Música

Crítica musical, honestidad y silencio

Es urgente recuperar la valentía de hablar desde la sinceridad.

18 de septiembre 2026 · 1 comentario


Deslizas el dedo hacia arriba mientras consumes los minutos rápidamente en vídeos cortísimos que te distraen de cualquier pensamiento incómodo que pueda interrumpir tu tiempo de descanso. Aparece ese tío con un montón de seguidores en Instagram que te recomienda escuchar esa canción que sonaba en la M80 Radio cuando aún te dormías en la parte de atrás del coche de tus padres. Después de otros vídeos, algunos que incluso te sacan una sonrisa y envías a tus amigos, aparece otro influencer con contenido enfocado en música que te recomienda el último disco que ha salido bajo el sello de Sonido Muchacho. Sales del apartado de reels y en la timeline te aparece el último post de alguna revista musical internacional que recomienda el último sencillo de ese fenómeno reciente que ha aparecido como fuegos artificiales sobre el ciber-cielo.

La crítica musical negativa se limita al silencio, a la no existencia. Si un disco no es comentado en la prensa —entendamos como prensa ya no solo medios musicales sino personas independientes con contenido en redes centrado en música— o no tiene los medios para llegar a ella o, simplemente, no vale la pena comentarlo. Ahí, en ese silencio, encontramos la reminiscencia de lo que fue la crítica musical realmente honesta, en la nada. El periodismo musical pierde el sentido cuando su contenido se basa única y exclusivamente en publicidad. Llega una nota de prensa, se copia y se pega y se sube el artículo, sin apenas cambiar nada de lo que el sello de ese grupo o la persona que les lleva comunicación —o el mismo grupo— había preparado. A veces se hacen pequeñas alteraciones de esta nota de prensa –incluso con la IA–, no vaya a ser que la noticia del nuevo disco de este grupo sea igual en tres medios diferentes, pero ya ni siquiera eso importa demasiado. Para los medios solo importa la inmediatez, hacer rápidamente una reseña del último disco de moda y atraer las visitas a la web. Una entrevista contenida y plana, siempre girando alrededor de las mismas preguntas, que atraiga la curiosidad de los fans. Vídeos cortos con información que podrías encontrar con solo una búsqueda de Google del nombre de la banda.

En 1996, en el prólogo de una nueva edición de su icónica colección de ensayos Contra la interpretación (Against Interpretation and Other Essays, 1966), Susan Sontag advirtió que la seriedad misma estaba perdiendo credibilidad en la cultura general, cediendo terreno ante el dominio de la industria del entretenimiento y el consumo superficial. Tres décadas después, internet termina de acelerar este fenómeno: la crítica cultural actual evita incomodar, se rige por las guerras culturales de las redes sociales y juzga el arte según agrade o moleste a la propia tribu ideológica.

Sin embargo, achacar esta pérdida de honestidad a una simple falta de actitud o a una epidemia de cobardía es ignorar la raíz del problema. El periodista Stuart Stubbs señalaba en su artículo para Loud And Quiet («What people forget when they say music critics have lost their edge»), si queremos entender por qué los críticos del pasado eran tan despiadados, solo hay que seguir el rastro del dinero. En la época dorada del periodismo musical, cabeceras como NME o Rolling Stone vendían cientos de miles —o millones— de ejemplares semanales. Esa masa de lectores y ese músculo financiero les aseguraban una posición de poder absoluto frente a las discográficas: podían destrozar el debut de una gran banda sin temer que el sello les retirase la publicidad al mes siguiente, porque la marca seguía necesitando a la revista para llegar al público. Existía, por tanto, una jerarquía diferente en lo que al poder se refiere. 

Hoy el escenario es el opuesto, y el diagnóstico del crítico Ted Gioia al analizar el colapso de Pitchfork o los despidos en Bandcamp resulta demoledor: la industria actual ha cambiado de modelo de negocio. Si antes toda la cadena (sellos, radios, tiendas y prensa) necesitaba desesperadamente nuevos lanzamientos y artistas emergentes para sobrevivir, hoy el streaming se sostiene sobre la reutilización del catálogo antiguo y el fomento de un oyente pasivo. Aquí y ahora, la reseña musical carece de utilidad para el sistema.

Con tiradas reducidas al mínimo, una dependencia absoluta de los patrocinios y frente a un mercado orientado a la escucha pasiva, la prensa musical ha perdido todo su poder de negociación. Ahora que cualquier artista internacional puede dirigirse directamente a decenas de millones de seguidores en sus propias redes sin necesidad de intermediarios, los medios operan bajo una asfixiante presión implícita: enfadar al sello o al artista significa perder el acceso a la entrevista, la acreditación al festival o la financiación que mantiene viva la cabecera. A esto se suma la precarización del crítico freelance, que, cobrando tarifas miserables o trabajando por una simple entrada, tiende por inercia a reseñar únicamente aquello que sabe que va a disfrutar, sesgando la crítica hacia un positivismo por supervivencia. Es algo comprensible, nadie tiene estómago para redactar una reseña increíblemente trabajada y honesta durante horas y horas a cambio de una entrada y dos tickets de bebida. 

