Cines

Narnia: La pérdida de la inocencia

Busqué la manera de volver a mi pasado de la forma más sencilla: ver Narnia. El león, la bruja y el armario.

5 de junio 2026


El día en que cumplí veintisiete años no sentí que estaba donde quería estar. Tristemente, esto es un sentimiento muy común en las personas de mi generación, y aunque parte de problemas sistémicos en nuestra sociedad, saberlo no lo hace más fácil. Aquel día era particularmente consciente de un aspecto de la vida adulta: el poco tiempo libre del que se dispone. No es que eche de menos ser un niño o un adolescente, es que necesito volver a tener el tiempo libre que tenía entonces, tiempo para pasar con tus amigos en un banco hasta las cuatro de la mañana, profundizando. Tiempo para esos momentos en los que se forman las amistades que perduran, tiempo para escuchar a tus familiares contar siempre las mismas batallitas que les hacen reír, tiempo que podía gastar en dibujar sin preocuparme si merecía la pena empezar algo que igual nunca llegaría a terminar, tiempo para reflexiones profundas: ¿Qué tipo de persona quiero ser? ¿Si una Pokeball se hunde en el mar, se muere el Pokémon?

Anhelando aquella era cuando disponía de dicho tiempo libre para forjar amistades, escuchar a seres queridos, descansar sin culpa y cuestionarme el motivo de las cosas, busqué la manera de volver a mi pasado de la forma más sencilla: ver Narnia. El león, la bruja y el armario.

De forma inmediata, tras el comienzo de la película, alcancé el sentimiento de confort que buscaba. Tristemente, el sentimiento no perduró. Como adulto, percibí la película de una manera completamente distinta. Es cierto que ahora soy consciente del trasfondo católico detrás de la historia del escritor C.S. Lewis, pero no fue este detalle en concreto lo que me alteró la experiencia, sino dos escenas en particular. Ambas involucran a niños encontrándose con extraños con malas intenciones en un lugar desconocido.

Lucy se encuentra con Tumnus bajo la farola; se percibe la incomodidad entre los personajes, ya que no saben cómo interactuar el uno con el otro. Más tarde, descubrimos que Tumnus planeaba capturar a Lucy, excepto que en el último instante decidió liberar a la niña. En la película, vemos a Lucy siendo drogada con un somnífero, y despertar desubicada en la casa de un extraño. Esta escena, como adulto, resulta mucho más terrorífica que de niño. Lewis imparte una simple lección: no fiarse de los extraños, no ir a casa de un adulto sin la supervisión de otros adultos, no comer o beber nada que un desconocido te ofrezca.

La interacción entre Tumnus y Lucy es una clara advertencia, pero parece que no bastaba con impartir la lección una sola vez. Cuando un Edmund perdido en el bosque se encuentra con la Bruja Blanca, esta también le droga, pero con dulces turcos, que no le hacen quedarse dormido, sino que le vuelven adicto, hasta el punto de traicionar a su propia familia por un simple bocado.1 Al contrario que Tumnus, la bruja sí lleva a cabo su malintencionado plan y cuando Edmund regresa, le encarcela.

El mensaje es alto y claro: ¡Niños y niñas, no os fiéis de los extraños! Cabe destacar las varias situaciones en las que los desconocidos con los que se cruzan los personajes resultan tener buenas intenciones. Los castores que los acompañan, el zorro que les ayuda a escapar de los lobos (y les enseña a no juzgar un libro por su portada) y Santa Claus, que les regala armas.

No hay nada malo en mandar esta advertencia al público más joven. De hecho, con las redes sociales, y los avances de la IA, los niños y adolescentes están cada día más expuestos a situaciones de riesgo. Enseñar a la juventud a no fiarse de desconocidos es probablemente ahora más que nunca una necesidad. Como adultos, es nuestra obligación entender que el internet del que disfrutamos durante nuestra infancia ya no existe. Cuando yo era joven veía GIFs de Narnia en Tumblr, ahora los niños y niñas ven TikToks donde extraños les venden criptomonedas y pastillas para adelgazar. ¿Quién le iba a decir a C.S. Lewis que los extraños malintencionados estarían literalmente en la palma de la mano de todos los niños y niñas del mundo?

