Helen Levitt: el tiempo de Kairós
Hasta el 17 de mayo Fundación Mapfre acoge una exposición que roza el misterio del tiempo
24 de marzo 2026
Por Paula Amo
24 de marzo 2026Hasta el 17 de mayo Fundación Mapfre acoge una exposición que roza el misterio del tiempo
Foto superior: New York, c.1945 Gelatin Silver Print © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne
Los antiguos griegos no concibieron un mundo creado. Los dioses áticos, a diferencia del Dios cristiano, no tenían la capacidad de crear ex nihilo. El tiempo tampoco podía crearse ni destruirse. Parménides, en su poema, niega el pasado y el futuro al hablar del Ente y enlazarlo con el tiempo:
«Ni en algún momento era ni será, pues ahora es al tiempo todo,
Único, contínuo: pues ¿qué nacimiento buscarás de él?
¿Cómo, de qué manera creció?[…]»
El mundo y toda su materialidad se encontraría entonces desde siempre sumida en un continuo fluir de temporalidad sin principio ni final en el que se daría el ente. El ser verdadero y digno de estudio que se daría en un tiempo eterno sería indiscutiblemente también él mismo eterno.
Este es el tiempo de Aión (Aιων), deidad de la eternidad1. Tradicionalmente se le ha representado con aspecto de niño y viejo a la vez. Se trata de un tiempo perfecto, completo en sí mismo, autosuficiente, acabado de alguna manera. Un tiempo divino, un tiempo más adecuado para medir las edades de las rocas2 que las de los seres humanos. Un tiempo bueno pero ajeno, sin pathos, inmutable.
En nuestra mente irrumpe entonces amargamente el problema de la corrupción de la materia, la cuestión escatológica, el asunto de las postrimerías de la carne: el problema humano. En un tiempo infinito, en el que no hay pasado ni futuro, ¿por qué perecen las cosas? ¿Cómo es siquiera posible la muerte?
Antes de que el cristianismo surgiese, de que el verbo se hiciese carne, de que lo infinito tomase una forma finita, de que lo divino se hiciese humano, de que -incluso- el origen del tiempo fuese explicado a partir de la figura de un Dios no sólo bueno, sino también Creador del cielo, de la tierra y del tiempo, antes de todo esto, la explicación recaía en otro tipo de tiempo.
Aión no fue suficiente por no explicar la muerte. Lo humano agrietó la perfección del tiempo eterno y por esta hendidura se filtró urgentemente otro tipo de tiempo. El sucio tiempo de Cronos (χρόνος). Un tiempo cruel en consonancia con lo humano. Hijo de Urano y Gea, padre de Zeus, Cronos es también el rey de los Titanes. Ha sido representado comúnmente como un hombre maduro, devorador de todo y de todos, incluidos sus propios hijos para poder mantener su poder. El titán Cronos pasa a ser en Roma Saturno, dios de las cosechas y los campos, responsable de dictar los tiempos de cultivo.
“Saturno queriendo saber la estabilidad de su Reino, tuvo por respuesta de un Oráculo, que le despojaría de él un hijo suyo. Con este temor dio orden de que se criasen las hijas, que tuviese en su mujer Rea, o Cibeles, y los varones que parían se los comía el mismo. Hallándose Cibeles preñada huyó a la Isla de Creta, en donde de un parto dio a luz a Júpiter y a Juno (...)". Ovidio en el libro IV de los Fastos.
El motor de su avance se nutre de los estragos que causa en todo cuanto toca. Es el dios del tiempo secuencial, del tic tac del reloj, de las casillas del calendario, el tiempo en el que todas estamos sumidas, el que pasa a igual velocidad para unas y otras, el tiempo cuantitativo y normalizado. Tiempo de edad y muerte.
Una tercera vía se abre escapando de la dualidad divino-humano, eterno-temporal, infinito-finito, encontramos un tiempo extraño: Kairós (Kαιρός), el tiempo del instante. Kairós es el tiempo extraordinario de la oportunidad, de la ocasión, el tiempo del momento decisivo. No es lineal ni tampoco circular. En él se encuentra la posibilidad de subvertir el orden de los tiempos, de alterar el curso de los acontecimientos, de desplegar un orden diferente de las cosas que aún no nos es conocido. Es la potencialidad, el quizás, el a lo mejor. Lo no seguro, lo incierto, lo probable y lo improbable. Es el tiempo del deseo, de la promesa, de lo no consumado.
Es encarnado por un joven con un mechón de pelo muy largo en la frente y completamente calvo en el resto de la cabeza. A la ocasión la pintan calva porque o se le atrapa nada más verla aparecer por el flequillo o se pierde la oportunidad. Por eso en la nuca no tiene nada de pelo, porque una vez pasa y nos da la espalda ya no tenemos por dónde agarrarla.