Esta servidumbre económica se acentúa aún más cuando fijamos la vista en nuestra propia escena nacional. Resulta ridículamente fácil y gratuito ensañarse con el último lanzamiento de la macroindustria anglosajona que jamás leerá la revista o el post de turno. Sin embargo, ejercer una crítica honesta y dura sobre la escena nacional es algo mucho más complicado. En un ecosistema tan reducido, la proximidad lo contamina todo: el crítico, el jefe de prensa del sello independiente y los músicos coinciden en los mismos festivales, las mismas salas y los mismos bares. Criticar el disco de una banda local no es solo un juicio estético, es un conflicto personal que amenaza la convivencia en el circuito. Así, el periodismo local prefiere refugiarse en el aplauso condescendiente o en el silencio piadoso, en el copia-pega de lo aceptado, convirtiendo la escena en un endogámico club de elogios mutuos donde nadie se atreve a señalar que el rey está desnudo.

Si la crítica real ha sido expulsada de las cabeceras tradicionales, la lógica podría dictar que su refugio natural son las redes sociales. El creador de contenido, teóricamente libre de las presiones editoriales y de los compromisos publicitarios de una revista, debería ser el juez independiente que la escena necesita. Sin embargo, el ecosistema digital tan solo ha refinado esta conocida complacencia. La abrumadora mayoría de los influencers musicales prefieren la comodidad del consenso. En la dictadura del algoritmo, la reseña positiva es monetizable y segura; la crítica negativa genera un desgaste que pocos están dispuestos a asumir frente a la agresividad de las comunidades de fans o el riesgo de perder el favor de los algoritmos de retención. Salvo por un porcentaje mínimo de creadores que aún se atreven a ser honestos y asignar una nota mediocre a un disco nacional, la masa general de creadores ha optado por el contenido dopamínico: recomendaciones entusiastas en treinta segundos, datos curiosos, y una calculada neutralidad. Un limbo donde todo es «una absoluta locura», todo «dialoga con el oyente» y ningún álbum baja nunca del siete sobre diez. Eso o el silencio.

A veces ocurren episodios sintomáticos que revelan hasta qué punto se han transformado las dinámicas de poder. Que una figura consagrada como Julian Casablancas termine utilizando versos en «Lonely in the Future» para saldar cuentas con un youtuber como Anthony Fantano es el síntoma definitivo de un cambio de época: la legitimidad del criterio ya no se disputa en las páginas de una revista, sino en la trinchera digital. Sin embargo, la dinámica habitual del feed dista mucho de ese conflicto de ideas. Por cada perfil independiente dispuesto a asumir el desgaste de la desaprobación, existen decenas de creadores abocados a la transacción tácita, inflando el valor de cualquier lanzamiento a cambio de una invitación, una acreditación o el beneplácito del algoritmo. 

Es urgente recuperar la valentía de hablar desde la sinceridad. Recuperar la mordacidad de la crítica no es un ejercicio de esnobismo ni de crueldad gratuita, sino la única vía para devolverle al ecosistema musical la dignidad y la seriedad de la que hablaba Sontag. Cuando la recomendación de un disco se confunde con una pauta publicitaria y todo pasa a ser «increíble», «imprescindible», «brutal» o «una obra maestra», las palabras se vacían de significado.

Como sugiere Gioia, la única salida para los periodistas de hoy pasa por dejar de confiar en un sistema corporativo diseñado para adormecer al oyente, cortar amarras con las estructuras tradicionales y buscar el contacto directo con la comunidad de lectores y músicos a través de canales propios o medios REALMENTE independientes –como lo es este nuestro sustrato. Proyectos sustentados en un proceso humano y honesto de comisariado y edición que no responden a la pauta publicitaria, sino a la cercanía de los lectores que eligen libremente si financiarlos o no. Quizás, después de todo, la crítica no haya muerto del todo, sino que simplemente se ha visto obligada a exiliarse. Necesitamos una crítica dispuesta a ser honesta, a romper la servidumbre con los patrocinadores y a dinamitar las dinámicas de validación mutua; una crítica que trascienda la palmadita en la espalda y se atreva a abrir debates incómodos. Solo cuando el criterio se sitúa por encima de la transacción comercial y existe el riesgo real de la desaprobación, el entusiasmo y el aplauso vuelven a tener un valor auténtico. Sin tensión, sin conflicto y sin la posibilidad de un «no me gusta», la música deja de ser un espacio de debate cultural para convertirse en un mero catálogo publicitario, en ese product placement en la película madrileña de turno.


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