Panacota de uva

Alejandra me llevó a comer a Persimmon's. Fue como si hubiésemos huido del escaparate hacia el lado opuesto del espectro del buen gusto.

Evento relacionado
al
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El sábado me pasé el día fuera de casa con Alejandra y hay tres cosas de las que me gustaría hablar.

La primera es la exposición Warhol, Pollock y otros espacios americanos. No busco criticar la exposición en sí, donde el Thyssen ha hecho un trabajo, aunque con sus más y sus menos, satisfactorio. Creo que el propio título ya define el orden de prioridades de la exposición. Warhol es retratado como el artista versátil e inteligente que era y no como un simple copia-marilyns capo del pop art (están las flores de rigor, la coca-cola y el archiconocido retrato de Elvis, pero también varios de sus retratos en vídeo e incluso sus pinturas de orina, que a mi modo de ver constituyen la verdadera joya de la exposición). De Pollock se ofrecía lo básico para saber quién era Pollock, sin grandes emblemas de su carrera pero reuniendo las suficientes obras representativas de sus etapas como para que te hagas una idea de su evolución (eché de menos, eso sí, al menos una de sus pinturas de gran formato, aunque es cierto que no sé hasta qué punto habría sido posible articularla en ese espacio sin provocar claustrofobia). Para acabar, esos "otros espacios americanos" abarcan una serie de recursos fruto de la lógica expositiva (como situar a Lee Krasner junto a Pollock).

Como digo, no era ni mucho menos una mala exposición. Había asociaciones manidas pero también conexiones frescas e interesantes. Fue una buena forma de emplear la mañana del sábado. Lo que me llamó la atención estaba al final del recorrido expositivo, en la tienda de souvenirs.

Uno de los escaparates había sido intervenido intentando emular las pinturas de Pollock. Toda la solidez que la labor curatorial se esforzaba por imprimir en los/las visitantes contaba con este broche final. Una desfachatez estética similar a un trozo frío de pizza Casa Tarradellas al final de un menú degustación. Nos quedamos mirándolo entre la risa y la vergüenza ajena.

Más allá de la pertinencia estética o lo burdo de este recurso (que cada cuál juzgue desde su casa), hay una reflexión sobre la técnica. Quiero decir, una falta de reflexión. El dripping, la técnica popularizada por Pollock, consistente básicamente en hacer que la pintura gotee sobre el lienzo, arrojándola, dejándola chorrear, ha sido malentendida mundialmente como una herramienta para la que no se requiere destreza. La realidad es que se trata de un recurso de expresión visceral que, cuando no hay víscera en quien lo ejecuta, resulta ser tan lamentable como un concierto de pájaros diarreicos. Este malentendido ha llegado al Thyssen para ofrecer a los visitantes el escaparate más feo que yo he visto en mi vida en un museo. Es posible que cuando este artículo se publique la exposición ya haya concluido y la tienda del museo se haya lavado la cara, pero afortunadamente le he sacado una foto:

escaparate.heic

La segunda cosa de la que quiero hablar sucedió inmediatamente después de contemplar el escaparate.

Alejandra me llevó a comer a Persimmon's. Un restaurante georgiano que ninguno de los dos conocía. Fue como si hubiésemos huido del escaparate hacia el lado opuesto del espectro del buen gusto. En contraposición a las cagarrutas mal desperdigadas, nos encontramos con un establecimiento donde las servilletas de tela eran color caqui y en cuyo centro había bordado, en un sutil mandarina pálido, dos persimones (el símbolo del local). Estábamos rodeados de velas (que componían el 75% de la iluminación) contemplando aquella cosa tan sencilla, rodeados de una decoración centrada en marrones, blancos y naranjas, sin cuadros en las paredes. Las velas goteaban cera blanca en todas las mesas y sobre candelabros repartidos aquí y allá. Ya sólo la portada de la carta (de nuevo dos pequeños persimones) te hacía sentir que ibas a disfrutar. Un disfrute basado en que allí había cosas que se respetaban de principio a fin.

