Artes

ARCO 2026: Contiene trazas

Ya sabemos cómo funcionan estas cosas, y no podemos quejarnos de que haya que abrir doscientas ostras para encontrar una perla.

9 de marzo 2026


No hace mucho fui con un amigo al open studios de una facultad de bellas artes en Chelsea. De camino hacia allí, mi amigo dijo riendo: Si veo otro cuadro hecho con pelo humano voy a matar a alguien. Como la mayoría de la gente que ha estudiado bellas artes, ambos estábamos acostumbrados a ver las mismas soluciones que el alumnado ofrecía, promoción tras promoción, al eterno problema de tener que ser original cuando aún no tienes ni idea de quién eres.

Rápidamente esbozamos una lista de propuestas que esperábamos encontrar. Alguien usando componentes electrónicos (chips, placas base) como elementos disruptores en una obra absolutamente nada disruptiva. Alguien usando hilo rojo para formar un recorrido saltarín por el espacio que no llevaba a ninguna parte. Alguien colgando del techo objetos que lo único que tenían en común era que colgaban del mismo techo con tanza de pescar. Alguien presentando como su tótem espiritual a un animal del que en realidad no sabía nada y que nunca había tenido delante.  Alguien fotografiando con macro distintas curvas del cuerpo humano. Alguien reproduciendo en lienzos enormes fotografías antiguas de su familia. Alguien utilizando materiales de construcción como si a nadie se le hubiera ocurrido nunca utilizar ladrillos para algo que no fuese levantar un muro. Alguien tirando de la única divergencia étnica de su árbol familiar para ejercer una pedagogía superficial sobre algo que sólo le había afectado de manera colateral y anecdótica. Alguien dibujando cuerpos no normativos esperando que el hecho de tener el valor de no usar modelos ultranormativos distrajera al espectador del hecho de que a fin de cuentas estaban dibujados de manera muy mediocre. Alguien reformulando una bandera estadounidense modificada para constituir la crítica política más inocua imaginable.

Vaya por delante que no se trataba de una burla, sino únicamente del reconocimiento de procesos que las/los artistas en formación debemos atravesar siendo unos pipiolos para darnos cuenta de lo que es preferible no hacer. Uno aprende así, haciendo el gilipollas, descubriendo la rueda a la sombra de un concesionario Volkswagen. Fue bonito ver lo entusiasmadas/os que estaban todas/os. 

Aquel día mi amigo y yo encontramos todas nuestras apuestas y algunas más que sólo recordamos al tenerlas delante. Cómo lo eché de menos ayer, al visitar ARCO, y encontrarme con exactamente lo mismo.

Que sí. Que ARCO no es sólo la noticia de rigor que sale todos los años en sus muchas variantes pero que siempre consiste en un lumbreras que deja un objeto cualquiera en el suelo y se descojona porque la gente se pone a considerarlo como si fuera una obra de arte cuando en realidad, te cagas, sólo era un objeto. ARCO no es sólo el escarnio de turno al dictador de turno por parte del artista de turno que vive de utilizar sus dones para ser un niño malo. La feria es mucho más. Contiene más que desfachateces, recursos publicitarios y vaguedades. 


Hay artistas excelentes y galerías valiosas. Por supuesto. Sólo Egg, clementine, de Poppy Jones, bien vale la visita. Además están Los Bravú, Simon Dybbroe Moller y su Retinal Rift, los láser de Nicole Miller, las pinturas de Leiko Ikemura, Ouka Leele sobre paredes rojas, los Proyectos Ultravioleta de Akira Ikezoe o los minilienzos de Siyi Li.

Si ARCO tiene algún valor, puede encontrarse en esas excepciones. Ahora bien, si a alguien se le ocurriese decir que ARCO es en gran parte equivalente a una tienda de decoración donde un burgués con ínfulas vende la basura que ha pintado su sobrino, ¿realmente podríamos decir que esa persona miente?

Ya sabemos cómo funcionan estas cosas, y no podemos quejarnos de que haya que abrir doscientas ostras para encontrar una perla. De lo que sí podemos quejarnos es de que se haya establecido un sistema donde los vendedores de perlas se han convertido, encubiertamente, en vendedores de ostras. Y, sobre todo, de ostras que no han rumiado sus granos de arena. De ostras que ya han sido abiertas, se ha visto que estaban vacías y se han vuelto a cerrar porque el misterio es un valor comercial en alza.


Podemos quejarnos de eso. ¿No os parece?


Podemos quejarnos de que la intervención de Miquel Barceló en el stand de El País consista en dibujos terribles y completamente anecdóticos sobre (contened el aliento) periódicos viejos.


Podemos quejarnos de que una timadora de pacotilla llamada Goshka Macuga haga una cagarruta penosa con espuma de poliuretano, la pinte de marrón caca y la titule 71.000 años en el suelo.


Podemos quejarnos de que un tal Jorge Pedro Núnez fabrique una espiral deforme con tres raquetas de bádminton unidas con yeso y la titule Onda gravitacional.


Tenemos que poder quejarnos de que las obras no se defiendan solas. De que las obras ya no necesiten defenderse. Tenemos que poder señalar estas mierdas y preguntar: ¿Estamos de puta broma? ¿Cómo es posible que Macuga y Núnez ocupen el mismo espacio que El Apartamento?

No se trata de des-democratizar el espacio artístico. Se trata de que si el arte es algo crucial (y lo es), debemos ser tan exigentes con ella como lo somos con la gastronomía o la medicina. Imaginad que Miquel Barceló fabricase una vacuna, ¿os la pondríais? ¿Se la pondríais a vuestros seres queridos? ¿Os comeríais un queso preparado Jorge Pedro Núnez? 


Durante mi visita a ARCO fui tachando mentalmente la lista que mi amigo y yo hicimos aquel día en Chelsea, e hice bingo absoluto.

El hilo rojo dando saltos:


Los componentes electrónicos:


La copia en pintura de una fotografía antigua:


La bandera estadounidense (con estrellitas en el suelo incluidas):


Los ladrillos.


Etcétera, etcétera.

Luego fui ampliando la lista con un apéndice específico para las ferias. Alguien proponiendo un proyecto pictórico resultón pero sin fondo y haciendo un jarrón con los mismos motivos estéticos por la única razón de que a lo mejor el comprador no tiene sitio para un lienzo de cuatro metros. Alguien reinterpretando a un artista famoso sólo lo justo para que alguien a quien en realidad no le importa ese artista famoso pueda justificar su compra al creer que entiende la obra que ha comprado cuando la verdad es sólo reconoce un recurso estético. Alguien echándote la bronca sobre el calentamiento global de la forma más desapasionada posible. Alguien mostrándote el resultado de una visita turística a una minoría a la que no pertenece. Alguien haciendo peor y más grande lo que ilustradoras como María Medem hacen mejor y más pequeño. Alguien adoptando la estética de otra década para intentar tener substancia en la década de ahora. Alguien imprimiendo a tamaño gigante una fotografía de las olas del mar.

En fin, recomiendo la visita. Igual que recomendaría ver las nueve películas de Fast&Furious si ese fuese el precio para poder ver Sentimental Value, de Joachim Trier.

Ojalá le den el Oscar. 


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