A los veintisiete años, los conceptos de la infancia y la inocencia resultan tan abstractos que podrían ser producto de un mundo fantástico. Mientras escribo esto, me duele la espalda, por pasar muchas horas sentado en la oficina. Ser adulto trae consigo trabajar 40 horas semanales. Ahora, el poco tiempo libre que tengo como adulto lo gasto preocupándome por una infinidad de cosas, o consumo contenido que me distrae de esas mismas preocupaciones. En cambio, mientras veo Narnia, noto una llamita que se enciende dentro de mí, la fantasía genera wonder. La capacidad de hacerte sentir tan maravillado que, aunque sea por un solo segundo, te puedes llegar a creer que cualquier cosa es posible. Ojalá me hiciese creer en la posibilidad de que el precio de la vivienda baje, que frenará el cambio climático o que se alcanzara la paz global. Tal y como están las cosas, me conformaría con que el café vuelva a costar 1,10€.

Estas reflexiones me han permitido comprobar mi propio privilegio. El mundo apagó mi llama de forma escalonada, natural, según fui creciendo, otras personas no tuvieron la misma suerte y perdieron la inocencia demasiado pronto, y muchas veces, como en el caso de Lucy y de Edmund, por culpa de adultos. Hay millones de formas en las que un adulto puede acabar con la inocencia de un niño. Los niños sufren por culpa de adultos próximos a ellos, incluso en su propio hogar; en cambio, otras veces son víctimas de conflictos bélicos, a raíz de decisiones tomadas por gobiernos que no les tienen en cuenta. Llegando al final de este texto, me resulta vergonzoso quejarme de los problemas que tengo como adulto, porque cada día que veo el telediario, soy testigo del sufrimiento que padecen niños y niñas que probablemente nunca lleguen a ser adultos.

Curiosamente, en Narnia, los protagonistas son manipulados, atacados, traicionados y torturados… pero no pasa nada, todo se soluciona al final. El león resucita (por si acaso, no estaba claro que Aslan representa a Jesucristo), trae de vuelta a la vida a las víctimas de la bruja, y la paz vuelve a reinar. Finalmente, Lucy, ya de adulta, lleva a los reyes y reinas de Narnia de vuelta a su mundo, donde retornan a su infancia. La historia no habla del shock de pasar de ser adulto a ser un niño, al igual que no trata el efecto que tiene luchar en una guerra, que te intenten secuestrar, que te droguen, ser prisionero, que te ataque una manada de lobos, ver cómo apuñalan a tu hermano, ver cómo torturan a tu líder religioso. Al fin y al cabo, la novela de Lewis es un cuento de hadas cristiano, donde la felicidad se obtiene de forma inmediata cuando los hijos de Adán y las hijas de Eva se sientan en sus tronos.

A pesar de que algunos nos quieran convencer de que, si nos gobiernan ciertas personas, vamos a ser tan felices como los personajes de un mundo de fantasía, sabemos que la realidad es más compleja. Desgraciadamente, tener unos reyes cristianos no garantiza la paz, ni la felicidad, ni la abundancia, ni la prosperidad. Pero para encender una llamita de esperanza, siempre podremos regresar a nuestros mundos ficticios favoritos. Y, entretanto, aunque no podamos viajar a Narnia, sí podemos aprender algo de Lewis: seamos selectivos a la hora de decidir a qué extraños escuchamos, a cuáles damos una oportunidad de entrar en nuestras vidas, y quiénes queremos que nos gobiernen. Cuidado y mucha suerte con esto. Personalmente, por mi intolerancia a los frutos secos, me siento a salvo de ser engatusado con ciertas delicias turcas.

1 Referencia gigante al Antiguo Testamento donde la serpiente tienta a Eva y Adán a tomar el fruto prohibido en el Jardín de Edén.

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