Música

Kanye West: El precio de la nostalgia

Un concierto bipolar, con picos y valles, luces y sombras, poco humo. Confuso y precioso.

3 de agosto 2026 · 2 comentarios


“We’ll buy a lot of clothes when we don’t really need ‘em
Things we buy to cover up what’s inside”
– Kanye West, All Falls Down (2004)


“No me preguntéis cuánto peso ni cuánto me he gastado en las entradas de Kanye”, declaré en marzo tras cometer una (punible y profunda) negligencia financiera. En un estadio sin pista, las entradas costaban entre 225 y 335 euros, 400 en VIP y 600 en palcos. Palante. Por ponerlo en perspectiva, el festival más caro que se me ha ocurrido mirar es más barato. Las entradas más cutres son casi el 20% del salario mínimo interprofesional. Por dos horas. How could you be so heartless?


Me sentí una adulta disfuncional. Hice el Bizum resoplando; más cabreada que emocionada. Podría ser el mejor concierto de mi vida o una estafa del calibre de Herbalife. El bolo de Schrödinger. La rehén del fomo. La experiencia estándar con Kanye West. Man, it’s so hard not to act reckless.


No me tembló el pulso, pero ha sido una compra que me he tenido que justificar. La fan como consumidora consumida. Es una cifra indecente, que me atormenta la última semana de cada mes. Un precio que asusta al mismísimo diablo. Si tus amigas se tiran por un puente, ¿tú te endeudas cual argentino por la final del mundial?


Puede que, incluso siendo una fan compulsiva, esa cifra nunca termine de encajar. Puede que acceder a pagarlo sea normalizarlo, doblegarse. Quizás si cayese la demanda, cambiaría la oferta. Puede que el cambio esté en la acción colectiva, en el abandono masivo. Con Kanye West no me la voy a jugar. Me da igual. Lo volvería a pagar. How much do I not give a fuck?


Gracias a Dios, esta flagelación pecuniaria –este duelo entre la moral y la nostalgia– sólo ha durado cinco meses. Al Ye lo que es del Ye: es refrescante sacar entradas para un concierto con menos de un año de antelación. La anticipación no ha dado lugar a la decepción: no ha dado tiempo. The clock’s ticking, I just count the hours.


Aun así, me he sentido muy niño rata, incel, sucia, swiftie. Son fandoms similares. I feel like me and Taylor might still have sex. Son dogmáticos, sectarios. Parecemos una megachurch. Si Kanye se cree el mesías es por nuestra culpa. Un circle jerk de energúmenos que gritamos que son semidioses, que el ateo simplemente no ha encontrado la luz.


Renegamos de la verdad. Sus discos nunca son malos, simplemente no los has entendido. Sí, son cancelables, déspotas, gilipollas por antonomasia, pero también son genios. Lo decimos como si eso significase algo. What’s a god to a non-believer?


En Monsters: A Fan’s Dilemma (2023), Claire Dederer sostiene que “decimos que alguien es un genio cuando no queremos discutir por qué lo admiramos; cuando queremos que nuestro juicio pase por un hecho objetivo”. Ya no me hace falta ponderar sus “luces y sombras”. Para mí, su calidad e impacto son incuestionables. El genio como fantasía colectiva, como status y no carácter. El “genio”, siempre inmune a la mancha de la cancelación. Puto Picasso.


Ya nada de Ye me escandaliza. Todo destila un hedor a performance. Que haya construido a su novia a imagen y semejanza de su ex es fuerte, pero le pega mazo. Me espero cualquier cosa. No lo defiendo, ni lo blanqueo. Simplemente, lo ignoro. Suspensa en progre.


El fan apela a su diagnosticada bipolaridad y a la muerte de su madre para legitimar su conducta. A mí ya me da igual. Con él, me aburre recurrir a lo personal para ratificar lo creativo. Su biografía me cansa. Estoy saturada de la biografía en general. Creo que hay veces en las que brochazos de contexto personal del artista maximizan la experiencia del oyente, pero hay un límite. No necesito saberlo todo sobre ti; no eres la nueva de un ex.


El poeta William Epson dijo que “la vida consiste en mantenerse a uno mismo entre las contradicciones que no se pueden resolver por el análisis”. Yo estoy ahí. Ser su fan es como ser de izquierdas en España: es dificilísimo. Pero, para mantenerme erguida, practico la milenaria cosmovisión del Oyarzabalismo: paso que flipas. No one knows what it means, but it’s provocative.


Impulsada por la inercia, la nostalgia y la mierda pseudo-terapéutica de TikTok que me dice que “tengo que conectar con mi niña interior”, el 30 de julio me fui de peregrinación hasta el Metropolitano con lo peorcito de cada casa. Llevo mucho tiempo en el juego como para pasar por alto la oportunidad del directo. Kanye no ha sonado todo el rato, pero ha sonado siempre. Yeezy taught me.

Fotos de Carmen de Reyna

Fui movida por la fe, la esperanza en su resurrección. Quería arrepentirme de haberme convertido en creyente pero no practicante; apóstata de su propuesta creativa actual. Quería salir de ahí diciendo: “lo retiro todo”. Perseguía la experiencia My Beautiful Dark Twisted Fantasy: un arco de redención tal que expiase sus pecados. Fui buscando un milagro. I'm devoted / And you know it, and you know it.


