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Vivir es ver volver
Nado entre imágenes burdas, irónicas, divertidas, reales; imágenes que siguen explicando la historia de una ciudad
10 de abril 2026
Nado entre imágenes burdas, irónicas, divertidas, reales; imágenes que siguen explicando la historia de una ciudad
Imagen superior y de portada: Marbella, 1974.
Colecciones Fundación Mapfre
© Pérez Siquier, VEGAP, Barcelona, 2026
«(...) Cuando la vida agrisa sus colores
vuelvo al fulgor dorado de la Isleta
y me miro en su espejo boreal
y escucho con fervor su eterna música,
su llamada amorosa y persistente:
“No te olvides de mí, no me abandones,
recuerda que en las olas de mi playa
vive aquel sueño que una vez soñaste”
Vivir es ver volver, como dijo el poeta»
Isleta del Moro - Francisca Aguirre, 1930
Mi primer viaje en avión fue a Almería, tenía 2 meses recién cumplidos. Habrá quien piense que Almería es un primer destino poco emocionante, pero no es lo emocionante, sino lo emocional, lo que realmente importa aquí. Imagino que mi madre no quería demorar más el momento de presentarle su hija a su tierra. De pasearla por donde ella había paseado toda la vida y de decirle a sus calles, su barrio y su playa: «mirad, ahora tengo un bebé».
A ese viaje le han sucedido otros muchos, y a día de hoy me costaría enumerarlos teniendo en cuenta que ha sido la opción predilecta de nuestros veranos, puentes largos, semanas santas y navidades. He crecido toda mi vida con un viaje a Almería en el horizonte, tanto es así que casi no me ha dado tiempo a echarla de menos. Sin embargo, siento que desde mi último viaje ha pasado una eternidad.
La última vez que fui a Almería fue para despedir a mi abuelo, en septiembre, y, aunque fue hace relativamente poco, a mí se me está haciendo largo. ¿Se puede estar falta de un lugar? ¿Saldría reflejado en unas analíticas?¿Me podría recetar algún médico la talasoterapia almeriense?
De momento estoy lejos de que me convaliden una baja por deficiencia marina, y menos, viviendo en Barcelona, pero resulta que ante mi anormal ausencia, ha sido Almería la que ha venido a mí, como si me hubiera dicho a la cara: «¿No vienes? Tranquila, que ya vengo yo».
El sábado pasado visité la exposición de Carlos Pérez Siquier (Almería, 1930-2021) en Fundación Mapfre, muy cerca del mar, casualmente. Dicha exposición rinde homenaje a la trayectoria de uno de los fotógrafos más relevantes en la historia de la fotografía en España, cuya mirada marcó un antes y un después en la forma de retratar la cotidianidad de una provincia históricamente desamparada.
La obra de Pérez Siquier evidencia un fenómeno que se da en la provincia de Almería, y es que para saber mirarla y amarla, hay que vivirla. Sus fotografías parten de la observación y el encontrar lo bello en lo llano. Su trayectoria es una constante búsqueda de la belleza sin olvidar el valor documental. Si bien una vida puede explicarse a través de los lugares que uno habita, para nuestro fotógrafo el viaje inicia con el acercamiento a La Chanca, un barrio humilde sin aparente importancia, del que Pérez Siquier es capaz de arrancar la alegría y la resistencia en una comunidad periférica marcada por el subdesarrollo, mirando donde otros apartaban la vista.
El ojo que mira y fotografía no enfatiza la miseria, sino la normalidad dentro de ella. Es una primera etapa que bebe del neorrealismo italiano y que indudablemente nos lleva a pensar en el Ladrón de Bicicletas, en el que la pobreza es el marco, pero no es la protagonista. A medida que avanza la retrospectiva y el color entra en juego, empiezo a reconocer la ciudad. Me empiezan a sonar las calles y percibo una estampa que he visto miles de veces desde lo alto de la Alcazaba.
Poco a poco me adentro en la exposición y me permito el lujo de bucear. Avanzan los años y las etapas de Pérez Siquier y llego por fin a la playa. Ahora sí que he llegado a casa.
Con la llegada del turismo, la ciudad cambia y así lo hace también el sujeto retratado y el lenguaje visual del autor. Lo cotidiano sigue siendo el eje central de su obra, pero desde un prisma pop, acorde a la efervescencia del turismo de masas. Nado entre imágenes burdas, irónicas, divertidas, reales; imágenes que siguen explicando la historia de una ciudad que ahora mira a la playa de cara. Los bañistas que hoy se agolpan en la costa almeriense son los mismos que había en los años 70. Reconozco esas barrigas, esas piernas y esos bañadores apretados y húmedos. Veo esos muslos tostados por el sol y me inunda una sensación placentera y me da la risa.
Es como si estuviera allí. Como si pudiera oír a las señoras comentando qué harán de comer o decidiendo si irán a hacer cola para recoger el abanico de la Feria. La exposición me muestra una cara demasiado familiar, un retrato que se ajusta a la realidad a la perfección a pesar de haber años de por medio. Reconozco en esas imágenes mis veranos y me alegra que Almería haya venido a verme, lo necesitaba.
Artículo publicado en colaboración con Fundación Mapfre
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