Kairós sólo pasa una vez en la vida para hacer cambiar nuestro destino. Kairós no exige ni espera nada de nosotros, no necesita devorarnos. Simplemente pasea por nuestro lado con desgana y se va. No se anuncia, acontece.
El instante decisivo
En la fotografía, Kairós trasciende el plano del tiempo y se inserta en también en el espacio. En la conjunción de ambos: el instante decisivo. Para Soren Kierkegaard el instante es la concentración de toda la eternidad en un fragmento ínfimo: un auténtico sinsentido, la auténtica paradoja. Por ser improbable, resulta extraordinario. San Pablo de Tarso escribe en griego y usa el término “kairós” para referirse a la encarnación de Dios en Jesús, al narrar la Resurrección y para contarnos su propia conversión.
Concentrar en algo tan pequeño algo infinito hace de ello algo profundamente significativo. Un acto de pura fortuna —haber conseguido agarrar a Kairós— puede conectar lo universal con lo particular, permitirnos el acceso a través de una fotografía a otro plano, rozar lo trascendente.
Desde el pasado 19 de febrero y hasta el 17 de mayo Fundación Mapfre acoge la exposición de la obra de Helen Levitt comisariada por Joshua Chuang.
Contemplando su obra podemos llegar a pensar que Kairos fue uno más de los vecinos de los barrios obreros de Nueva York en los que Levitt desarrolló su obra durante el siglo pasado, alguien que no dejaba de pasar delante de su cámara Leica una y otra vez.
La sucesión de los instantes hace sospechar que esta sucesión de encontronazos con la oportunidad perfecta no puede darse de manera natural y que, quizás, exista algo de provocación. Provocar a la realidad con el fin de que nos muestre su realidad última, de violentar una oportunidad, perseguir un significado que desborde el molde de lo cotidiano pero desde lo cotidiano mismo… Encontrarse al acecho del instante, rasgar las apariencias. Hacer estas fotografías.
La muestra ofrece un recorrido por la obra de Levitt a través de una selección de aproximadamente 200 piezas que comienza a finales de los años 30. Entonces, Levitt comenzó a fotografiar las calles del Harlem hispano y el Lower East Side. Los protagonistas de esta época son mayoritariamente migrantes que posan en las calles sin asfaltar, se asoman a ventanas, fuman, duermen en el descanso sobre el camión de reparto. Niños bailando.
No es casual que Levitt fuese alumna de Henri Cartier-Bresson, el fotógrafo del instante por antonomasia. La autora hereda este instante y lo desplaza al barro, donde lo hace estallar fotografiando a una realidad extremadamente dura en la que la crudeza se mezcla con la inocencia.
Pese a declarar que siempre odió viajar, Helen Levitt viaja en 1941 a Ciudad de México para hacer fotografías.
A partir de los años 50, comienza a experimentar con carretes de color y tintes. En 1959 recibe una beca Guggenheim para investigar nuevas técnicas cromáticas. Este progreso en la técnica se alinea con el veloz desarrollo de la sociedad de consumo. En las fotos se van colando anuncios de colores estridentes y publicidad de grandes multinacionales en los fondos en las calles neoyorkinas; sin embargo, no deja de poder distinguir en su forma de disparar una continuidad con sus primeros trabajos. La espontaneidad, la inocencia y cierta ambigüedad inquietante siguen estando presente en las imágenes.
Además, la exposición acoge también la proyección del cortometraje In the Street, rodada y dirigida en 1948 por Levitt junto con Janice Loeb y James Agee. Levitt se dedicaría al cine además de a la fotografía. Esta breve película nos permite asomarnos a las calles del Spanish Harlem, tomadas por niños que juegan con el agua de una boca de incendios, se tiran harina o se disfrazan con máscaras. Crudo, sincero, entrañable, este escenario despliega ante nosotros una realidad tan profunda como frágil.
Además, la exposición muestra también una selección de fotografías a color escogidas por la autora pasadas por diapositivas.
En sus últimos años de producción, Levitt regresa al blanco y negro. Su serie de fotos en el metro realizada durante los años 70 muestra, de nuevo, lo inquietante del encontronazo de la sensibilidad con la realidad en el momento preciso.
***
De los tres tiempos griegos, sin duda que la buena fotografía parece un arte aparecido del mismo Kairós. Como todo misterio inasible, solo se puede rozar. Pero este rozamiento existe en la obra de Helen Levitt expuesta3 en las paredes de Fundación Mapfre.
1 Aιων significa eternidad.
2 En geología, la unidad más común de medida es el eón (aión). Generalmente, equivale a mil millones de años.
3 Durante unas semanas
Artículo publicado en colaboración con Fundación Mapfre
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