Ese apego al old Kanye, cuya gravedad condiciona todos mis movimientos, es un peligro. Orbito el pasado, el suyo, el nuestro. Sus discos siguen girando porque no caducan, se reinventan. Con cada año que pasa los escucho de una forma distinta, descubro cosas nuevas. Pero trescientos euros son un órdago muy gordo a que se toque lo antiguo. Entono el mea culpa; últimamente, como espectadora, creo que mi derecho constitucional es escuchar el setlist que me gusta a mí y no el que propone el artista.


Por empezar con el lado Herbalife: fue un mal concierto, pero un espectáculo increíble. El sistema de sonido fue un desastre, borderline ofensivo. Al no haber pista, el globo terráqueo quedaba suspendido sobre una lona cutre, con dos chorros de humo, que no conseguían nada. Un setlist para los nostálgicos, con temas que sonaban hasta la mitad, y donde Kanye cantaba una de cada veinticinco barras. Sensaciones mixtas, paradójicas. Tuvo picos de euforia, de grandes luces y fuegos, donde el estadio rugía las letras como si purgase, pero también cosas con las que se me escaparon varios: “me cago en tus muertos”.


Incluso con eso, fue de los conciertos más sobrecogedores de mi vida. Vimos a un Kanye vestido estilo Akira (1988), subido sobre la Tierra que giraba a su alrededor, reventando temazo tras temazo, sin piedad. Barras de hace veinte años que funcionan como himnos, premoniciones y amenazas. Producciones que suenan a pasado mañana. Abofeteada por el directo, vi su influencia y me rendí de rodillas. Una palabra tuya bastará para sanarme.


Can’t Tell Me Nothing me puso en mi sitio. Entró cuando no la esperaba. Cuando Kanye soltó, sin ganas: “I feel the pressure, under more scrutiny”, se me disparó la adrenalina. “And what do I do?” Durante un segundo me quedé sin aire, asfixiada de impaciencia. Una década esperando la siguiente barra. Casi la palmo cuando el estadio entero estalló y contestó al unísono: “Act more stupidly”. Ciao.


De ahí el salto fue: Ni**as in Paris, Mercy, Praise God, Black Skinhead, On Sight. Una secuencia de canciones que me vale para hacer el matcha, conducir el tanque cuando nos toque defender la isla de Perejil o levantar 20kg en el gym con los bros. Sectaria, porque lo viví como si fuese una aparición del mesías. No me llamen, no estoy. No soy.


Instagram está inundado con vídeos del momento Heartless, y con razón. Es mi highlight de la noche. Le pese a quien le pese, fue el mejor karaoke del mundo en gran medida gracias a los guiris. Es imposible que 60.000 españoles nos supiésemos esa canción tan de pe a pa como ellos. Lo dieron todo. Fue ensordecedor, espectacular. Fue lo que hace que el directo me parezca un ritual, un consejo de trastornados, una liturgia. Thursday service.

Fotos de Carmen de Reyna

Siguiendo un poco con la temática karaoke, le rindió pleitesía a los reyes, a los Backstreet Boys. Para mí lo mejor de VULTURES 1 son los temas con uncleared samples (ese y el de Donna Summer), así que, cuando empezó a sonar una versión sombría y sexual de Backstreet’s Back, trascendí. Yo empecé a escuchar a Kanye a la misma edad a la que mi hermana pequeña y yo nos aprendíamos esa coreografía en el salón. No es que conectase con varias versiones de mí misma, es que encontré el punto de encuentro entre todas ellas.


Allí vi y aprendí que el pueblo ansía un karaoke, relegar al margen al DJ instrumental aunque sea durante un segundo. Estamos dispuestos a pagar millonadas con tal de escuchar a nuestros genios cantarnos dos barras y tomar nosotros el relevo con el resto. Bailar está guay, pero cantar a gritos ya flipas. Lamborghini mercy yo chick she so thirsty catorce años después, con 60.000 extraños, hace que la mierda de la calidad del sonido te dé igual.


Fue un concierto bipolar, con picos y valles, luces y sombras, poco humo. Fue confuso y precioso. Grabé más que un nómada digital en Fred Again. Me hice un órdago al pasado y encontré trozos de mi vida que no sabía que se escondían en su discografía. Ya no me culpo; hoy sólo pienso: “menos mal que fui”.


Entonces, la pregunta del millón de DMs: ¿mereció la pena? Depende de lo que signifique para ti, de lo que busques encontrar en un directo. ¿Qué vas a sentir cuando suene la banda sonora de tu vida? ¿Cuánto valoras cantar en masa? ¿Cuánto te mueve escuchar a un estadio rugir Beautiful morning, you’re the sun in my morning, babe? ¿Cuánto te pesa la nostalgia? ¿Cuánto te ata, te retrata?


Lo pregunto en serio. Del uno al 20% del SMI, ¿cuánto necesitas abrazar a tu amiga en Ghost Town? ¿Qué supondría para ti ver All of the lights? ¿Qué vas a sentir cuando suene el piano de Runaway? ¿En quién vas a pensar? ¿Te vas a tragar las lágrimas al verte en un concierto con el que siempre soñaste, pero al que nunca pensaste que irías? ¿Qué vas a sentir y qué precio le asignas a eso?


Creo que la nostalgia es como el arte: vale exactamente lo que uno esté dispuesto a pagar.

Fotos de Carmen de Reyna

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