no hemos sabido comprender y el que hace que nuestra oferta para las nuevas generaciones sea vetusta e irreal. En una entrevista del 2009, justo acá en España, Shakira le asegura al periodista Juan Ramón Lucas que ella nunca está fuera del mundo, que está atenta, pendiente siempre de sus movimientos y vicisitudes. No creo que eso esté escindido de que, durante la pandemia, lo que decidiera hacer con su tiempo libre fuera un discreto curso de filosofía de la universidad de Penn. 

Es cierto que la leo con ojos optimistas y amorosos. Es cierto que todo lo que he escrito podría ser interpretado como tibio de su parte. Puedo atender a las personas que digan eso y que consideren que este tiempo que nos toca requiere declaraciones claras, posicionamientos radicales y repudios explícitos. Pero no podría decirse que Shakira es muda ante la realidad que la rodea. Su carta en El País hablando de la Latinidad como una parte fundamental de Madrid es una reivindicación en exceso romántica, sí, pero no por eso menos necesaria o reconfortante para los millones de migrantes latinoamericanos que viven en la ciudad, en el país y que la celebran y se sienten vistos y nombrados por ella, sobre todo en un momento de tensión con la migración que pone el tema en agenda casi todos los días y que es una de las puntas de lanza de las derechas de España.

El día de la muerte de Dolly hice el chiste de que con su fallecimiento caía también una parte de lo que conocíamos como democracia. Me refería, en joda y en serio, a que no creo que estos años post pandémicos vuelvan a darnos a una artista capaz de cerrar grietas y congraciar a fascistas y zurdos y hacer que los misóginos canten canciones feministas sin sospecharlo. Pienso en que todavía nos queda Shakira, nuestra Dolly, traficando mensajes complejos con estribillos simples para que los cante todo el mundo, cuidando su voz pública y reservando lo mejor, lo más subversivo, lo más interesante, lo más sagaz, a las letras de sus canciones. Muchos, de nuevo, dirán que es poco. Pero me gusta mi visión esperanzadora: quizás a este mundo hiper realista, hiper informado, hiper declamativo le hace falta un poco de metáfora; quizás para eso está el arte y sigue ahí, libre e indomable, a pesar de que queramos siempre ajustarlo al corsé de declaraciones de prensa que excedan de literalidad. 

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