«¿De quién son nuestros días?»
La Grazia es un Sorrentino elegantísimo, elevado sobre sí mismo, que se permite prescindir de los excesos que definen otras de sus obras
28 de abril 2026 · 4 comentarios
La Grazia es un Sorrentino elegantísimo, elevado sobre sí mismo, que se permite prescindir de los excesos que definen otras de sus obras
Esta reseña no contiene spoilers, pero sí desvela algunos elementos de la trama de la película.
We'll float in space, just you and I
And I will love you 'til I die
And I will love you all the time
–Spiritualized
«Ladies and gentlemen we are floating in space»
Lo primero que le escuchamos decir a un Toni Servillo convertido en presidente de la República Italiana, mientras se fuma un cigarrillo en el Palacio del Quirinal, en la primera escena de La Grazia, es: «Aurora, te echo de menos».
Me gusta el cine de Sorrentino, entre otras cosas, porque en los primeros cinco minutos de cada película está todo (o casi todo) lo que tiene preparado para las siguientes dos horas. Lo que vemos son los últimos meses del mandato de Mariano de Santis, decidido desde el principio a no presentarse a la reelección. Un hombre cansado, aburrido; un hombre al que le pesa su propia vida tanto como el amante desconocido que su mujer tuvo 40 años atrás, que no ha superado todavía, y cuyo fallecimiento (el de ella) lo hunde un poco más en el fango de su miseria. A su gris vida personal se suma su responsabilidad como jefe de Estado: todavía tiene que firmar la ley de eutanasia, cuya decisión aplaza sin fecha límite, y, además, dos peticiones de indulto –la grazia–: a una mujer que asesinó a su marido, que la maltrataba día sí y día también, mientras este dormía; y a un hombre que estranguló a su mujer, enferma avanzada de Alzhéimer, y a quien en la cárcel seguía escribiendo cartas de amor.
Errará quien, tras leer esta sinopsis en su repaso semanal de la cartelera, crea que Sorrentino ha jugado en su última película a mostrar los entresijos del poder ejecutivo italiano; estará equivocado también quien piense que es La Grazia una película cuya trama gira alrededor del debate sobre la eutanasia y que sus personajes son estereotipos que representan las distintas facciones del mismo. Acertará quien, conociendo a su director, pueda adivinar que La Grazia está más cerca de ser una trasposición al medio cinematográfico de la literatura barroca: una literatura centrada en el desengaño y la aceptación del dolor como una parte inalienable de la propia vida; en la resignación ante en el propio sinsentido de la misma. Se podría decir, aludiendo a Sartre, que el sorrentinismo es un humanismo.
Chocan en La Grazia los dos grandes pilares de la civilización: la razón y el sentimiento. De Santis, servidor público intachable, es un hombre minúsculo frente a sus códigos de Derecho: para él la verdad está en la ley y es en la ley donde hay que buscarla. No es hasta que su hija y secretaria, Dorotea, le pregunta a qué se deben sus reticencias a firmar una ley sobre la que han trabajado tanto, que él descubre las aguas que hace su postura: «Porque si no la firmo unos me llamarán sádico e insensible al sufrimiento, y si la firmo otros me llamarán asesino». Aquí no hay Derecho sobre el que apoyarse, no hay preámbulos, artículos ni disposiciones adicionales que lo hagan salir indemne del dilema que se le plantea. De Santis no necesita buscar la respuesta en planteamientos electorales: su figura no responde a la ideología de ningún partido y, aun si lo hiciese, a su vida política le quedan dos telediarios. La respuesta es una cuestión de ética. No es difícil encontrar en esta tesitura la contradicción del personaje: ¿en qué ley aparece el nombre de la persona con la que lo engañó su mujer? En ninguna, claro, por eso su duda irresoluble se convierte en eterna, y por eso él la acepta como si fuese imposible desligarse de ella.
La Grazia es una versión depurada de Sorrentino en la que no dejan de aparecer sus grandes temas: la política, la religión, el amor, el paso del tiempo, la vejez. El Sorrentino de La Grazia es, ante todo, un Sorrentino elegantísimo, elevado sobre sí mismo, que se permite prescindir de los excesos que definen otras de sus obras (pienso en La gran belleza o el díptico de Loro) y conseguir el mismo efecto. También de su exuberancia, cargante para algunos, caracterizada muchas veces por escenas grotescas, blasfemas y cuasionanistas. Es el mismo Sorrentino de Fue la mano de Dios o Las consecuencias del amor: un Sorrentino que suena más bajito que el otro –por motivos más que obvios–; un Sorrentino que suena, a mi parecer, mucho mejor, que nos cala mucho más hondo porque lo hace desde una honestidad mucho más limpia, más sincera.