Todos los cócteles estaban hechos de chacha, un doble destilado hecho de uvas conocido como el vodka de Georgia. Pedimos uno para empezar (granada y hierba buena) y nos dimos un homenaje.

Berenjena rellena con pasta de nueces especiada con salsa de granada, alcachofas crujientes con ensalada de tomates verdes y mojo verde, merluza crujiente con salsa de calamar con adjika de tomate verde braseado, bikini georgiano de cochinillo, adjika, zanahoria y repollo marinado. Me pareció que había más viveza en la nomenclatura de los platos que en la selección de obras de Pollock que acabábamos de ver.

No voy a detenerme en cada plato. Diré simplemente que, como recorrido, fue mucho más satisfactorio que el que habíamos hecho en el Thyssen. Y el broche final no tuvo nada que ver con un escaparate.

Pedimos de postre una cuajada de uva blanca con emulsión de vino tinto y nueces caramelizadas. Sin ninguna duda el mejor postre que he comido en Madrid. Un postre que nos hizo pensar en tartas magníficas del pasado. Nos lo terminamos con cara de asombro. No fue por el chacha, lo juro. Tenía tintes de evento canónico.

Era un postre tan bueno que hizo que pensásemos solamente en las partes buenas de la exposición del Thyssen. El escaparate quedó relegado a un rinconcito de nuestra mente mientras hablábamos de las pinturas de orina y de lo sorprendentemente poco anodinos que habían sido, para   variar, los textos de las paredes.

Salimos a las cinco y media de Persimmon's con el ánimo por las nubes, predispuestos a sacar el mejor partido de lo que viniese a continuación. En este caso: La distance, de Tiago Rodrigues. Una obra de teatro producida por el Festival d'Avignon e interpretada por Adama Diop y Alison Dechamps.

Habíamos conseguido las entradas por casualidad, en una reventa de última hora. Ocupamos nuestros asientos hablando de la panacota. Empezamos a sentir el burbujeo del hype al ver que el María Guerrero estaba hasta los topes. Vimos entrar a Alberto Conejero, a David Trueba, a Almodóvar. No había una butaca libre. En el escenario circular, compuesto por dos ramas de árbol y una roca, esperaba Diop, matando el rato, pensando en sus cosas mientras la gente se sentaba.

Esta es la descripción oficial de la obra:

En el año 2077, una humanidad dividida se enfrenta al colapso económico y climático mientras una parte de la especie busca refugio en Marte. En este contexto, un padre lucha por sostener el vínculo con su hija, separada por millones de kilómetros. La Distance se presenta como una pequeña pieza vital perdida en la inmensidad cósmica. Con esta premisa distópica pero cercana, la obra reflexiona sobre el impacto de nuestros actos y sobre la posibilidad de entendimiento entre padres e hijos. El autor enfrenta ambos mundos mediante una serie de conversaciones espaciales que desafían la soledad del cosmos y convierten la distancia interplanetaria en una metáfora de la desconexión humana.

La respuesta automática de Alejandra fue quedarse dormida (aún habiéndonos tomado un café justo antes de entrar). Una serie de ronquidos tímidos, interrumpidos por los respectivos acompañantes, se sucedieron a nuestro alrededor. Mi querida esposa no estaba sola en el desánimo.

Diop es un buen intérprete. No excelente a la altura de la panacota, pero sí capaz de manejar la situación. Un profesional decente. Al lado de Alison Dechamps, no obstante, parecía Ian McKellen.

La hija se había ido a Marte y el padre seguía en la Tierra. Las metáforas eran tan sutiles como Belén Esteban tocando la gaita. El padre hablando de cómo una vez su hija siendo pequeña se había adentrado en el mar y había nadado sin motivo hacia la inmensidad. La hija hablando de cómo había disfrutado montando a un caballo que la había lanzado por los aires pero ella no recordaba haberse hecho daño, sólo sentirse libre, ¿me entiendes? El padre hablando sobre cómo en todas las fotografías que conservaba ella nunca estaba mirando a cámara. Siempre miraba más allá. Ahora se daba cuenta.

