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Ya no hay verano
Me gusta la finitud para así poder saborear más las cosas.
2 de septiembre 2026
Que los veranos se acaban, ya lo sabíamos. Y, pese a reconocer que el tiempo siempre gana, el verano es el único momento del año que suele ponernos a todos de acuerdo, al menos, en una cosa: queremos exprimirlo al máximo porque tenemos la certeza de que se está yendo. Es una batalla perdida desde antes de que suene el pitido inicial, pero qué más dará eso cuando el mar suena de fondo y tu reflejo en el espejo se ve más moreno cada día. Lo vives hasta el último rayo de sol. Y si la cosa viene mal, pues ya iremos viendo.
El verano es como un trincherazo de Curro Romero en Sevilla. Tres segundos de un peso incalculable e intangible. Un espacio de tiempo breve que eres capaz de recordar toda una vida. Una brisa que, cuando ha terminado de acariciarte, te hace abrir los ojos y, sin darte cuenta, de repente han pasado dos meses y afuera cae la primera tormenta que marca el pitido final.
La lluvia veraniega huele todavía a esa humedad que deja el final de agosto en el aire para que no te olvides tan pronto de él. Porque el verano es como la colonia de tu ex, no la tienes presente siempre, pero el día que pasa por tu lado te desestabiliza. Te noquea, porque la memoria es como un caballo desbocado. Un paso a trompicones por algo que realmente no sucedió de esa manera. O sí, pero nunca lo sabremos del todo.
El origen de la palabra recordar viene del latín “recordaris”, formado por re (nuevo) y cordis (corazón). Algo así como volver a pasar por el corazón. Al diseccionar con la mayor de las cautelas los veranos que vivimos en aquellos años en los que la resaca era simplemente un estado físico y mental al que hacían referencia nuestros hermanos mayores, uno se para más de lo que debería en todas las esquinas habidas y por haber. Se permite el lujo de recordar una versión borrosa de lo vivido y, si el tiempo y el lugar se lo permite, se sienta para paladearlo una vez más. Uno juega, sin querer, a mirar más de la cuenta por el retrovisor, que no está mal, pero corre el riesgo de perderse lo que viene. Por eso me gusta que los veranos se acaben. Que todo se termine en general. Las películas, los libros, las conversaciones con amigos. Me gusta la finitud para así poder saborear más las cosas.
Ya no hay verano ahora y el casillero empieza de cero. Las pantallas vuelven a encenderse y los mails se cuentan por docenas. No hay que echar de menos el verano, no. Si acaso hay que recordarlo. Como si fuera el último, que tampoco lo sabemos.
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