Prueba de esa depuración es la escena de la llegada del presidente de Portugal, que se baja del coche oficial a las puertas del Quirinal, siguiendo un solemne protocolo que no se interrumpe cuando una lluvia torrencial comienza a caer sobre él, mientras De Santis le espera, protegido bajo un techo. El presidente portugués, mayor como De Santis, avanza sobre la alfombra roja bajo la lluvia, con la mano en el sombrero que el viento amenaza con hacerle volar por los aires, solo, escoltado por militares con la mirada fija al frente. El viento arrecia, la alfombra se levanta frente al portugués como una gran lengua roja o como un látigo que le hace tropezar, trastabillar y caer sobre su rodilla; sólo entonces el militar que tiene más cerca le ofrece su brazo para levantarse. La escena, en cámara lenta y con una música tecno con ecos lejanos de Darude Sandstorm, inserta contraplanos de De Santis, planos de su hija mirándole como si esperase que saliera a su ayuda de inmediato, mientras él se mantiene en pie, impasible. De Santis ve en el presidente portugués un espejo de sí mismo: un hombre que no puede abandonar cuando se trata de cumplir con lo que se le ha encomendado.
Es poco a poco, y a partir de esa escena, que el tótem en el que De Santis se construye a sí mismo –«Hormigón Armado» es el apodo que circula por los pasillos mientras él está en la inopia– se rompe a medida que se invierten las ideas que definen al personaje: el sentimiento empuja por abrirse camino entre las estrechas grietas de la legalidad cuando le ponen delante la carpeta con el borrador de la ley de eutanasia y la sensatez se impone sobre la obsesión por conocer el nombre de ese amante borroso cuando ve que es necesario, casi preceptivo, pasar página. Es ese equilibrio, esa leggerezza representada en el astronauta que flota en la Estación Espacial Internacional, cuyas lágrimas se convierten en pequeñas burbujas de agua cuando escapan de sus ojos, la que De Santis buscará imponer en su vida cuando acabe su mandato.
Otra escena que sublima la película entera es la que muestra a De Santis frente a un caballo moribundo, tumbado en el suelo y agonizando sus últimos momentos de vida. Es una escena aséptica, plana, con colores marrones y blancos que contrastan con la chaqueta azul de De Santis y el vestido rojo de Dorotea. Al fondo, en una pared, se lee en latín el lema del Regimiento de Corazzieri: «Virtus in periculis firmior» (La virtud se fortalece ante el peligro). Comienza una pequeña discusión entre ambos: uno frente al otro, Dorotea le anuncia que se toma unas vacaciones y De Santis le acusa de castigarle por no firmar la ley: «¿Por qué te interesa tanto?». Ella le dice: «Que ya no te emocione el mundo no significa que al resto no pueda apasionarle todavía». En sus reproches cruzados, Dorotea le pregunta cuándo se decidirá por algo. Tras una pausa, y cuando ella ya está a punto de irse, él responde: «Pronto». Es entonces cuando le confiesa la infidelidad de su mujer, de su madre, que Dorotea desconocía. El plano ha cambiado sin que nos demos cuenta: ahora De Santis está en primer plano; Dorotea, detrás, lejos, desenfocada. De fondo, la frase en latín aparece cortada: «in periculis firmior» (más fuerte ante el peligro). Dorotea se acerca a él nuevamente y le devuelve su propia retórica: «¿Qué quieres que te diga, papá? Han pasado 40 años, ya ha prescrito», y añade: «Es hora de recuperarse, de hacer algunos cambios».
A partir de ahí, algo hace clic en la mente de De Santis: se entrevista con los presos cuya libertad tiene que decidir. Visita ambas cárceles, se sienta en las salas de espera junto al resto de visitantes. Los escucha hablar, contar su historia. Poco después, su mandato acaba.
En esa búsqueda descubre que esa grazia no es la verdad; tampoco es la duda, sino aceptar esa duda, reconocer el equívoco. Decía al principio que La Grazia no es una película sobre la eutanasia. No lo es porque no importa qué decisión toma finalmente De Santis. Lo importante, lo que persigue la película, es que De Santis decida, como decide también sobre las dos peticiones de indulto. Podría revelar si finalmente decide o no firmar la ley, si decide conceder los indultos o rechazarlos; podría, sí, pero daría igual. De Santis se jubila, vuelve a su piso de casado en el que todavía está colgada la ropa de su mujer, los vestidos de fiesta que ella se ponía. El último plano es Sorrentino escupiéndonos el mensaje de la película en la cara: De Santis, todavía en su traje de presidente de la República, ocupa el lugar del astronauta en la Estación Espacial. Flota, ligero, porque ya nada le pesa, porque ha encontrado la grazia.
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