El escenario rotaba, alternando las peroratas de ambos personajes y dándole un poco de vidilla al asunto. Sin ese recurso, Alejandra habría hecho más que echarse alguna cabezada suelta. Si Alejandra no se hubiese dormido primero lo habría hecho yo. En una pareja, el primero que se duerme queda en manos del otro. Mi misión era darle un toquecito si empezaba a roncar, pero durmió como una santa.

Las ramas que había en el escenario separaban a ambos personajes. De un lado estaban en la Tierra, del otro en Marte. Una era oscura, grande y vieja. La otra era clara, mucho más estrecha y se enroscaba ligeramente en la grande. Por si las peroratas no fuesen lo bastante pretenciosas, a alguien se le ocurrió esa genialidad de metáfora visual (en los créditos, el escenógrafo Fernando Ribeiro), sólo superada por el arbolito encapsulado en una bola de cristal tamaño pelota de playa que había en la parte del escenario de la hija. Un arbolito al que, válgame dios, Deschamps se abraza con aire melancólico.

En resumen, la obra se articula en el marco de la ciencia ficción sin utilizar de forma inteligente o contemporánea ninguna de sus herramientas para establecer una metáfora sobre la paternidad que hace aguas por todas partes, en gran medida por culpa de una estructura predecible, monótona y llena de lugares comunes. Como si alguien intentase replicar Inception con una décima parte de la seriedad y asumiendo que el público es diez veces menos lúcido. El director se ha marcado un dripping.

Si tuviera lugar una carrera de caballos en la que cada caballo representa un relato sobre la paternidad elaborado durante el último año, Sentimental Value, de Joachim Trier, sería el ganador absoluto, atravesando la línea de meta como una bola de fuego. La distance, por otro lado, se partiría una pierna al salir de la casilla de salida y se desplomaría tronzando a su jinete como una ramita. Los aplausos que envolverían a Sentimental Value ocultarían los subsiguientes gritos de agonía de La distance. Pero así son las cosas.

Por favor, que alguien le diga a Joachim Trier que vaya a cenar a Persimmon's.

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Alejandra me llevó a comer a Persimmon's. Fue como si hubiésemos huido del escaparate hacia el lado opuesto del espectro del buen gusto.
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El sábado me pasé el día fuera de casa con Alejandra y hay tres cosas de las que me gustaría hablar.

La primera es la exposición Warhol, Pollock y otros espacios americanos. No busco criticar la exposición en sí, donde el Thyssen ha hecho un trabajo, aunque con sus más y sus menos, satisfactorio. Creo que el propio título ya define el orden de prioridades de la exposición. Warhol es retratado como el artista versátil e inteligente que era y no como un simple copia-marilyns capo del pop art (están las flores de rigor, la coca-cola y el archiconocido retrato de Elvis, pero también varios de sus retratos en vídeo e incluso sus pinturas de orina, que a mi modo de ver constituyen la verdadera joya de la exposición). De Pollock se ofrecía lo básico para saber quién era Pollock, sin grandes emblemas de su carrera pero reuniendo las suficientes obras representativas de sus etapas como para que te hagas una idea de su evolución (eché de menos, eso sí, al menos una de sus pinturas de gran formato, aunque es cierto que no sé hasta qué punto habría sido posible articularla en ese espacio sin provocar claustrofobia). Para acabar, esos "otros espacios americanos" abarcan una serie de recursos fruto de la lógica expositiva (como situar a Lee Krasner junto a Pollock).

Como digo, no era ni mucho menos una mala exposición. Había asociaciones manidas pero también conexiones frescas e interesantes. Fue una buena forma de emplear la mañana del sábado. Lo que me llamó la atención estaba al final del recorrido expositivo, en la tienda de souvenirs.

Uno de los escaparates había sido intervenido intentando emular las pinturas de Pollock. Toda la solidez que la labor curatorial se esforzaba por imprimir en los/las visitantes contaba con este broche final. Una desfachatez estética similar a un trozo frío de pizza Casa Tarradellas al final de un menú degustación. Nos quedamos mirándolo entre la risa y la vergüenza ajena.

