Marty Supreme
En Tiktok hay cientos de vídeos de botes de conservas y botellas de vodka bajando unas escaleras hasta que se rompen; el viaje emocional es el mismo.
27 de abril 2026 · 1 comentario
En Tiktok hay cientos de vídeos de botes de conservas y botellas de vodka bajando unas escaleras hasta que se rompen; el viaje emocional es el mismo.
Una legión de fracs recién lavados y envueltos en sus fundas protectoras esperan pacientes la próxima Award Season, a resguardo del intransigente sol californiano. En Encino, California, una estatuilla calva y dorada luce el nombre de Michael B. Jordan. “Best actor”. A menos de 20 km de distancia, en Holmby Hills, Timothée Chalamet languidece echando de menos el oro que un día le prometieron. Kylie Jenner no para de mirarlo: tiene un grano enorme en la comisura del labio, y no para de preguntarse qué salió mal.
Quien haya visto Marty Supreme, película construida alrededor de la joven promesa de Hollywood, cuenta con la oportunidad de regocijarse en la ironía que se forma entre la trama de la película y su recorrido promocional. Sin embargo, lo que me decidió a sentarme en la butaca del cine fue la irrupción y desaparición de la coprotagonista, Odessa A’zion, en el Mishegas digital de este invierno, como si de algún modo todos la ubicásemos como esa persona famosa que todo el mundo conoce menos nosotros. Habitualmente no me asomo a los biopics, me hacen sentir que estoy en el Kennel Club admirando al cocker spaniel más genéticamente puro del continente. Si hubiese sabido de la existencia real de Marty Reisman antes, no habría ido a ver la peli. Pero Marty Supreme no me ha aburrido, lo reconozco. Una tensión a ratos insoportable te acompaña a lo largo del metraje. Agobia la sucesión de bandazos que da el protagonista, tambaleándose entre un Antoine Doinel crecidito y un Vinz de La Haine de macarrismo anacrónico y poco desarrollado. De vez en cuando, una pincelada de synthwave aparece para intentar tapar los huecos justos y necesarios bajo la capa de una decisión artística que, en realidad, sugiere dejadez. Como mínimo, supone un maridaje decepcionante. En Tiktok hay cientos de vídeos de botes de conservas y botellas de vodka bajando unas escaleras hasta que se rompen; el viaje emocional es el mismo.
Las interpretaciones también se alejan de cualquier intento de proximidad con su contexto histórico. En este departamento destaca Kevin O’Leary, famoso multimillonario y antiguo jurado de Shark Tank (reality turbocapitalista que trajo Scrub Daddy a las vidas de la gente que limpia mucho). O’Leary, en su papel de antagonista, realiza una interpretación escalofriante de sí mismo queriendo ser Michael Douglas en Wall Street pero pareciéndose más a una versión idiotizada de un secundario de Casino. Quizás la del también director Abel Ferrara, en este caso como dueño de un perro apestoso que hace su aparición en una de las mejores secuencias de la obra, sea una de las pocas voces que logran el tono que se requería para que el barco llegase a puerto. Es inútil, remaba prácticamente solo. Toda la película tropieza en su inútil huída de la alargada sombra de sus influencias: intenta no inspirarse mucho en los clásicos de Scorsese ni en el Coppola setentero, pero acaba oliendo un poco a ellos sin querer, más por desidia que por reverencia.
Hay que ser justo con los intérpretes, pues el reto era grande ante una trama agotadoramente maximalista. Viajamos sin separarnos de Marty hacia los refugios donde se va cobijando junto al resto del reparto. Pasamos de Willy (Tyler the Creator), el mejor amigo y cómplice, a una escena de sexo o batalla, indistinguibles en el guion, con Kay (Gwyneth Paltrow). De pronto, aparece intercalada Rachel, una mujer casada a la que deja embarazada (Odessa A’Zion)... De fondo, su madre, la amiga de ella, su tío, un compañero de la zapatería, un policía al que conoce éste, un amigo de la infancia que perfecciona las pelotas de color naranja, un mentor, el rival japonés, el jefe de la federación de tenis de mesa, Ira (el marido de Rachel que aparece para enfadarse mucho y comerse una hostia), un antiguo campeón al que gana en el torneo… Todos se erigen en sparrings del Supremo Marty de manera competente, pero en su extremo cuidado por no dar sombra dejan al descubierto un espacio demasiado amplio, que Chalamet se desvive por ocupar sin éxito. Sólo quizás Gwyneth Paltrow se atrevió por momentos a encontrarse con él y servir de punto de referencia para el espectador. Curiosamente, consigo empatizar con mis antípodas socioeconómicas y corporales y comparto con ella el hastío generalizado que el público siente ante la enésima historia de superación a través de una hazaña imposible. La encarnación de una batallita del abuelo. Los aspavientos de Timmy lo empeoran, porque evidencian la aspiración ulterior de toda esta movida: Tenemos una nueva masculinidad que ofreceros. Sólo hay un problema: la hemos desempolvado del cajón viejo. Los meses han respondido al ofrecimiento de un modo rotundo, y la joven promesa se va convirtiendo en el hombre de mimbre al que pronto tocará quemar. El relato extra-cinematográfico era transparente: Aquí tenéis a vuestro nuevo Leo. Otro eterno merecedor. Existen paralelismos entre ambos: empezaron su carrera en la infancia, han trabajado con Christopher Nolan, despiertan interés en tabloides… Sin embargo, ocupar ese espacio sin haber pagado el suficiente peaje sólo cataliza la mierdificación de la industria de Tinseltown, centrada en mantener el foco de manera obsesiva y ajena al motivo que la hizo brillar con luz propia.
Minutos después de ver la película, tuve una sensación que sólo puedo describir como lo opuesto a lo que pasa cuando ves The Brutalist. Muchos de mis amigos me confesaban que tras verla buscaron información sobre el arquitecto, convencidos de que debía tratarse de una película biográfica. Hago los deberes a la vuelta del cine, y busco al verdadero Marty Supreme. Un documental en Youtube lo retrata vistiendo un sombrero de ala, ya mayor, caminando por las atestadas calles de la gran manzana, de un color tan pálido como el de su traje color leche manchada, y pienso en lo que podría haber sido. Un personaje de este calibre, reducido a un caballo de troya interpretativo de subtexto ruidoso. La rat race por supervivencia, la epidemia de soledad masculina o las fricciones intergeneracionales deberían acercarnos a Marty, pero la injustificable importancia que se da a sí mismo lo empalaga todo del oxidado motivo de la soledad del hustler. Un Belmondo de váper.
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