Cines

Una necrología del cine perdido

Prender o ahogar: el castigo a aquello que reducía a cenizas los pilares de la veneración cinematográfica.

5 de junio 2026


En 1976 se estrenaba fugazmente la película iraní Chess of the Wind, obra gótica del director Mohammad Reza Aslani. El argumento, con su subtexto homosexual conjurado en la representación que hacía de la violencia intrafamiliar, le había procurado la censura del régimen iraní. Después de eso, simplemente se convirtió en una anécdota olvidada por el público, perdida en las arenas del tiempo. Sin embargo, para los hijos de Reza Aslani, la película se había transformado en el símbolo de una obra intelectual infravalorada. Ese sentimiento de hacerle justicia a la memoria paterna les alentó a una búsqueda incansable en laboratorios y archivos. Pero la ironía es un enredo en los hilos de las Moiras y quisieron estas tejer al azar, y la serendipia como acólitos: en una remota chatarrería, encontraban el negativo original dentro de unas viejas latas. La restauración de la película se convertía entonces no sólo en un tesoro de herencia familiar, también en un testigo que habría sobrevivido a la herida del tiempo.

Chess of the Wind no es ni mucho menos la única película que desaparece de la historia para resurgir de sus cenizas. Hacemos un pequeño salto hasta 1978. Un obrero de la región canadiense de Yukon hace un descubrimiento infrecuente en el desarrollo de la mecánica tarea de mover los escombros de una antigua pista de hockey. Cientos de negativos empiezan a surgir de manera súbita como tallos incipientes en el asfalto. El trabajador comprende entonces que lo que acaba de desenterrar no es un hallazgo vulgar. Detiene la consecución de la obra a la espera de que se reconozca lo que allí acaba de ver la luz. El historiador Michael Gates conoce la noticia de la aparición del material por un compañero arqueólogo. Como llamado al estrado, se acerca a la zona para ser testigo del acontecimiento. Gates, para comprender el peso del descubrimiento, formula una pregunta que podría resultar trivial1:

-“¿De qué material están hechas?”.

Una cuestión cuya respuesta, sin embargo, promete una cronología: nitrato, un material altamente inflamable y utilizado en bases de explosivos, pero también la carne que revestía las películas de principios del siglo XX. Un total de 533 películas fechadas entre 1903 y 1929 son desenterradas del asentamiento que se había forjado al calor de la fiebre del oro. La ciudad de Dawson, hambrienta del preciado material, no sólo había codiciado la riqueza sino también había albergado la luz temblorosa de las películas que se proyectaban y almacenaban en el teatro DAAA2. Los años dorados de la ciudad y la bonanza que trajeron no duraron para siempre; El cine, tampoco. Como en tantas partes, el material que daba vida a las películas combustionaba con una facilidad devastadora dejando tras de sí los esqueletos calcinados de los teatros y salas que las habían exhibido. Ante el riesgo constante, las copias sobrevivientes se sacrificaban arrojándolas al río o entregándolas a la pira que expiase el pecado de la destrucción. Prender o ahogar: el castigo a aquello que reducía a cenizas los pilares de la veneración cinematográfica.

No sólo el fuego pende como la espada de Damocles sobre la cultura del filme. La censura con pulso frío y firme también hacía descender su afilada guillotina sobre los negativos que no rendían pleitesía al juicio de sus vigilantes. No cabe duda de que si una película entendía de los estragos del corte y la quema esa era La Pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Theodor Dreyer. Que el director no fuera francés ya había suscitado algún alzamiento de cejas entre los nacionalistas franceses, indignados porque un extranjero tuviera la osadía de retratar la vida de un icono tan importante en la historia del país, aunque fue probablemente la desaprobación del arzobispo de París la que llevó a la película a probar la laceración de la mano inquisidora: 8 minutos fueron eliminados en total para intentar paliar las críticas que argumentaban que era demasiado dura en su manera de ilustrar a la Iglesia Católica. En diciembre del año de ese estreno, las brasas del estudio UFA de Alemania sofocaban el metraje original. Dreyer había conservado algunas tomas y trató de reconstruirla desde cero aferrado a la esperanza de que la creación retomara el aliento. No obstante, el infortunio hizo gala de su poder con sardónica sonrisa y la obra volvía a sucumbir una vez más a las llamas. De ello, sólo algunas variaciones de esta segunda copia habían logrado sobrevivir a la devastación que parecía perseguirles como a su protagonista. Cuando la desidia parecía ganar terreno a la posibilidad de encontrar el metraje, en 1981 en un hospital psiquiátrico de Oslo, un empleado se hermanaba sin saberlo con aquella experiencia que había sentido el obrero de Dawson; el armario de un conserje había servido involuntariamente de sarcófago para el material original previo a los designios de la censura y el fuego.

Algunas películas, antes de conocer el sonido metálico de las tijeras del censor ya estaban familiarizadas con el sonido de las bombas. Carne de Fieras (1936) había interrumpido su rodaje por la amenaza que suponía el levantamiento de Franco. Como describe el propio director, bajo el pseudónimo de Armand Guerra en sus memorias sobre el alzamiento:

18 DE JULIO DE 1936:

No se me olvida. No se me olvidará nunca. Acababa yo de regresar a mi casa, en Madrid, en la avenida de Menéndez Pelayo, 19, duplicado, después de un día de rudo trabajo. Desde las siete de la mañana hasta la caída de la tarde había estado rodando exteriores de una película titulada “Carne de fieras”, en los jardines del Retiro. La película la habíamos empezado el jueves, 16 de julio. Yo era el autor y realizador. E intérprete de un papel especial. Como veis, no me quedaba tiempo para aburrirme.