Más allá de la pertinencia estética o lo burdo de este recurso (que cada cuál juzgue desde su casa), hay una reflexión sobre la técnica. Quiero decir, una falta de reflexión. El dripping, la técnica popularizada por Pollock, consistente básicamente en hacer que la pintura gotee sobre el lienzo, arrojándola, dejándola chorrear, ha sido malentendida mundialmente como una herramienta para la que no se requiere destreza. La realidad es que se trata de un recurso de expresión visceral que, cuando no hay víscera en quien lo ejecuta, resulta ser tan lamentable como un concierto de pájaros diarreicos. Este malentendido ha llegado al Thyssen para ofrecer a los visitantes el escaparate más feo que yo he visto en mi vida en un museo. Es posible que cuando este artículo se publique la exposición ya haya concluido y la tienda del museo se haya lavado la cara, pero afortunadamente le he sacado una foto:

escaparate.heic

La segunda cosa de la que quiero hablar sucedió inmediatamente después de contemplar el escaparate.

Alejandra me llevó a comer a Persimmon's. Un restaurante georgiano que ninguno de los dos conocía. Fue como si hubiésemos huido del escaparate hacia el lado opuesto del espectro del buen gusto. En contraposición a las cagarrutas mal desperdigadas, nos encontramos con un establecimiento donde las servilletas de tela eran color caqui y en cuyo centro había bordado, en un sutil mandarina pálido, dos persimones (el símbolo del local). Estábamos rodeados de velas (que componían el 75% de la iluminación) contemplando aquella cosa tan sencilla, rodeados de una decoración centrada en marrones, blancos y naranjas, sin cuadros en las paredes. Las velas goteaban cera blanca en todas las mesas y sobre candelabros repartidos aquí y allá. Ya sólo la portada de la carta (de nuevo dos pequeños persimones) te hacía sentir que ibas a disfrutar. Un disfrute basado en que allí había cosas que se respetaban de principio a fin.

Todos los cócteles estaban hechos de chacha, un doble destilado hecho de uvas conocido como el vodka de Georgia. Pedimos uno para empezar (granada y hierba buena) y nos dimos un homenaje.

Berenjena rellena con pasta de nueces especiada con salsa de granada, alcachofas crujientes con ensalada de tomates verdes y mojo verde, merluza crujiente con salsa de calamar con adjika de tomate verde braseado, bikini georgiano de cochinillo, adjika, zanahoria y repollo marinado. Me pareció que había más viveza en la nomenclatura de los platos que en la selección de obras de Pollock que acabábamos de ver.

No voy a detenerme en cada plato. Diré simplemente que, como recorrido, fue mucho más satisfactorio que el que habíamos hecho en el Thyssen. Y el broche final no tuvo nada que ver con un escaparate.

Pedimos de postre una cuajada de uva blanca con emulsión de vino tinto y nueces caramelizadas. Sin ninguna duda el mejor postre que he comido en Madrid. Un postre que nos hizo pensar en tartas magníficas del pasado. Nos lo terminamos con cara de asombro. No fue por el chacha, lo juro. Tenía tintes de evento canónico.

Era un postre tan bueno que hizo que pensásemos solamente en las partes buenas de la exposición del Thyssen. El escaparate quedó relegado a un rinconcito de nuestra mente mientras hablábamos de las pinturas de orina y de lo sorprendentemente poco anodinos que habían sido, para   variar, los textos de las paredes.

Salimos a las cinco y media de Persimmon's con el ánimo por las nubes, predispuestos a sacar el mejor partido de lo que viniese a continuación. En este caso: La distance, de Tiago Rodrigues. Una obra de teatro producida por el Festival d'Avignon e interpretada por Adama Diop y Alison Dechamps.

Habíamos conseguido las entradas por casualidad, en una reventa de última hora. Ocupamos nuestros asientos hablando de la panacota. Empezamos a sentir el burbujeo del hype al ver que el María Guerrero estaba hasta los topes. Vimos entrar a Alberto Conejero, a David Trueba, a Almodóvar. No había una butaca libre. En el escenario circular, compuesto por dos ramas de árbol y una roca, esperaba Diop, matando el rato, pensando en sus cosas mientras la gente se sentaba.

