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Una semana en el motor de un festival
Las dudas sobre la 41ª edición de Cinema Jove han quedado finalmente resueltas: no ha sido una buena edición.
7 de julio 2026
Las dudas sobre la 41ª edición de Cinema Jove han quedado finalmente resueltas: no ha sido una buena edición.
María Albiñana, directora de Cinema Jove desde febrero de 2026, saludó durante su discurso en la gala de inauguración de la 41 edición del festival a una persona que ya no estaba en su cargo: ese mismo día, 19 de junio, el Diari Oficial de la Generalitat Valenciana publicaba el cese a petición propia de Álvaro López-Jamar como director general del Institut Valencià de Cultura, organismo encargado de su organización. Esa coincidencia, aunque no ha pasado de una simple anécdota, muestra sin quererlo el estado general de un festival que no ha tenido en esta su mejor edición.
Las dudas sobre la 41ª edición del festival comenzaron un año antes, con la incógnita sobre el futuro de su dirección, pues finalizaba el contrato de Carlos Madrid –director de las últimas 8 ediciones–. El IVC anunció que no volvería a licitar la dirección del festival y que sería el propio organismo público el encargado de su contratación. Las dudas continuaron cuando el 20 de enero de 2026 se convocó el proceso de selección del que saldría el nuevo director, a través de un contrato-laboral artístico de 7 meses de duración y una retribución total de 35.000 euros. El 25 de febrero, 4 meses antes del comienzo del festival y con las dudas –ya no de la figura que lo dirigiría, sino de que la edición siguiera adelante– ni muchísimo menos disipadas, se anunciaba el nombre de Albiñana como nueva directora.
Lejos queda, desgraciadamente, esa 40ª edición donde se reivindicó un Cinema Jove que mejorase sus ediciones anteriores y lo proyectase durante 40 ediciones más. Los rumores sobre una supuesta reducción presupuestaria quedaron de manifiesto cuando se anunció su Sección Oficial: 9 largometrajes y 45 cortometrajes frente a los 10 y 57, respectivamente, de la edición pasada. Este año también se ha dicho adiós a la sección «Òrbites», dedicada a nuevos lenguajes y narrativas experimentales (y, en mi opinión, una de las mejores del festival), así como al ciclo «High School», sobre películas proyectadas al estilo cine de verano sobre la adolescencia. Sin estas, son 14 películas menos en su catálogo que el año anterior y la desaparición de dos sedes: el Octubre Centre de Cultura Contemporània y la Plaça de Viriat. El Encuentro Audiovisual de Jóvenes solamente mantiene su sección Amateur, prescindiendo de las categorías Infantil y Juvenil.
Hablaba al principio del discurso de María Albiñana en la gala inaugural, y querría recuperar ese hilo. La gala, errática y algo vergonzante (como lo son todas las galas), dejó clara la intención del Cinema Jove de poner el foco en la palabra «Internacional» del descriptor de su logotipo, «Festival Internacional de València», empleando los presentadores de forma simultánea el castellano y el inglés; el uso del valenciano, en cambio, quedó reducido a un par de frases y alguna muletilla. La palabra «València», escrita en su forma oficial en valenciano en el logotipo del festival (proyectado durante la gala) fue pronunciada en castellano: Valencia. Si Cannes hace sus galas en francés y Venecia en italiano, si el Festival Internacional de San Sebastián hace las suyas en castellano y euskera o la Semana Internacional de Cine de Valladolid las hace íntegramente en castellano, ¿qué pinta el inglés en las del Festival Internacional de Cine de València? ¿Y por qué tienen más cabida que una lengua oficial? Se dice que el diablo está en los detalles y que una imagen vale más que mil palabras:
Querría detenerme también en algo que ha contribuido este año, así lo creo, a la despersonalización y distanciamiento del Cinema Jove con su público: durante los siete días que ha durado la edición, la cafetería del Rialto, epicentro de la Filmoteca y de las dos sedes principales del Cinema Jove (la sala Berlanga y la sala 7) ha estado cerrada por motivos que yo todavía desconozco (y lo más probable es que no dependan ni mucho menos de la organización del festival). Hace menos de un mes, Vicent Molins publicaba en Valencia Plaza un artículo titulado «Por qué la cafetería del Rialto debería estar en el centro de nuestras políticas culturales» en el que defendía que «Las licitaciones de las infraestructuras culturales deben dejar de ver a los encargados del café o de la tienda como aprovechados, para pasar a tomarlos como aliados fundamentales a la hora de fomentar la conexión con las audiencias. Las de antes y las que están por llegar. [...] Hay en el caso del Rialto un agravante. Su situación idílica, en pleno cogollo urbano, le confiere la capacidad para que desde el sector público se oferte algo más que paso rápido. Tránsito, tránsito, tránsito. Maletas de aquí para allá. El Rialto podría, debería ser, un antídoto. Un espacio de encuentro para locales». A casi cualquiera que se haya pasado por el Cinema Jove en años anteriores lo habrás encontrado en algún momento en la cafetería del Rialto quince, veinte, cuarenta minutos antes de la proyección de una película. Este año eso no ha sido posible, y esa conexión que se generaba con el festival cuando uno podía sentarse en una mesa y hablar del programa de ese día, o encontrarse con conocidos o desconocidos que acabarían siendo conocidos de tanto verlos (cuántas veces habré visto yo a Carlos Madrid pasar de un lado a otro de la cafetería hasta el punto de empezar a saludarnos de tanto vernos), ha desaparecido y ha dejado paso al trámite de subir cuatro pisos de escaleras mientras intentabas no desmayarte por el choque térmico (las temperaturas exteriores durante las horas de proyección no bajaron en toda la semana de los 30 grados). Si a esto se le suma que no hay en toda la plaza del Ayuntamiento y en sus calles aledañas un lugar en el que puedas tomarte un café a un precio normal, la sede principal del Cinema Jove se ha convertido este año en un lugar en el que pasar cuanto menos tiempo mejor. Y eso, para un festival de cine, no es algo bueno.
