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corto.alto: concierto corto, listón muy alto
Es un buen punto de partida para quien pretende desdibujar los límites de su snobismo sin descuidar la calidad
3 de noviembre 2026
Para Adriano,
si venero este disco es porque lo escuché contigo.
“For me to be an authentic artist, for anyone to be authentic, you’re basically just outputting what music you’ve absorbed throughout your youth and throughout what you’ve listened to. I think jazz is definitely a big part of that for me, but it’s not the only part, in any way.”
– corto.alto, en una entrevista con Ticketmaster en 2024
Yo soy Sísifo y mi roca es describir el “jazz fusión” siendo analfabeta musical, pero a corto.alto lo definiría como un parcheado de todo lo que está guapo si tienes buen gusto y Carhartt es un tema sensible para ti. Por situarlo, como rehén de Spotify, es donde terminas después de saltar mucho entre Moses Boyd, Mansur Brown, Oscar Jerome, Moses Yoofee Trio, Butcher Brown o Tanhai Collective. O quizás lo descubres gracias al final performative boss de las citas Hinge. Pero, una vez llegas, no te vas.
Aunque compartamos la treintena, corto.alto (Liam Shortall para los colegas) ha invertido algo mejor su tiempo. El trombonista, multiinstrumentista, compositor y productor entró a los dieciséis años en el Royal Conservatoire of Scotland. Es el graduado más joven del programa de jazz, donde sacó lindas y bellas matrículas de honor. Un arma de matar, como bien se desprende de sus colaboraciones con Alfa Mist o Soweto Kinch. Un friki chulísimo que fue finalista del Mercury Prize en 2024 por su primer álbum. Un nombre para tener en el radar.
El 21 de octubre, como parte de su ciclo de jazz, la Villanos acogió a Shortall –acompañado de Mateusz Sobieski al saxo y Graham Costello a la batería– para presentar su último proyecto: SOME SMALL FORTUNE (2026). Es un discazo recomendable y regalable, porque se presta al análisis técnico y profundo sin volverse inaccesible. Es para los pesados de Sonny Rollins, pero también para los que tienen Aesop y necesitan poner algo de fondo después de Sade.
El proyecto empieza con música de cámara y de repente te lanza a una diáspora de temas eclécticos, que mezclan más géneros que un polículo amoroso: electrónica, jazz, neosoul, afrobeat... Un mix de frutos frescos, que sólo puede salir de mentes con formación técnica y, sobre todo, con un gusto pulido.
Es un híbrido muy difícil de clasificar. Definir a corto.alto es coartarlo. Baste decir que merece la atención en todos sus registros: con cascos, en altavoz, solo, acompañado, de fondo, de cerca, y, sobre todo, en directo. Si Olivia Rodrigo se hubiese quedado callada, lo tildaría de AOTY.
Después de tanta fusión-ha en su discografía, I couldn’t help but wonder qué escucha corto.alto cuando nadie mira, qué recomienda alguien con una propuesta tan fina. En entrevistas ha dicho que creció escuchando mucho hip-hop de NYC en los 90’, Motown, James Brown, a saco de indie y de pop. En su perfil de Spotify, antes tenía una foto con Madvillainy (2004) de fondo. Reniega del techno, pero reconoce influencias del jungle, funk y soul. Presa de la curiosidad, como no es lo mismo contarlo que vivirlo, me fui a preguntárselo en persona.
La sala estaba a reventar de fieles, de calvos con barba, de mullets con bigote que dicen “umami” y se podrían intercambiar los armarios con tu amiga la menos lesbiana. Incluso el propio corto.alto llevaba sus llaves (casa y coche) en un mosquetón durante el bolo. “No sé por qué, pero llevo con ellas colgadas las tres semanas que llevamos de gira”, contestó cuando le pregunté con cero mano izquierda si era performativo (pido perdón). En realidad, todos necesitamos algo que nos acerque a casa cuando no sabes ni dónde amaneces y, sobre todo, si la aerolínea ha perdido las maletas (true corto.alto story).
