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Por más lejos que vayas no vas a recuperar el sueño
El verano es, también, el insomnio. El verano que está por terminar y que por un azar inexplicable del destino yo tuve que pasar entero en la ciudad.
3 de septiembre 2026
Tengo una fantasía recurrente, imposible e ingenua: cambio de vida, dejo el teléfono de lado, me compro un reloj despertador y me prometo no mirar el celular ni dos horas antes de dormir ni una hora después de despertar. Vuelvo a leer en la cama. Tengo una pila de libros en la mesa de noche que voy intercalando noche tras noche en desorden hasta que se me cansan los ojos, me pesan los párpados y ya no me puedo concentrar. Cierro los ojos. Duermo. No necesito ni ruido, ni voces, ni podcasts, ni apps de meditación, ni sonido de lluvia, ni pastillas, ni valeriana, ni gomitas de melatol. Duermo sin más, como lo hice alguna vez y lo he olvidado.
La fantasía, la crueldad de esta fantasía, es que está al alcance de mi mano. No necesito ser millonaria, ni tener otro cuerpo, ni tener otra vida, ni haber nacido heredera, ni ser más inteligente. No. Solo hace falta que deje el teléfono afuera del cuarto y me entregue a la noche de descanso como supe hacer durante tantos años. Dormir como dormía antes de que perdiera la capacidad. Aunque el teléfono es, por supuesto, el principal culpable del deterioro del sueño de la mayoría de la población, siento que en mi biografía el quiebre es previo, o independiente a la presencia fatal del aparato en mi mano. ¿Y cuándo pasó eso? Me gusta fijar la fecha en la muerte de mi padre, porque es la primera vez que tomé medio clonazepam para conciliar el sueño. No sé si esa medicación constituyó el fin de la inocencia del pernocte, o si fue la orfandad la que me quebró las noches en muchos pedacitos. Algo de ambas: el problema, el síntoma y su cura, que se dieron en el mismo momento y que, como la sensación de ser hija completamente, nunca pudieron volver. Hace poco escuché a Sebastián Wanraich, un conductor de radio argentino, decir que si hoy en día tienes más de cuarenta y duermes bien, eres un psicópata. Yo coincido, solo que tengo treinta y cuatro. Deberían quedarme seis de gloria más los cuatro que he perdido. ¿Qué pasó entonces? Fitzgerald, cuando escribió sobre el insomnio, decía lo mismo: el sueño se daña después de los cuarenta. ¿También me he adelantado a esto? ¿Toda mi precocidad es una maldición que no cesa?
Por supuesto, tengo épocas. Hay semanas enteras en las que duermo ocho tremendas horas y puedo hacerlo sin ninguna clase de medicación. Hay otras, en cambio, en las que la noche es una línea interrumpida. Una serie de puntitos salpicados en los que casi no consigo descansar y tengo que tomar distintas cosas: entre químicas y no, para que mi cuerpo se apague. No sé a qué responde cada temporada. No es directamente proporcional mi sueño fatal con la angustia de la vida. No lo es, tampoco, con la actividad física, con el agotamiento, con la felicidad o la tristeza. Se presenta con absoluta arbitrariedad y yo tengo que trabajar con lo que me deja. ¿Es insomnio? No, es algo peor. Una forma diferente que tiene el sueño. Si me despierto solo una vez en la noche, lo considero un triunfo. Si me despierto varias, pero la mañana me garantiza 3 horas seguidas de profundidad, estoy del otro lado. Hay dos cosas que, por supuesto, lo empeoran. El reloj inteligente que me dice que he dormido mal incluso cuando me siento descansada y es verano en Madrid.
No es únicamente el calor, aunque es gran parte. Todavía no puedo creer que a las doce de la noche una ciudad pueda estar a treinta grados. Me angustia que nunca se enfríe, que nunca descanse su estructura del sol abrasador de las seis. Como si el concreto, los árboles, los carros, las plantas, el material del que están hechos los andenes, los bancos de la calle, todo eso necesitara enfriarse para volver a empezar. Pero el problema es incluso previo: en la vigilia de la mitad de año, en la festividad, en la luz. ¿Cómo me voy apagando si a las nueve todavía está el sol en el cielo? No estoy de vacaciones. La ciudad está de vacaciones, el país está de vacaciones, el continente está de vacaciones, pero yo trabajo para otro hemisferio, donde hay frío, poca luz y mal humor. No puedo tomarme el tiempo como si este verano también fuera mío. Me desorienta tener que armar una rutina con luz hasta las diez y media. Irme serenando recién a las dos, tres de la mañana, después de volver de tomar algo con alguien, de caminar, de dar una vuelta, de tomar “unas cañas”, de “quedar”. Me acuesto con el corazón en la mano y la emoción en la boca. Todo está tan vivo, palpita tan fuerte, está tan a punto de ebullir que yo no puedo conciliar el sueño. ¿Será así en otoño? Deseo que lleguen meses de frío para después quejarme de ellos y extrañar este verano. Quiero tener una rutina serena, silencio, calma, irme a mi casa a más tardar las seis, hacer la comida, ver la televisión, ver alguna serie, consumir netflix o hbo, dejar pasar horas y horas de televisión que no me gusten, aburrirme y acostarme, vencida, a las once, quizás doce, como tarde a la una.
El verano es, también, el insomnio. La falta de sueño, la compulsión por consumirlo todo, verlo todo, hablarlo todo, en una ciudad que parece suspendida en un sueño del que salen y entran personas que vuelven y van de lugares. El verano que está por terminar y que por un azar inexplicable del destino yo tuve que pasar entero en la ciudad, es el sofoco de todo el día, la búsqueda frenética de una piscina y la soledad de los que nos hemos quedado, obligados a pasar tiempo con los otros desafortunados que están aquí. Es conocer a una ciudad estática, suspendida en una bruma caliente y despierta, con pocos eventos pero en vilo, tiendas cerradas, gente que responde desde lejos, silencio y agobio, y al mismo tiempo luz y calor. Yo acá, espero. No duermo bien. Eso de antes. Eso de ahora. Y también espero a que la vida empiece, con esa sensación del fin del verano de que algo está por pasar.
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