Desgraciadamente, no pude acudir a la proyección de ninguno de los 9 programas de cortometrajes, y solamente pude ver el corto ganador en la gala de clausura: Ningú borda, de Júlia Coldwell, del que concluí que la forma de entender el cine que sale de la ESCAC y la mía van a estar siempre en lugares opuestos. Se me ha pedido, por parte de alguien que sí pudo acudir a dichas proyecciones, que sería conveniente no cometer el mismo error de este año y recuperar los coloquios posteriores con los directores de los cortometrajes.
Pude, eso sí, ver los cortometrajes que forman parte del segundo volumen de «Curts 2026», de Curt Creixent, una iniciativa del IVC para la promoción de cortometrajes valencianos en festivales de cine. Fueron cinco: Flores y estorninos, de Raquel Agea; La gent normal, de Isabel Ferrando; SUPERCERDOS, de Josep Cabo; Sold Out, de Alba Iranzo y Mina Costa; y Tina, de Eliana Fernández.
En cuanto a la Sección Oficial de Largometrajes, destaco de forma indudable Chronovisor, de Jack Auen y Kevin Walker, un ejercicio monumental de experimentación con el propio medio de la imagen sobre una académica francesa que busca desentrañar el misterio del «cronovisor» que el sacerdote Marcello Pellegrino Ernetti (y esto es verdad, recomiendo buscar la historia) dijo haber inventado y gracias al cual pudo ver imágenes del pasado, entre ellas el discurso de Cicerón frente al Senado romano en el 63 a.C., una representación de la tragedia perdida de Quinto Ennio, Tiestes, o la crucifixión de Jesuscristo. El día que escribo esto, 4 de julio, es la mejor película que he visto este año.
Subrayo también Filipiñana, de Rafael Manuel, ganadora del premio Luna de València (el primer premio del festival), ambientada en un campo de golf y crítica con la barbarie colonial en Filipinas, que destaca sobre todo por su forma y su composición, así como Mecenaten (The Patron), debut de Julia Thelin, sobre una limpiadora a domicilio que decide suplantar la identidad de su empleadora, una rica y famosa galerista de arte, engañando a dos estudiantes de arte para que se conviertan casi en sus siervos, cuya elección como película inaugural me parece acertadísima.
Habiendo hablado ya de premios y cortometrajes, no querría cerrar este artículo sin comentar lo sucedido durante la gala de clausura: Mariona Borrull, crítique de cine y vocal de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE) subía a entregar el Premio Feroz a Mejor Cortometraje. Antes de dar los nombres del cortometraje ganador y su director (Un buen salvaje, de Joan Vives i Lozano), dedicó un par de minutos a hacerse eco de la noticia que se había conocido esos días: después de 30 años, Movistar Plus dejará de otorgar ayudas a la producción de cortometrajes a través de Proyecto Corto. Dichas ayudas servían para que Movistar Plus adquiriera los derechos de emisión durante 2 años por un total de 9000€. A partir de ahora, la plataforma solamente comprará los cortometrajes seleccionados en las shortlists de los Premios Goya y de los Óscar. Un timing perfecto o terrible, según se mire, el de Borrull, pues inmediatamente después del premio Feroz Guadalupe Arensburg, directora del departamento de cortometrajes de Movistar Plus subía a dar, lo habréis adivinado, el (último) premio Proyecto Corto. Emocionada y entre lágrimas, Arensburg se vio obligada a responder a Borrull por alusiones, y se limitó a agradecer la oportunidad que le habían brindado durante las últimas dos décadas de ayudar a financiar el cortometraje español. Dicho premio recayó en Pam, de Dani Freixas, que tal vez por una mezcla de los nervios del momento con la incomodidad de lo ocurrido recogió el premio diciendo: «Es un honor todavía mayor recoger este premio sabiendo ahora que es el último que van a entregar».
Las dudas sobre la 41ª edición de Cinema Jove han quedado finalmente resueltas: no ha sido una buena edición. No, al menos, una edición que pueda defenderse como sucesora natural de sus predecesoras; tampoco como una edición digna de un festival que lleva 41 años manteniéndose como un espacio que ha sabido cultivar una mirada propia en una industria cultural tan sobresaturada como es la del cine. Por ahí sigue pululando, años después, el fantasma que augura una posible fusión con la Mostra de València, reducido a una sección dedicada al cine joven; hay quien, directamente, se decanta por su desaparición y refundación como un festival internacional sin la apostilla algo polémica de «joven» (la normativa del festival establece el extremo de ese adjetivo en los 40 años para presentar un proyecto a su selección oficial). Ambas serían, a mi parecer, un error. Mis propuestas de mejora serían varias, pero ni yo tengo experiencia en festivales ni me veo con la potestad de juzgar el trabajo interno de quienes levantan cada año este festival que tantas trabas se encuentra en su camino. Como espectador, mis humildes consejos son sólo dos: recuperar «Òrbites» y apostar, fervientemente, por el público local. Las dudas se enfocan ahora en cómo será esa 42ª edición. Esperemos, desde el optimismo más inocente y sincero, que sea mejor.
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