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Hot Chicken
Eric André entró en el metro con un collarín de perro puesto, un garrafón de leche y una caja de cereales Froot Loops.
28 de mayo 2026
Eric André entró en el metro con un collarín de perro puesto, un garrafón de leche y una caja de cereales Froot Loops.
Al parecer, sólo hay dos clases de gallinas: las que cruzan la carretera y las que no.
Cuando hablamos de artistas, más allá de la calidad de su obra está la cuestión de si son capaces de sorprendernos. Es inevitable establecer una relación entre conformidad y consolidación de un estilo formal. Un profesor que tuve en la facultad solía decir que cuando una artista ya sabe lo que va a hacer antes de ponerse a trabajar, entonces no está haciendo bien su trabajo. A mi modo de ver, esa dinámica tiene más sentido aplicado al público: cuando ya sabemos lo que un artista va a hacer, no nos están dando un buen servicio. Una autora debe ser copiada por otras autoras, no por ella misma. El rango en que una artista puede moverse debe exceder la definición que el público tiene de ella. Pienso en Harry Melling, por ejemplo, el actor que interpretó a Dudley Dursey en Harry Potter y que el año pasado se marcó con Pillion un volantazo de primera categoría. O en Elle Fanning, que apareció en Sentimental Value resignificando las expectativas que podemos adjudicarle.
Con los intérpretes es fácil medir ese espectro de acción. Sabemos, por ejemplo, que Clint Eastwood no va a interpretar a un chapero heroinómano que se la chupa a un demócrata. Sabemos que Kevin Hart no va revolucionar las adaptaciones de Shakespeare. Sabemos que Vin Diesel no va a salir en la próxima película de Jim Jarmusch. Sin embargo, podemos sospechar que Lena Dunham aparezca en la próxima de Scorsese o que Viggo Mortensen decida adaptar al cine Luces de bohemia.
En este sentido, Adam Sandler es más complejo que Chris Evans. No importa que lo tengamos codificado como un imbécil que lleva treinta años diciendo tonterías, mal que nos pese existe Uncut Gems, Spaceman o The Meyerowitz Stories. Esas incursiones en la calidad pueden argumentarse desde la anécdota, en un equivalente profesional del turismo social donde un icono de la cultura popular pasa el rato con amigos de la industria, pero si Sandler no merece reconocimiento por Uncut Gems entonces ya podemos lapidar a Timothée Chalamet en la plaza del pueblo.
A mi modo de ver, los artistas más valiosos son quienes que no se ajustan a un formato. No hablo de Rosalía saliendo en la última temporada de Euphoria y anunciando consecutivamente un perfume llamado Euphoria. Tampoco hablo de Eminem interpretándose a sí mismo en una película sobre un rapero. Ni de Rihanna. Ni de Will Smith.
De lo que estoy hablando es de personas como Jack Antonoff, que es capaz de producirle un álbum a Taylor Swift y otro a Kendrick Lamar mientras se marca uno de los mejores discos de indie pop del siglo con su banda Bleachers. No de Dwayne Johnson siendo Dwayne Johnson en doscientas megaproducciones en las que básicamente sólo varía el color de su camiseta, sino Tom Hanks siendo la voz de Woody en Toy Story 2 el mismo año que interpreta a Paul Edgecomb en La Milla Verde. No de Chuck Palahniuk intentando repetir el monólogo interior de El club de la lucha por enésima vez, sino de Vila-Matas yéndose a la Documenta de Kassel a ver qué pasa.
Hay algo placentero en no saber por dónde nos van a salir. Ahí están Emma Stone oscilando entre La La Land y el putísimo Yorgos Lánthimos, Adam Driver entre Paterson y Star Wars, Lady Gaga colgada de cables en el intermedio de la SuperBowl y cantando a la luz de las velas con Tonny Bennett. Nick Cave, Kae Tempest, Tracey Emin, Paul Thomas Anderson. Cada cual con sus respectivos márgenes de calidad y coherencia, pero todos ellos inscritos en la amplitud de rango.
Dicho esto, mi última sorpresa ha sido Eric André.
Estoy hablando nada menos que del autor de Hot Chicken, cuya letra consiste en la siguiente maravilla:
Hot Chicken
Tell my what you're missing
I kissed another man while
Workin' in the kitchen
La misma persona que entró en el metro de Nueva York disfrazado de centauro con dos tartas de crema que se le cayeron sobre los pasajeros.
La misma que, en otra ocasión también en el metro, entró con un colllarín de perro puesto, un garrafón de leche y una caja de cereales Froot Loops. Acto seguido anunció: "Damas y caballeros, tengo malas noticias. No he conseguido el trabajo en Froot Loops. Mi cuerpo es ahora vuestra comunión. Por favor, comed de mí. Bebed de mí". Y procedió a llenar el collarín de leche y cereales, sepultando su rostro en la mezcla. Armando, por supuesto, un cristo de tres pares de cojones en el vagón, poniéndolo todo perdido y haciendo que la gente entrase en pánico.
Esta misma persona, que ha aparecido en películas de serie B como The Internship y Happy Gilmore 2 interpretando papeles extremadamente menores, ha publicado un álbum de música pseudo-clásica bajo el nombre de BLARF. Se titula Film Scores for Films That Don't Exist y es una maravilla.
Al parecer, el mismo André que hizo esperar a un invitado mientras hacía que la banda de su lateshow paródico comiese gachas con las manos, estudió bajo en la universidad de Berkeley. El mismo que hizo que el sillón en el que Jaden Smith estaba sentado pariese un silloncito, tiene formación de director de orquesta.
Y no sólo es una sorpresa que haya sacado este álbum, sino también el hecho de que los ocho temas que lo componen difieren tanto entre ellos que es imposible no imaginar ocho películas distintas. Entre Mercury Dripping Down My Spine y 1869 Overture, o entre Run For Your Dead y Stars Without Light, hay la misma distancia que entre el metro de Nueva York y un teatro.
Quería escribir sobre ello porque me parece un motivo para la esperanza. No el hecho de que haya trascendido del collarín de perro a la orquesta, sino que ejecute ambas cosas con la misma intensidad, sin privilegiar una sobre otra. Siendo, a fin de cuentas, un artista riguroso.
Nada más.
Os recomiendo escucharlo mientras besáis a un enemigo imaginario.
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