No fue un concierto de jazz, sino con jazz. Excedió cualquier expectativa. Aunque creo que algunos de sus proyectos no son para todo el mundo, el directo sí. No hace falta contexto previo. No necesitas ser erudito del jazz, sólo de la diversión y la divergencia. Pega tanto para las 21:00 un miércoles en la Villanos, como para las 3:00 am en el Basoa. Es un planazo.
A pesar de durar una hora y media, siento que debería haber durado mínimo dos horas más. Pedía algo equiparable a un DJ set. Es concierto de copa de vino pero, sobre todo, de copa sin más. Yo quiero salir de fiesta ahí, así, con ellos. A pesar del groove que destilaba la banda con cada gesto, en el macro la sala se sintió un poco “Fontaines en Madrid”. La gente ya no baila.
Todos nos arrodillamos ante él en el momento en que hizo el loop en directo de IJUSTIDONTKNOW. También se marcó un tema salvaje sampleando One Dance de Drake, donde el saxo de Sobieski me hizo pensar que tenía pulmones de olímpico en apnea. Al final, hizo otra cover de Justin Bieber, y yo ahí ya confirmé que el buen gusto pasa por reconocer la magia de lo pop, de lo básico.
El jazz es el género de los snobs por antonomasia, quizás sólo por detrás de la música clásica. De hecho, si aceptamos que efectivamente, como dijo Nina Simone, “el jazz es la música clásica negra”, entonces en el fondo ya no es una cuestión de ranking, sino de espectro. La persona más insoportable que conoces es fan de Sun Ra, pero rara vez admite la calidad de lo “básico” salvo que sea subsumible en la –hoy vaga y volátil– etiqueta de “camp”.
Elegir las palabras para describir esto está siendo complicado, porque antes me suicido que decir que “el jazz se está democratizando”, pero es que va por ahí la movida. A lo largo de las últimas décadas han proliferado artistas y colectivos (ahora particularmente buenos en Reino Unido) que mezclan jazz con hip-hop, R&B o electrónica. Esta mezcla con otros géneros más consumidos lo hace más accesible para el que no haya tenido el privilegio de escuchar jazz en casa. No supone un quiebre tan hardcore con los ritmos y patrones a los que ya esté acostumbrado a escuchar, y por lo tanto facilita que la gente acceda a él de una forma, objetivamente, más amable.
Si quieres adquirir gusto por la lectura, no empiezas leyendo Proust. Si quieres entrarle al rap, no empiezas por MF DOOM. Del mismo modo, me parece que empezar por Kamasi Washington puede llevarte a Coltrane; pero empezar por Coltrane igual detona una estampida. Y esto es algo que corto.alto abandera y que la discográfica Blue Note vio muy rápido.
Su época dorada había sido la de Art Blakey o Thelonious Monk, es decir, antes de que se inventasen las maletas con ruedas (esto es real). En los 90, el jazz ya era una cosa de nicho; no de los 40 Principales. Blue Note supo darle la vuelta gracias a que en el hip-hop grupos como A Tribe Called Quest sampleaban sus temas (tipo Think Twice de Donald Byrd) sin autorización. Entonces, aprovechando el filón, la discográfica empezó a publicar recopilatorios pensados para DJs y productores (como la serie Blue Break Beats en 1992) y a colaborar con grupos como Us3, que de hecho son British.
Us3 era el mismo rollo: movidas muy guapas de rap con base de jazz no autorizada. En vez de demandarlos, como haría la Taylor, Blue Note les ficha y les da acceso libre a todo su catálogo. Con Cantaloop (1993), Us3 terminó metiendo un sample de Herbie Hancock en el top 10 del Billboard yankee. Este fue el primer disco platino de la discográfica en toda su historia. Brillante.
Desde entonces, el Blue Note ha estado detrás de discos súper clave de la “fusión” en las últimas décadas (vid. Shades of Blue (2003) de Madlib o Black Radio (2012) del Robert Glasper Experiment). Este crescendo pone de manifiesto que esta “rama” o “corriente” no desvirtúa el jazz como concepto sino que, en cierta medida, lo sostiene y actualiza. Desdibujar los límites de lo que entendemos como “jazz” en el imaginario colectivo prueba que, como dijo corto.alto: “el jazz es un lenguaje más que un género”.