Durante la tarde del sábado, se había rumoreado mucho sobre una sublevación fascista inminente. Pero, a decir verdad, nadie daba crédito a la cosa…3


A instancia de la CNT, productora de la película, José María Estívalis – verdadero nombre de Armand Guerra- continuó el rodaje con el silbido de las balas como telón de fondo. La historia seguía a Pablo, un boxeador que descubre el adulterio de su mujer, Aurora, lo que precipita el divorcio entre ellos. Herido y errático, parece que su carrera en el ring tiene los días contados hasta que se enamora perdidamente de una artista rubia que baila desnuda entre leones circenses. La vedette, por otra parte, parece sumida en la dicotomía de aceptar el amor del luchador o seguir su relación con el domador de las bestias. Celos, adulterio y cuerpos exhibidos entre fieras famélicas servían la polémica en un país que comenzaba a desangrarse.

La producción no parecía tampoco escapar a la fatalidad. Al fragor de la batalla se unía el peligro de los animales; aquellos leones, mal alimentados por las condiciones en las que el país estaba sumido, estuvieron a punto de hincarle el diente a Marléne Grey, la actriz francesa que interpretaba a la exótica bailarina. Por momentos, ante aquella cámara, parecía que “La Venus Rubia” iba a encontrar en el título de la película su trágico final. Quizá por ello tampoco es difícil intuir la controversia que hubiera podido generar en la España que estaba por venir. Si bien, la guerra fue más rápida que el escándalo; nunca llegó a estrenarse y durante décadas, se perdió sin dejar rastro.

Sus protagonistas tampoco encontraron un destino más amable. Tan sólo tres años después, Armand Guerra, tras pasar seis meses en las “checas” del Servicio de Investigación Militar, murió de un aneurisma mientras estaba exiliado en Francia. De otros intérpretes se pierde la pista, entre ellos la propia Marléne. Tampoco de Tina de Jarque, que interpretaba a Aurora, se conoce su paradero. De la última, su vida parece envuelta en leyenda y rumorología. Criada en el seno de una familia de artistas de circo, la vida sobre los escenarios no le resultaba en absoluto ajena. Entre caravanas y carpas ambulantes había recorrido Europa como una natural de las artes escénicas. Los viajes por los distintos países europeos la habían pertrechado del conocimiento de varias lenguas lo que le abrió las puertas del cine. Rodó Bigamia en Alemania y comenzó gracias a ella sus primeros trabajos ante la cámara. En España, además, era conocida por su participación en el teatro y por sus espectáculos de cabaret, hasta el punto en que muchos le atribuyen el haber introducido el jazz y el striptease en el país. Su historia termina derivando hacia un territorio donde es difícil discernir leyenda y realidad. Se cuenta que, Abel Domínguez, joven militante de la CNT recibe el encargo de detenerla por sospechas de espionaje para el bando sublevado. Durante el registro se encuentra una bandera falangista lo que parecía confirmar aquellas sospechas. La misión era simple: debía trasladarla a Valencia para entregarla a un destino que imaginamos cruel. Sin embargo, algo inesperado cambió los planes; se enamoró perdidamente de ella. Deciden huir. Llenan la maleta con todo aquello que consideran de valor: ropa, joyas, la esperanza de empezar de cero lejos del país. Tristemente, la guerra no concedía demasiadas oportunidades a los fugitivos. En el camino son interceptados por militantes de la FAI que los creyeron espías, ladrones o quizá ambas cosas a la vez. Nunca llegaron a aquel barco que debía ponerlos a salvo, fueron ejecutados antes de ver el mar.

Crónica, nº 175. Madrid 19/03/1933

La película, por suerte, tuvo un final más feliz que aquellos que la hicieron posible. En 1991, sus rollos aparecen olvidados en El Rastro de Madrid. La Filmoteca de Zaragoza los compra y, siguiendo las indicaciones de las claquetas, los monta como recomponiendo un cuerpo a partir de los huesos dispersos. Carne de fieras se convierte entonces en el sustituto de las flores que llevar a una tumba sin nombre.

El cine que tantas veces ha querido fijar la memoria de su época depende sin embargo de soportes que se degradan, incendian, borran o se vuelven ilegibles. Las primeras películas con el nitrato, las actuales dependientes de discos duros, servidores o contraseñas olvidadas. Puede que cambie el formato, pero no la fragilidad.

Quizá por ello cada película recuperada, restaurada o -por qué no- recreada se convierte en un afortunado accidente. Cada fragmento perdido acaba siendo una historia inconclusa en alguna parte: en un archivo sin catalogar, en una lata sin abrir o en un archivo dañado que ya no se puede reproducir. Las circunstancias humanas o accidentales nos hacen creer que la historia es la gran ilusionista del tiempo, pero ninguna película desaparece de golpe. Se esconde, se desplaza, se cercena esperando ser descubierta de nuevo. En momentos extraordinarios, ese encuentro azaroso es casi un milagro. Con suerte, a veces se les devuelve a la vida en una operación de reanimación de la mano precisa de su restaurador. Por desgracia, en otros muchos queda como una mancha de tinta en algún archivo de la historia del cine. Sus ausencias siguen proyectando sombras, pero incluso entonces, el cine persiste, vuelve para ser visto.

1 Morrison, Bill (2016) Dawson City: Frozen Time (Documental) Pristine Palace Pictures, Hypnotic Pictures

2 Dawson Amateur Athletic Association Family Theatre,

3 Guerra, Armand (1937), A través de la metralla. Escenas vividas en los frentes y en la retaguardia.

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