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Infames ilustrados
Cómo los memes se han convertido en nuestra pittura infamante
14 de abril 2026
No es nada extraño que, en un paseo rápido por las redes sociales, uno se tope con la caricatura grotesca del último personaje viral —frecuente y tristemente, un político— que, en su desfachatez, ha osado emplear su aparato estomatognático para granjearse el escarnio público. Imágenes de rasgos exagerados y llevados al ridículo que, en tan solo unos clics, dan la vuelta a la esfera global de internet, dejando peor que mal al más pintado.
Sin embargo, esta pulsión por usar la imagen como diana de burlas y ludibrio no es nueva, ni siquiera actual. La infamia ya fue retratada con nombre y apellidos en la Italia de los siglos XIII al XVI con la pittura infamante.
La pittura infamante, tal y como la define Samuel Y. Eggerton Jr. en “Pictures and Punishment”, son aquellas efigies hechas por encargo que ilustraba a los enemigos de Florencia (y de otras partes de la Italia renacentista) tratando como a tales a deudores, traidores y criminales. Los sujetos de estas pinturas eran retratados en posiciones humillantes, con frecuencia colgados boca a abajo o, en ocasiones, con animales considerados degradantes como cerdos o serpientes (no, no eran retratados en el Despacho Oval). Colgadas en sitios públicos tales como edificios y plazas, se convertían en el recordatorio permanente de su falta: una forma de justicia social que transformaba la vergüenza en escarmiento y espectáculo público. La imagen no era meramente ilustrativa; propugnaba el castigo y la memoria colectiva, así como servía de advertencia para los despistados transeúntes que se topaban con ellas. Una especie de “la haces, la pagas” pero con menos riesgo legal de granjearte una demanda.
Por sorprendente que parezca, este género de imágenes se convirtió en uno de los primeros ejemplos de mecenazgo para artistas. La mayoría de estas pinturas eran comisionadas por gobernantes de las ciudades-estado, habitualmente para señalar públicamente a rivales políticos como manera de acusarlos de traidores. En una época en la que la mayor parte de la población era iletrada, no era difícil adivinar que las imágenes tenían el poder convertirse — como describe Gherardo Ortalli en su libro Pittura Infamante — en la escritura de los analfabetos, además de una potente herramienta de propaganda.
En la gran mayoría de estos retratos tan poco favorecedores se advierte a la pobre víctima colgada boca abajo, en ocasiones sostenida de un sólo pie, de una manera que evoca ciertas representaciones de Judas Iscariote, que — en contexto religioso — también es símbolo inequívoco de la vergüenza y el arrepentimiento.
Para aquellas personas dadas al noble arte de la cartomancia, estas ilustraciones le recordarán sin lugar a duda a la carta del ahorcado del tarot, especialmente del Visconti Sforza. Esta carta en las artes adivinatorias tiene, no erradamente, el significado de la espera o el sacrificio personal, muy apropiada para alguien a quien han dejado literalmente colgado.
No obstante, el espacio digital que conforma nuestras plazas públicas en la era de la tecnología no precisa de antecedentes o contexto de la víctima de los ataques visuales. En muchos casos, una imagen sólo es acompañada de un escueto chascarrillo a modo de marco, como un refuerzo de la chanza que navegará a toda velocidad por delante de las pantallas de los despistados usuarios abducidos por el doomscrolling. Un político puede ser pillado en un lapsus y, en menos de una hora, ya ha sido condenado, sentenciado y decorado con un filtro de caricatura que lo convierte en algo parecido a un personaje de cómic. La justicia, en ese caso, no es un proceso: es una reacción en cadena.
La pregunta que emerge, entonces, no es si la humillación visual es efectiva —lo es, y siempre lo ha sido—, sino qué líneas cruzamos cuando la ignominia se desliga de la justicia y se transforma en espectáculo. La imagen, eterna compañera del juicio social, nos recuerda que la infamia y la notoriedad conviven desde siempre, sólo que ahora, gracias a las redes, la plaza pública cabe en un smartphone y lo que es peor: la gente sigue acudiendo hambrienta de castigo.
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