Artes

Adiós, Banksy

Desde Sustrato solicitamos una prueba de ADN. Arrancadle un pelo a Robin/David y otro a Banksy, por favor. No hace falta que sea sangre. 

17 de marzo 2026


Después de décadas de persecución, Banksy ha sido presuntamente desenmascarado como un hombre inglés llamado Robin Gunningham. Este sería el nombre original del artista, que ya se lo había cambiado por David Jones, uno de los más comunes en Reino Unido (muy pertinente si se quiere constar en documentos legales sin renunciar al anonimato).

La acusación ha sido lanzada desde Reuters, cuyo equipo de investigación ha conectado una denuncia a Gunningham en Manhattan (año 2000) con un viaje a Ucrania (año 2022) para terminar de dar consistencia a una sospecha que ya formaba parte de la quiniela de la identidad de Banksy. El otro gran sospechoso era Robert del Naja (Massive Attack), que según parece ha asistido a Robin/David en muchas de sus intervenciones y formó parte del mencionado viaje a Ucrania, donde Banksy pintó una acróbata sobre las ruinas de un edificio recién bombardeado.

Vamos a detenernos aquí un momento.

Según los registros hallados por Reuters, David Jones, Robert del Naja y su fotógrafo, Giles Duley, entraron en Ucrania el 28 de octubre y abandonaron el país el 2 de noviembre. Llegaron un viernes y se fueron el martes. Lo que tardaron en encontrar un edificio lo bastante fotogénico, apilar unos pocos escombros y utilizar las plantillas que llevaban preparadas. Cinco días muy escasos.

Este humanismo barato de implicación ficticia se ha convertido en el recurso principal de Banksy para capitalizar su marca. Sirviéndose de una enciclopedia de símbolos ultraobvios y de actos de irreverencia cada vez más enmarcados en el circuito del arte contemporáneo, el artista ha terminado por convertirse en un fabricante de stickers analógicos sin efecto. Es difícil no tener la sensación de que el autor ha quedado forzosamente ligado al grafiti como método de validación.

No digo que todo lo que haya hecho sea basura. Su figura tuvo un sentido y nos ha dado algunas propuestas divertidas e inteligentes. No obstante, como papa del arte urbano, es un papa  pusilánime y venido a menos. De jinete del apocalipsis con máscara de Anonymous ha pasado a jinete del dólar con careta de mono. Esto se debe, por supuesto, a que se ha integrado en el circuito especulador del arte con la misma convicción que Netanyahu en el salón de la fama de los genocidas.

Pienso por ejemplo en cuando una de sus niñas con globo se subastó en el Sotheby's de Londres. Cuando el subastador dio el mazazo final, un sistema instalado en el marco de la obra se puso en marcha y la trituró ante la sala abarrotada. Aquí teníamos al viejo Banksy diciendo "¿creíais que formaba parte de vuestro juego? pues os jodéis, el que manda soy yo, sigo siendo puro".

Esto sucedió en 2018. La obra se había vendido por algo más de un millón de euros. Sólo tres años después, en 2021, los restos triturados de la obra se revendieron por veintiuno.

¿Qué tenemos que creer, que Banksy es lo bastante inteligente como para colar ese mecanismo en la subasta pero no lo suficiente como para sospechar que un acto de vandalismo inocuo sería bien recibido por el mercado? ¿Debemos creer que Sotheby's no sabía nada?

Si lo hubiese hecho alguien llamado Robin Gunningham, no habría la menor duda de que todo era un teatro. Por eso, seguramente, el fin del anonimato de Banksy es una gran noticia.

Que todos recordemos a Macaulay Culkin por Solo en casa, y que él siga cobrando los royalties de su trabajo como actor infantil, no quita que ahora tenga cuarenta y cinco años. 

Banksy utilizaba la leyenda de su anonimato para convencer al público de que seguía siendo el niño travieso del arte contemporáneo. Pues bueno, gracias a Reuters eso ya se acabó. Nos han hecho un favor. El anonimato era el último rasgo antisistema que le quedaba, y ya no le pertenecía.

En 2013 Robin/David contrató a un hombre para que vendiese sus cuadros en un puesto callejero por 60 dólares. El premio para los compradores no era ningún mensaje político, sino la simple y llana satisfacción de que ahora eran poseedores de una obra que valía decenas de miles de dólares. Por mucho que en los cuadros apareciesen manidas consignas de la lucha contra el poder, el único sentido de la intervención era exponer el hecho de que algo que sucedía en la calle era susceptible de pagarte la hipoteca.

La pregunta que cabe hacerse ahora es si, tras perder su componente legendario, Robin/David seguirá teniendo potencia. Es decir, si Robin/David habrá capitalizado lo suficiente su marca como para que los inversores del mundo sigan apostando por él.

La noticia no va a tener el bombo que habría tenido en 2010. A los coleccionistas no les interesa rebajar la leyenda de sus obras, eso seguro, pero ¿y al público?

Al no saber quién era el verdadero Banksy, algunos imaginábamos a un grafitero de máxima pureza, huyendo de la policía como un campeón. Otros a una grafitera ex-componente de la Guerrilla Girls lanzando su carrera en solitario. Otros creíamos que se trataba de un colectivo de artistas bien organizado o incluso un título heredado. Todas las posibilidades convivían, y Banksy era al mismo tiempo una persona y dos mil.

Lo más probable es que el público elija siempre la hazaña del misterio sobre el hecho insípido. Puede que el rostro de Robin Gunningham termine por imponerse, pero irá siempre acompañado de comentarios del estilo "dicen que es él, pero no sé, a lo mejor no".

Desde Sustrato solicitamos una prueba de ADN. Arrancadle un pelo a Robin/David y otro a Banksy, por favor. No hace falta que sea sangre. 


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