Costumbres

Hay que mojarse

Al igual que no puedes ir a la playa con el miedo de volver a casa lleno de arena en los tobillos, no puedes querer a medias.

19 de agosto 2026


Hace una semana me desperté a eso de las cinco de una siesta de verano, sin prisa, y decidí ir a la playa. Así que agarré una toalla, crema, un libro y lo metí todo en la bolsa para poner rumbo hacia la Caleta. En principio todo era maravilloso, como de dibujos animados. Comí algo de fruta y me eché crema. El sol apretaba, pero con calma. Te daba el espacio que le pedías, como Owen Wilson a su novia insoportable en Midnight in Paris, pero mejor porque no tenías que escucharle. La escena, en general, era perfecta, pero ya sabemos que todo tiene un final. 


La marea estaba altísima y casi no había hueco en el que uno pudiese poner la toalla sin tener que estar con un ojo tomando el sol y con el otro pendiente del agua. Decidí no vivir más en la incertidumbre y me subí a una roca en la que deposité mis cosas. Qué le vamos a hacer, a veces la vida es incómoda.


Entonces fue cuando presencié la escena que cambiaría mi día por completo. El agua llegó hasta una chica que estaba tumbada en una toalla y la empapó entera. Ella permaneció impasible ante la inundación, se levantó y dejó la toalla secándose en una roca para después seguir tomando el sol, esta vez a pelo. Caí en la cuenta de que en ese instante había una persona que vivía muchos más que feliz otra, joder, simplemente vivía. La chica me estaba dando una lección sin necesidad de palabras. En vez de preocuparse por mojarse o no, vivía. En cambio, yo vivía pendiente de otros factores que me hacían no disfrutar de la playa.


Aquello fue un mero ejemplo de que hay que dejarse llevar en ciertas ocasiones. Al igual que no puedes ir a la playa con el miedo de volver a casa lleno de arena en los tobillos, no puedes querer a medias. No puedes querer caer de pie siempre y sin un rasguño. Hay que mojarse cuando toca. Quedarse hablando con los amigos un martes hasta tarde aunque haya que trabajar al día siguiente. Darlo todo en la pachanga de los miércoles. Mancharse la boca de tomate comiendo pizza. Es como si vas a una cita con una chica que te encanta y le dices que lo sientes mucho, pero que hoy no vas a decirle lo guapa que está o lo mucho que te gusta. Que tienes miedo a que dentro de cuatro días no quiera saber nada más de ti.


Gloria Soto tiene un poema que resume a la perfección este pensamiento: “Como si vas a París un día cualquiera de febrero y llueve / y te quedas en el hotel porque no te quieres mojar”. 


No hay nada peor que quedarse con las ganas por ser cauto de más. Bueno sí, volver de la playa y que parezca que vienes de la piscina.

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