Cines

Euphoria, perder el futuro

Esta temporada contiene la sensación constante de que los personajes están viviendo después del final.

7 de julio 2026


La última temporada de Euphoria me ha llevado a pensar varias veces en We Can't Go Home Again, la película inacabada de Nicholas Ray. La asociación puede parecer extraña. Entre el universo hiperestilizado de Sam Levinson y aquella obra fragmentaria, rodada entre estudiantes y atravesada por el fracaso de las utopías de los años sesenta, parece existir una distancia insalvable. Sin embargo, desde que terminé la serie no he conseguido quitarme de la cabeza una intuición: ambas obras están habitadas por una misma melancolía estadounidense. Una melancolía ligada a la derrota, a la pérdida y, sobre todo, a la desaparición del futuro. Cuando pensamos en la nostalgia solemos pensar en el pasado. En el deseo de regresar a un lugar, a una época o a una versión anterior de nosotras mismas, pero quizá la nostalgia más dolorosa no sea la que mira hacia atrás, sino la que descubre que tampoco hay nada delante. Que el futuro prometido nunca llegará.


El título de la película de Ray funciona como una sentencia: no podemos volver a casa. Durante mucho tiempo interpreté esa frase en un sentido puramente sentimental. No podemos volver porque hemos cambiado, porque el tiempo ha pasado, porque las personas que amábamos ya no están, porque no cabemos ya en el hueco de la escalera ni en el rincón que albergaba todos aquellos juguetes. Pero hoy me interesa otra lectura. No podemos volver a casa porque la casa era ya una promesa. Una imagen del futuro. Una ficción sobre la estabilidad, la prosperidad y la felicidad. En otras palabras: una de las múltiples formas que adoptó el sueño americano. Es una intuición que atraviesa buena parte del cine de Nicholas Ray. Ya estaba presente en The Lusty Men, cuando Jeff McCloud, el personaje interpretado por Robert Mitchum, regresa herido al lugar donde creció y se encuentra con la granja de su infancia convertida en una ruina. Lo que debería ser un regreso se transforma en una constatación: el hogar ya no existe, o quizá nunca existió de la manera en la que lo recordaba. Mucho antes de We Can't Go Home Again, Ray ya había comprendido que volver a casa significa enfrentarse a los restos de una promesa. Ray filma We Can't Go Home Again después de Vietnam, después de los asesinatos políticos, después del derrumbe de las grandes esperanzas colectivas de los años sesenta. La película parece preguntarse qué ocurre cuando una generación descubre que el horizonte que le habían prometido ha desaparecido. No es casual que sea una obra rota, fragmentaria, incapaz de construir una narración estable. Está filmada desde los escombros de una promesa. Todas aquellas pantallas partidas. Algo parecido recorre la última temporada de Euphoria.


Durante años, la serie ha sido leída como una historia sobre la adolescencia, la adicción y la identidad. Esta temporada contiene algo distinto. Una sensación constante de que los personajes están viviendo después del final, como si hubieran llegado demasiado tarde a sus propias vidas. Lo que atraviesa la serie no es únicamente el duelo por los muertos, aunque los muertos sean importantes. Fez ha desaparecido. Ash ha desaparecido, y también han desaparecido versiones anteriores de los propios personajes, pero la pérdida más profunda tiene que ver con otra cosa: con las vidas que nunca llegaron a suceder. La gran tragedia de Euphoria no es la muerte. Es la pérdida del futuro. En Rebelde sin causa, Nicholas Ray todavía filmaba jóvenes que se rebelaban porque existía algo por lo que luchar. Había conflicto, pero también horizonte. En We Can't Go Home Again ese horizonte aparece resquebrajado. En Euphoria parece haber desaparecido por completo. 


En este contexto, la adicción de Rue adquiere una dimensión que va más allá de lo individual. La droga no aparece únicamente como una respuesta al trauma o al sufrimiento; también funciona como una suspensión del tiempo. Rue no consume para alcanzar algo. Consume para dejar de sentir, para detener el dolor, para aplazar el mañana, y resulta difícil no pensar en el significado que tiene el fentanilo dentro de la cultura estadounidense contemporánea. Si el western fue uno de los grandes relatos nacionales del siglo XX, la epidemia de opioides se ha convertido en una de las imágenes más devastadoras del XXI. No es solo una crisis sanitaria, es también el síntoma de una sociedad que ha dejado de creer en sus propias promesas. El sueño de Rue, previo a su sobredosis, en el último episodio me resulta tan conmovedor. Durante unos instantes parece que la serie va a concederle aquello que Nicholas Ray negaba desde el propio título de su película: la posibilidad de volver a casa, pero pronto comprendemos que no se trata de un regreso. Es una despedida. Rue no vuelve a un lugar. Se encuentra con los fantasmas de aquello que ha perdido.


Hay una tradición cinematográfica —pienso en Tarantino, en Robert Rodríguez— que confía en el poder de las imágenes para resucitar el pasado. Sus películas convierten la memoria en un espacio habitable. Los géneros olvidados regresan, las estrellas vuelven a la vida, la ficción repara heridas que la realidad dejó abiertas. Durante buena parte de su desenlace, Euphoria parece querer creer en esa misma posibilidad. No deja de resultar significativo que Fez, cuyo actor murió durante la producción de la serie, reaparezca precisamente en la secuencia final. Allí vuelve a correr junto a Rue, escapa de la cárcel, salta, ríe. Durante unos minutos, la ficción hace aquello que solo la ficción puede hacer: suspender la muerte. Y, sin embargo, algo termina resistiéndose, porque aunque la temporada está atravesada por la reparación, por el deseo de cerrar heridas y por la tentación de imaginar segundas oportunidades, el horizonte al que conduce no es el de la resurrección, sino el de la pérdida. Fez regresa, pero no vuelve realmente. Lo que vemos no es una recuperación del pasado, sino la imagen de un deseo. Una fantasía. Un sueño. Ahí es donde vuelve a aparecer Nicholas Ray, porque Ray pertenece a una tradición más triste. Una que entiende que las imágenes no pueden devolvernos nada. Solo pueden recordarnos aquello que hemos perdido. La última temporada de Euphoria parece debatirse entre ambas posiciones, pero termina inclinándose hacia la segunda. El sueño final de Rue no resucita a nadie, no corrige el pasado, no ofrece una segunda oportunidad. Lo único que permite es contemplar durante unos segundos aquello que ya no puede recuperarse.


La serie termina resonando mucho más allá de sus personajes porque habla de una experiencia generacional reconocible. La de quienes hemos heredado los restos de una promesa y descubrimos que ya no podemos regresar al lugar donde creímos que todo era posible. No podemos volver a casa pero lo más inquietante es que tampoco sabemos hacia dónde ir.  Tal vez esa sea la verdadera pregunta que une a Nicholas Ray con Euphoria: qué ocurre cuando una generación descubre que ha perdido no solo el pasado, sino también el futuro.

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