Esta es la descripción oficial de la obra:

En el año 2077, una humanidad dividida se enfrenta al colapso económico y climático mientras una parte de la especie busca refugio en Marte. En este contexto, un padre lucha por sostener el vínculo con su hija, separada por millones de kilómetros. La Distance se presenta como una pequeña pieza vital perdida en la inmensidad cósmica. Con esta premisa distópica pero cercana, la obra reflexiona sobre el impacto de nuestros actos y sobre la posibilidad de entendimiento entre padres e hijos. El autor enfrenta ambos mundos mediante una serie de conversaciones espaciales que desafían la soledad del cosmos y convierten la distancia interplanetaria en una metáfora de la desconexión humana.

La respuesta automática de Alejandra fue quedarse dormida (aún habiéndonos tomado un café justo antes de entrar). Una serie de ronquidos tímidos, interrumpidos por los respectivos acompañantes, se sucedieron a nuestro alrededor. Mi querida esposa no estaba sola en el desánimo.

Diop es un buen intérprete. No excelente a la altura de la panacota, pero sí capaz de manejar la situación. Un profesional decente. Al lado de Alison Dechamps, no obstante, parecía Ian McKellen.

La hija se había ido a Marte y el padre seguía en la Tierra. Las metáforas eran tan sutiles como Belén Esteban tocando la gaita. El padre hablando de cómo una vez su hija siendo pequeña se había adentrado en el mar y había nadado sin motivo hacia la inmensidad. La hija hablando de cómo había disfrutado montando a un caballo que la había lanzado por los aires pero ella no recordaba haberse hecho daño, sólo sentirse libre, ¿me entiendes? El padre hablando sobre cómo en todas las fotografías que conservaba ella nunca estaba mirando a cámara. Siempre miraba más allá. Ahora se daba cuenta.

El escenario rotaba, alternando las peroratas de ambos personajes y dándole un poco de vidilla al asunto. Sin ese recurso, Alejandra habría hecho más que echarse alguna cabezada suelta. Si Alejandra no se hubiese dormido primero lo habría hecho yo. En una pareja, el primero que se duerme queda en manos del otro. Mi misión era darle un toquecito si empezaba a roncar, pero durmió como una santa.

Las ramas que había en el escenario separaban a ambos personajes. De un lado estaban en la Tierra, del otro en Marte. Una era oscura, grande y vieja. La otra era clara, mucho más estrecha y se enroscaba ligeramente en la grande. Por si las peroratas no fuesen lo bastante pretenciosas, a alguien se le ocurrió esa genialidad de metáfora visual (en los créditos, el escenógrafo Fernando Ribeiro), sólo superada por el arbolito encapsulado en una bola de cristal tamaño pelota de playa que había en la parte del escenario de la hija. Un arbolito al que, válgame dios, Deschamps se abraza con aire melancólico.

En resumen, la obra se articula en el marco de la ciencia ficción sin utilizar de forma inteligente o contemporánea ninguna de sus herramientas para establecer una metáfora sobre la paternidad que hace aguas por todas partes, en gran medida por culpa de una estructura predecible, monótona y llena de lugares comunes. Como si alguien intentase replicar Inception con una décima parte de la seriedad y asumiendo que el público es diez veces menos lúcido. El director se ha marcado un dripping.

Si tuviera lugar una carrera de caballos en la que cada caballo representa un relato sobre la paternidad elaborado durante el último año, Sentimental Value, de Joachim Trier, sería el ganador absoluto, atravesando la línea de meta como una bola de fuego. La distance, por otro lado, se partiría una pierna al salir de la casilla de salida y se desplomaría tronzando a su jinete como una ramita. Los aplausos que envolverían a Sentimental Value ocultarían los subsiguientes gritos de agonía de La distance. Pero así son las cosas.

Por favor, que alguien le diga a Joachim Trier que vaya a cenar a Persimmon's.

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