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El aeropuerto y mis normas
Una vez pasada la seguridad, lo que viene después tampoco favorece mi estado de calma.
24 de agosto 2026
El verano nos pone a prueba en todos los sentidos: nos expone al calor, a nuestros complejos, a la pérdida de paciencia, a la planificación o a la falta de ella y desordena cabeza e intestinos sin miramiento alguno. Recuerdo un anuncio de la marca de bebidas Aquarius que cerraba con la siguiente frase: el verano hace bueno al invierno. Idea que cada año vuelve a mí cual boomerang. Son muchas las ocasiones en las que me acuerdo de ese spot; sin embargo, dicha consigna alcanza su apogeo en la cola para pasar el control de aeropuerto durante el mes de agosto. Yo creo que veraneamos una vez al año para olvidarnos de lo que supone presenciar un aeropuerto abarrotado hasta el verano siguiente. La gente que dice que su hobby es viajar claramente está obviando el trámite aeroportuario.
Pocas cosas te acercan más a una persona que compartir un viaje en avión en temporada estival. Estoy convencida de que, para conocer de verdad a alguien, lo mejor que puedes hacer es coger un vuelo en verano. En un aeropuerto no puedes ocultar tus taras, las costuras están a la vista, es algo íntimo, diría que es casi una actividad de riesgo para cualquier relación que no esté lo suficientemente afianzada.
Para alguien con personalidad tipo A, viajar en avión es un examen final y empieza mucho antes de que salga el vuelo. Todavía recuerdo con terror el día en el que a una amiga se le olvidó hacer el check-in y debido al overbooking tuvo que coger el siguiente vuelo 4 horas más tarde. Tampoco fue un drama, pero digamos que esperar durante cuatro horas en un aeropuerto pérdido de la mano de Dios no es mi tipo de plan de domingo.
No me hago muy responsable de la persona en la que me convierto en un aeropuerto. Quizás debería, pero no sé ser de otra forma. Soy la niña repelente que llega con una antelación prudencial pero no excesiva, la que evita viajar con cinturón para no retrasar la cola, la que se pone de las primeras para embarcar y la que respeta las normas de educación básicas. Por eso me pongo de muy mala leche cuando veo pasajeros que no actúan de la misma manera.
Me enfado y me frustro porque viajar no es tan difícil, pero la gente lo complica. Nada más llegar, al igual que George Clooney en aquella escena de Up In The Air, intento analizar las colas del control de seguridad. Me fijo en cuál será la más eficaz y en cuál habrá menos jaleo, y aún así, siempre hay alguna sorpresa: un gigantesco bote de gel en el bolsillo oculto de una mochila, unas botas tobilleras que no se pueden pasar por el arco, uno que se cuela porque va tarde… Da igual el qué, el caso es dejar a mi pobre maleta sola y desamparada mientras me toca el control aleatorio.
Una vez pasada la seguridad, lo que viene después tampoco favorece mi estado de calma, porque en un aeropuerto, a no ser que seas la persona encargada de abrir el embarque, no hay calma alguna. La gente corre despavorida de un lado a otro, se le caen las cosas, se cuela descaradamente, no sabe respetar las filas, mueve las maletas sin importar con qué arrasa a su paso y se olvida hasta de caminar.
El primer vuelo comercial se realizó entre las ciudades de Londres y París allá por el 1919 y desde entonces habremos mejorado los aviones pero hemos empeorado la logística personal. Miro las fotos de antes y volar no es lo que era. Sé que el motivo por el que viajar era sustancialmente más elegante está estrechamente relacionado con el privilegio que suponía hacerlo. Sin embargo, lo que yo me pregunto es dónde quedan algunas normas de educación o de decoro en el siglo XXI. Todavía recuerdo cómo mi madre nos vestía guapos para ir al aeropuerto, aunque fuera tan solo para ir a recoger a mis abuelos.
Son muchas las ocasiones en las que me he encontrado con pasajeras (siempre han sido chicas) con parches en las ojeras para vuelos con una duración inferior a una hora. También con rulos en el pelo o pintándose las uñas, apestando todo el avión a esmalte, el equivalente de desconsideración olfativa a abrir una mandarina en el tren.
Mientras esperamos para embarcar, me dice mi amiga que soy un poco exagerada, que no puedo ponerme tan estricta. Ella solo considera oportuno criticar todo comportamiento que moleste al otro, como ir hablando a todo volumen de las inversiones que tiene que hacer tu empresa, comer alimentos apestosos o quitarte los zapatos y colocar los pies en el reposabrazos delantero. Sólo faltaría. La verdad es que tampoco es que yo les diga nada, tan solo observo, refunfuño para mis adentros y dejo que cada uno haga con su vida y su comida lo que quiera, aunque luego lo use como material incendiario para un artículo.
Miro a mi alrededor y pienso en que podría criticar muchas cosas, pero no lo hago. Podría criticar por ejemplo por qué tanta gente tiene tantas cosas que preguntarle al personal de tierra. Yo en la vida he tenido que preguntarles nada. También comparo el tamaño de mi maleta con el de otros pasajeros; si ellas pasan, mi maleta pasa seguro. Y me fijo en las familias con niños, valoro si sus niños son realmente niños o tienen ya una edad como para beneficiarse del embarque prioritario. Mi amiga está con el teléfono, a mi lado, obligada. Ella es de las que entra tarde, se olvida el DNI en la cafetería en la que evidentemente ha parado a comprar un café y no le queda casi batería. Hemos viajado mucho juntas; ya nos conocemos. Yo llego antes y ella, si me pilla, se coloca a mi lado para entrar en el avión, cosa que probablemente también criticaría si yo no fuera yo.
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