Si bien hasta la década pasada los líderes indisputados eran los yankees (y si eres C2 en snob los japoneses), ahora la escena británica se está imponiendo (por no decir que se ha impuesto). En 2020, publicaron Blue Note Re:imagined, donde artistas clave de la movida tipo Ezra Collective, Alfa Mist, Ishmael Ensemble o Jorja Smith reinterpretan clásicos del sello. Hasta los de Blue Note lo reconocen: los británicos lideran el jazz actual. Y el escocés corto.alto está dejando el listón muy alto.
En un momento en el que odiar a Drake es la línea editorial que debe tomar cualquiera que aspire a un ápice de credibilidad, fue refrescante y aspiracional ver al graduado más joven hacerle un sample en un ciclo de jazz. Esta apertura tan manifiesta a lo pop (porque para mí Drake es pop) me flipa, porque desacredita a los pedantes y refuerza mi mayor dogma: tener buen gusto conlleva apreciar lo básico y cuestionar el culto. Es decir, requiere criterio.
Mi amplia experiencia como rubia básica con gustos que impresionan a hombres mediocres me ha permitido recabar la evidencia empírica suficiente como para poder afirmar categóricamente que muchos de los comúnmente conocidos como “modernos” o “puretas” son infelices. Creo que están amargados por una miríada de razones, pero, en parte, porque no se permiten disfrutar de lo “mainstream” sin culpa ni complejos.
Una facción (contra la que lucho) se ha limitado a asimilar el gusto impuesto por el imaginario colectivo de la subcultura que pretenden encarnar. Creo que es porque hay quienes se construyen desde la réplica, en pos de la pertenencia. Hasta que, en algún punto, pierden la perspectiva de la crítica independiente y, por ende, merman su autenticidad. Parece una disonancia cognitiva: ser moderno y escuchar a Bad Bunny es como ser gay y no escuchar a Rosalía. Tú eres maricón, ¿no? Yo soy Amaia.
Me he topado con mucho tolai que se regodea con escuchar música exclusivamente a través de NTS Radio y que dejó de atenderme en el momento en que aludí al reggaeton o a la lírica de Olivia. Yo también cometería delitos graves por un disco firmado por J Dilla, pero el error es asumir que la música termina ahí y así. La tragedia es creer que Dilla se convirtió en leyenda sólo escuchando a Ahmad Jamal.
Siento que hay quienes siguen haciéndole un culto a la falsa “pureza” de los géneros musicales, a la calidad como algo jerárquico y excluyente. Quizás consideran que tanta fusión sólo nos conduce a la torre de Babel. Sin embargo, desde su propia atalaya, equiparan la devoción y el dominio musical con el rechazo tajante de géneros enteros por “básicos”. Esto es moda de mediocres; y la expansión del jazz hacia lo mainstream es la prueba.
Puede que esté generalizando y tildando de “fenómeno” algo que sencillamente ha ocurrido las veces suficientes como para que yo esté aquí insultando al gran Otro. Pero lo noto muchísimo en el debate musical de segundo o tercer orden, particularmente con hombres. Quizás porque me flipa comentar y discutir, pero estoy empadronada en lo básico y a la periferia sólo voy de excursión.
De la misma forma que para alcanzar a Coltrane se puede empezar por Kamasi, para desmontar esta pretenciosa parafernalia identitaria y acercarse al criterio propio, recomiendo corto.alto. Es un buen punto de partida para quien pretende desdibujar los límites de su snobismo sin descuidar la calidad. Corto.alto es una fusión y experiencia perfecta, una oda a la música Carhartt.
Dejo un último apunte para aquellos que se guían por la máxima de “el rapero favorito de tu rapero favorito”. Si aceptamos que corto.alto se está haciendo un merecido hueco en la escena del UK jazz, sepan que sus recomendaciones tan sólo prueban que el refranero español (como siempre) tiene razón: “en la variedad está el gusto”.
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