Costumbres

6 meses, 17 días y 23 horas sin fumar

Y, de repente, pasan diez años y son demasiados. Ya no se estila fumar. Tienes 27 años y no sabes qué hacer con las manos si no estás fumando.

24 de julio 2026


Llevo poco más de medio año sin fumar. Aunque, si soy honesta, la frase correcta sería: «Llevo poco más de medio año sin fumar nicotina». No, tampoco he vuelto a la nostalgia adolescente de fumar porros y escuchar Tame Impala. Fumé algún que otro vaper sin nicotina. Es increíble la cantidad de sabores que existen: toda una macedonia —muchas veces con hielo, por algún motivo— de humos blancos y densos. Una especie de trampantojo que me preparé con la intención de olvidar un buen cigarro de Golden Virginia, de pasar página; pero estos nunca habían sabido a Mango Ice.

A pesar de la nostalgia, sintiendo que tanta fruta no llenaba el hueco que había dejado en mí, después de más de diez años, ese maldito hábito —aunque lo recuerdo con cariño—, y tras una serie de noticias horrorosas sobre hospitales, adolescentes y vapers, decidí también dejar de lado este último coletazo de la adicción.

Cuando hablo con gente no fumadora y les digo que dejar de fumar —al menos cuando has empezado en la adolescencia viendo por Tumblr a todos tus iconos musicales y televisivos envueltos en humo y con el maquillaje corrido— es como borrar una parte de tu identidad que te toca volver a construir, no lo acaban de entender. Mi amiga Sara dejó de fumar hace un par de años, cuando cumplía también su primera década como fumadora —hay algo terrible en la aparición de las decenas en el tiempo de los malos hábitos—, y recuerdo cómo, cigarro en mano, le escuchaba decir que dejar de fumar había sido como perder a un familiar, y que había pasado un duelo en el que incluso había llorado muchas veces.

Un día, con quince años, busqué en Google «Canciones sobre fumar». Me salieron temas que mencionaban cigarrillos y, por increíble que parezca, así descubrí a Wilco, por unos versos en Jesus, etc.: «Your voice is smoking / Last cigarettes are all you can get / Turning your orbit around». También a Sharon Van Etten, con A Crime —una canción maravillosamente triste—: «Light a cigarette and think of you and walk away». Y también a Tom Waits, aunque ahí sí que no recuerdo la canción concreta, pero vamos, podría ser cualquiera. Esa búsqueda en Internet, que era absolutamente estúpida, era también una especie de reafirmación en esa nueva parte de mi identidad como adolescente insegura y persona en formación; de alguna forma, resultó pivotal en mi educación musical. Poco después, y en la línea de mis investigaciones tabaquiles, encontraría a Mac DeMarco con su Ode to Viceroy y, como con Tom Waits, a un sinfín más.

A través de Tumblr, una generación de adolescentes comenzamos a romantizar el acto de fumar. Era algo rebelde, algo que no debías hacer, pero a la vez te daba una sensación de seguridad, de parecer mejor de lo que eras, de acercarte más a esas estrellas como Lana Del Rey o Effy de Skins: misteriosas y melancólicas (con esa melancolía que estaba tan de moda y que es tema aparte). Aunque también le quedaba muy bien a Humphrey Bogart; de hecho, se recuperaron esas imágenes de los artistas clásicos y su infinitud de cigarrillos. Toda la gente a la que te querías parecer fumaba, así que, ¿cómo no lo ibas a hacer tú? Y entonces pasas a fumar no solo a escondidas, sino con tus amigos mientras bebéis esas primeras cervezas que sabían a pis aguado y a libertad; a fumar cuando estás esperando, porque ¿qué vas a hacer si no?; a fumar cuando estás agobiada, porque es lo que hacen en las películas y los libros todos esos intelectuales que fuman cuando piensan y piensan cuando fuman, cuando lloran y cuando ríen. Todo es humo, y el humo oculta un poco las inseguridades, tal vez. Te sientes un poco mejor porque la abstinencia se calma, pero también porque hay algo que te relaciona con Simone de Beauvoir.

Y, de repente, pasan diez años y son demasiados. Ya no se estila fumar. Tienes 27 años y no sabes qué hacer con las manos si no estás fumando. La salud se vuelve una realidad que pesa. Pasan cosas y entiendes eso de que «lo primero es la salud». No solo te entra miedo, sino que, además, fumar ya no sienta igual después de tanto tiempo. Hay cigarros que saben a gloria, pero en mi caso pasó a ser uno de cada cinco. El resto me sobraban, pero nunca sabía cuál iba a ser el bueno. El caso es que me tocó aprender qué hacer con las manos mientras bebía una cerveza en una terraza que no fuera bebérmela de golpe, y aprender a esperar sin hacer nada. Me sentí desnuda mucho tiempo después de dejar de fumar. Era como dejar a la vista esos pequeños huecos que había rellenado de humo —que al final no es nada—, de miedos e inseguridades absurdas, impalpables. Sensaciones huecas. Se van rellenando. No queda otra. Y te sientes un poco mejor. No solo porque lo estás logrando, sino porque, de alguna forma, sabes que, aunque da cierta pena decir adiós a aquello que te hizo sentir como Anna Karina cuando de verdad necesitabas sentirte mejor, estás ganando independencia.

Siempre me consideraré fumadora. Me encantaba fumar. Por ahora, en mi pequeño duelo, pienso mucho en ello, aunque cada vez menos. En mi boda fumaré, eso sí. Y si me dicen que me voy a morir de forma inminente, pues también fumaré (algo muy original, lo sé, pero si es un cliché es por algo). Porque lo cierto es que el placer de un buen cigarro, como entendía Sara Montiel, es bastante genial y sensual; no le voy a quitar la razón a una de nuestras manchegas favoritas.


Sigue a Alba Pla

Recibe un email con todos los nuevos artículos de Alba Pla


¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.



Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Alba Pla

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES